miércoles, 20 de octubre de 2010

Regreso al cole....y a la mili



Llevo ya unos meses sin escribir y ahora me pongo a ello después de haber regresado a mi ciudad y de haber realizado dos cosas que no hacía desde hace doce y veintitrés años respectivamente: regresar al cole y volver a hacer la mili.


Sí, sí, no se sorprendan, después de tanto tiempo he realizado una rentreé espectacular. Como les decía, después de doce años de ausencia en las aulas, como docente, doce años sin actividad lectiva como tal, he regresado a mi instituto del que soy profesor hace muchísimo tiempo, tanto que ya apenas recuerdo.


La experiencia ha sido, cuanto menos, extraña. Llegué y me encontré con una inmensa mayoría de colegas que seguían en el mismo sitio donde les dejé. Más o menos deteriorados, como yo mismo, pero en su sitio, con sus amabilidades y con el enorme mérito de no haberse quebrado después de su actividad docente tan constante en el espacio y en el tiempo.


El espacio igual pero diferente. El mismo edificio pero con pequeñas cosas modificadas que hacen que todo resulte también extraño. Y los alumnos. Ellos sí que siguen siendo iguales. No envejecen mientras que nosotros lo hacemos constantemente. Ellos siguen siendo pequeños, alegres, gritones, nerviosos, entusiastas.


Sin embargo, algo sí ha cambiado. El centro ha dejado de ser un instituto de secundaria al uso para convertirse en un Instituto Bilingüe. ¿Qué qué es esto? Pues ni más ni menos que otro experimento más del gobierno de nuestra querida Presidenta Esperanza Aguirre. Experimento del que disfruto, sin ironía, pero que provoca en mí sentimientos encontrados.


Por un lado disfruto de unos alumnos “de dulce” como decían los viejos profesores. Alumnos y familias motivados por el aprendizaje, motivados por aprender inglés, que no otros idiomas, y motivados por la perspectiva de un futuro mejor, más internacional y que les abrirá las puertas de otros países.


Alumnos de catorce años que te siguen perfectamente cuando les hablas de la evolución de la lengua inglesa desde el old English hasta el modern English, pasando por el middle English y el early middle English entre medias. Alumnos con los que disfrutas leyendo el Sonnet 130 de William Shakespeare, The Wif of Bath de Chaucer o The Battle of Maldom.


Un instituto en el cual se ha logrado un ambiente académico, no me pregunten cómo, y aunque se corra y se hable fuerte en los pasillos en los cambios de hora, sí que se puede dar la clase que toque sin temor a disrupciones continuas.


Pero a pesar de todo esto, a mí me sigue generando ciertas dudas. En primer lugar este sistema sólo afecta a un 7% de la población estudiantil de la Comunidad de Madrid, y en segundo lugar creo que está generando una escuela aún más segregada en relación con los otros centros y en relación con los otros grupos del mismo centro que no son bilingües y que no reciben la misma atención.


En un momento de crisis como el actual uno comprueba que es un privilegiado. Los centros de alrededor han sufrido “bajas” en el número de profesores, hasta más de doce en un mismo centro. Lo que significa menos desdobles, menos laboratorios, menos actividades de refuerzo, menos atención a la discapacidad, menos orientadores, más número de alumnos por aula y más carga horaria para los profesores.


Por el contrario, un centro bilingüe como en el que yo imparto clases, sólo ha perdido un profesor. Fíjense, en mi departamento somos ni más ni menos que siete profesores funcionarios y cuatro asistentes norteamericanos. En ocasiones se da la circunstancia de que uno se encuentra con un grupo de 24 alumnos y tres profesores, yo como titular y dos asistentes. En fin, que la escasez de recursos es mala pero que el exceso tampoco es bueno cuando eso significa, sobre todo, un mal reparto de los mismos y una peor gestión.


Por otro lado está el tan manido tema de las habilitaciones. Todo el mundo se habilita para impartir áreas de conocimiento en inglés y encima se pretende que los que hemos pasado no sé cuántos filtros a los largo de todos estos años también nos habilitemos para dar los niveles que llevamos impartiendo toda la vida. Por si fuera poco esta habilitación ha supuesto también el desplazamiento de compañeros que no hablaban inglés y que, obviamente, ya no tienen cabida en un centro como el nuestro.


En fin, que estas son algunas cosas que me provocan pesar. Pero lo más doloroso es ver la creación de una, supuesta, élite de alumnos que disfrutarán de las ventajas de este sistema frente aquellos que, aún siendo magníficos estudiantes en otras áreas, no hablan inglés suficiente como para estar en estos centros. Estos últimos alumnos deben enfrentarse a aulas con menos recursos, a profesores desmotivados, más aún si cabe, pues encima se les paga menos al no impartir su clase en inglés, creando un nuevo agravio, centros con más conflictividad al convertirse en centros donde se agrupan los alumnos “difíciles”, quién no lo fue en su adolescencia, y sobre todo inmigrantes, con lo complejo que resulta el procedimiento para su inclusión en la nueva sociedad de acogida.


Por si fuera poco están los centros. De esto no tiene la culpa la señora Aguirre, viene de más lejos. ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de diseñar los centros tal y como están hoy en día? Si les interesa paséense por cualquiera de los centros construidos en Madrid en la década de los ochenta y repetidos hasta la saciedad hasta el día de hoy. Centros donde en invierno hace un frío de muerte y en verano un calor terrible. Centros en los que a las doce de la mañana hay que encender la luz pues o bien no se ve por los reflejos del sol o bien no se ve por las sombras que se producen. Centros en los que la acústica es nula. Y para más inri centros en los que el mobiliario es de pin y pon cuando los alumnos actuales parecen jugadores de la NBA.


Si de mí dependiera colgaría por santa sea la parte a arquitectos y diseñadores de los institutos y colegios públicos.


En fin, que no quiero ser agorero, ni pesimista. Sigo pensando que la educación está en manos de un profesorado muy bueno, preparado y sobre todo flexible y con un umbral para el desánimo muy elevado aún, pero no se engañen, todo puede cambiar. ¡Qué buenos vasallos si hubiere buenos señores!


Más centros bilingües, sí, pero para todos. Y una mayor inversión en educación y formación y no en anuncios en los autobuses en los que se dice que se respete la labor del profesor. Comiencen respetando con un mayor reconocimiento y mejores condiciones salariales, laborales y de formación permanente.


En cuanto a lo de la mili, ya les contaré otro día, que también es muy largo. Tan solo decirles que después de 23 años volví a mi acuartelamiento a repetir más o menos lo mismo pero esta vez como reservista voluntario. Pero eso ya es otra historia.

Hasta la próxima.

miércoles, 7 de julio de 2010

Courriers du bois


El único parecido con cualquier “courriers du bois” canadiense, era que corrían en un bosque….urbano pero bosque al fin y al cabo. A pesar de su soledad, de creerse aislados en su carrera por el verde frescor del parque, nada les hacía comparables a aquéllos tramperos franceses que poblaron la Nouvelle-France en busca de las afamadas pieles que calentaron Europa.

Él corría. No sabía ni por qué ni para qué, tan solo corría, como si huyera de algo. Prácticamente a diario se calzaba las zapatillas deportivas, se ponía sus pantalones y su camiseta, ajustaba el podómetro y salía en busca de su parque para realizar más de seis kilómetros de carrera.
Ella corría. Tampoco sabía muy bien por qué. Tal vez para mantenerse en forma. Tal vez para alejarse de su vida rutinaria o por el mero hecho de hacer lo que se debía hacer según los cánones de la modernidad.

Eran conscientes de que lo más importante no era la distancia que corrieran sino del tiempo que le dedicaban a recorrerla. Dependiendo de su humor y de su forma física le dedicaban más o menos tiempo. Aliviaban su mente como anteriormente, sin saberlo, habían hecho con la natación. Ambos deportes, carrera y natación, nada gregarios como ellos mismos, permitían la reflexión y la liberación de cualquier malestar que les provocara su pensamiento.

La carrera era la imagen misma de sus vidas; la soledad. Una soledad engañada con una vida social amplia, llena de compromisos, de personas a las que veían y a las que hacían sentir bien pero luego, cuando se encontraban consigo mismo, la realidad, con su pesada tozudez, les hacía verse tal y como eran: courriers du bois.

El bosque no era lo suficientemente grande como para no encontrarse con otros corredores pero para ambos aquello no significaba nada, siempre pensaban que no habría nadie por los alrededores y que, tal vez, algún día podrían toparse con algún animal o algún “nativo” pero era algo que consideraban más que improbable.

Sin embargo, aquel día sus mentes, inconscientemente, debían de estar preparadas para otra cosa pues de repente se encontraron de frente. Él con una corredora a la que no había visto nunca, o a quien, al menos, nunca había prestado atención como al resto de los corredores del parque. Ella con un corredor que le había pasado desapercibido hasta entonces. Sus miradas se entrecruzaron y sin mediar palabra se pusieron a correr en paralelo.

Sus respiraciones se acompasaron increíblemente bien desde el principio y, a pesar de las diferencias físicas, ella menuda pero fuerte y él ancho y robusto, mantenían un ritmo parejo que les hacía parecer como si de una única máquina que funcionaba a la perfección se tratase.
Durante semanas, se encontraban en el mismo punto y a la misma hora, iniciando su recorrido sin ni siquiera haberse molestado en preguntarse cómo se llamaban. Sin saberlo, ambos preferían pensar que todos los días se encontraban con un perfecto desconocido con el que compartían una afición solitaria.

Pero lo inevitable se mostró cuando menos lo esperaban. Una inmensa necesidad de coincidir se apoderó de ellos y ansiaban que llegara el momento para vestirse de corredores y alcanzar tan deseado encuentro. Se comportaban como amantes que hubieran pasado mucho tiempo sin verse. Sus rostros se iluminaban cuando se encontraban de nuevo.
Ahora el tiempo del recorrido se iba alargando con el paso de los días y con la mejora de su forma física hasta el punto que debían parar ex profeso para evitar el sobre entrenamiento y cualquier lesión que les impidiera verse al día siguiente.

Un día empezaron a hablar y alcanzaron lo que los expertos en la carrera llaman el “modo conversación” que indica que no se va ni demasiado deprisa ni demasiado lento, permitiendo una carrera deportiva sin forzar la respiración ni la marcha. Poco a poco comprobaron que sus vidas giraban en torno a ese momento de conversación que no podía seguir nadie más a no ser que tuviera su misma condición física y nivel de entrenamiento. Era pues imposible que sus palabras las captara nadie.

¿De qué hablaban? Tan solo ellos sabían de qué hablaban. Era el mejor secreto guardado. La complicidad era absoluta.

Ni siquiera se les había pasado por la cabeza verse en un lugar distinto. El bosque era el lugar. Fuera de él todo encuentro sería ficticio, rutinario, monótono.

Y así siguieron, corriendo y corriendo, sin detenerse ni en el espacio ni en el tiempo pero sin saber exactamente por qué corrían, ignorantes del sentido de la carrera a ningún sitio. Tan sólo percibían que en esos momentos eran uno solo.



jueves, 17 de junio de 2010

Fake Love



La afición, pues no se podía llamar vicio, le había surgido cuando tenía algo más de treinta años. Y no era vicio porque no lo consideraba falta de rectitud o acaso un defecto moral. Tampoco era una desviación, ni un hábito por obrar mal, como mucho se podría considerar una licencia. Era básicamente eso; una inclinación, un empeño.


Al principio buscaba los anuncios en los distintos periódicos nacionales; no importaba si eran ideológicamente de izquierdas o de derechas, republicanos o monárquicos, católicos o laicos. En todos había anuncios que incitaban a ir de putas.


Un día dio el paso y, en vez de quedarse en la excitación provocada por las frases de los anuncios, decidió acercarse a uno de los pisos discretos en los que a cambio de unos cuantos euros cualquiera podía satisfacer sus más secretos caprichos.


La primera vez le temblaban las piernas pues, aunque su vida sexual era bastante activa y había disfrutado de distintas relaciones, era la primera vez que pagaba por ello, bueno, era un decir, porque en sus anteriores experiencias el pago había sido también de muy diversa índole: desamor, frustración, barbaro dolore, pero igual de caro o de barato, según se mirara.


Le temblaban las piernas al ver a todas aquellas mujeres que iban pasando una a una para ser elegidas por el cliente. Todas se quedaban sorprendidas al ver a un hombre joven y apuesto que se acercaba a solicitar sus servicios. Siempre hacían la misma pregunta pues no entendían que pudiera necesitar de ellas:


- “¿Estás casado? ¿Te aburres con ella y necesitas algo nuevo?”


Para él no tenía nada que ver con eso. Era la posibilidad de elegir cada vez a alguien distinto. Poder observar, comparar, imaginar y decidir quién sería esa vez. Sabía que todo era cuestión de unos euros más o menos para disfrutar de algún capricho sin compromiso, sin un no por respuesta.


Después de probar en diversos pisos, el ir a un club con puerta a la calle le aterraba pues siempre pensaba que mil ojos le observarían, constató que más valía elegir uno aunque fuera más caro y repetir sólo en ése. La idea no era mala, pensaba, pues el ir y venir de las chicas permitía que apenas si coincidiera con alguna más allá de un par de veces y, además, siempre habría variación de hembras.


Lo que de entrada fue sólo un, digamos, experimento, se convirtió en un empeño en el más estricto sentido del término pues se obligaba a pagar y a endeudarse poco a poco con un amor que no era tal.


No importaba la hora del día o de la noche, eso era lo bueno de estos servicios, siempre estaban abiertos 24 horas, de repente se le activaba un mecanismo irrefrenable que le incitaba a acudir al piso de costumbre e iniciar el mismo ritual repetitivo: entraba en un salón amplio decorado como si se tratara de la planta de muebles de unos grandes almacenes, esperaba a que pasaran todas las chicas disponibles, algunas estaban “ocupadas” en ese momento, para dudar un instante y elegir haciendo un esfuerzo por recordar cuál le había gustado más. A veces la intensidad de su deseo era tan grande que había pasado con dos a la vez.


Después era introducido en una habitación más pequeña con baño y televisión y el dueño de la “casa” entraba y le preguntaba qué servicio deseaba. La primera vez dijo que quería un “servicio normal” y para su sorpresa la respuesta que recibió fue:


- “Caballero, en esta casa todos los servicios son normales”


De repente descubrió que aquello era un paraíso; podría tener lo que quisiera siempre que dispusiera del dinero suficiente. Lo que no se podía imaginar era que con el tiempo iría dejando sus relaciones verdaderas, sus amigas, para buscar el amor entre las chicas que le sonreían con excesiva facilidad.


Acabó pensando que eran amores que él mismo lograba gracias a sus encantos, a su juventud, a su labia; no se le ocurría pensar que sólo eran fruto de una cartera bien repleta, al menos al principio.


Sin embargo, un día percibió que su vida estaba vacía, y que cuanto más vacía estaba, más pesaba. No se conformaba con el contacto físico, necesitaba hablar y que le escucharan. Las chicas le pusieron el sambenito del “europeo”. Al principio no entendía por qué hasta que una de ellas, apiadada, le dijo que los clientes españoles pagaban por una hora y follaban durante una hora mientras que los “europeos” pagaban por una hora, follaban quince minutos y hablaban sin parar contando sus problemas y soledades el resto del tiempo.


Se le abrieron los ojos. Desapareció durante unos meses. Nadie supo de él en ese tiempo. Cuando regresó sus conocidos le encontraron cambiado; feliz, sonriente, más sosegado. Todos pensaban que para escapar de su destino había recurrido al socorrido encierro en un monasterio, o en un templo de meditación ayurvédico.


La realidad era muy distinta. Ahora regentaba un local de carretera llamado “El Europeo” donde podía disfrutar de su inclinación a la par que hablar libremente con clientes, guardias civiles, y por supuesto, con las chicas.

miércoles, 16 de junio de 2010

Aparentemente


Cincuenta y cinco años. Ni más ni menos. Cincuenta y cinco años juntos, de matrimonio, inseparables. Sin quebrantamientos de la fe debida. O al menos aparentemente.

Eso parecía. Se vieron por primera vez cuando apenas tenían edad; en la escuela rural donde se juntaban los niños de todas las aldeas indistintamente de las edades y del sexo. Se entremezclaban y aprendían todos de todos.

Allí, en un mes de septiembre se cruzaron sus miradas y ya nunca se descruzaron. O al menos aparentemente.

Iniciaron un recorrido difícil pero llevadero al saberse acompañados mutuamente. Sobrepasaron las penurias de un país devastado, con hambruna, gris, mediocre y temeroso de Dios y del poder político. En plena madurez conocieron la esperanza y la ilusión de una nueva vida donde podían expresar lo guardado durante tanto tiempo. O al menos aparentemente.

Tuvieron hijos que a su vez les dieron nietos y todo era rutinariamente perfecto. O al menos aparentemente.

Todo se desató de la manera más inocente. Una de las nietas estaba en plena crisis de joven adulta. Como respuesta a su estado había decidido convertir a los hombres en material fungible; consumirlos con el uso. Sentados a la mesa para el desayuno ambos escuchaban a su nieta contar cómo se sentía y cómo cambiaba de pareja constantemente haciéndose un daño atroz aunque pensara que se lo hacía a sus hombres. Ambos escuchaban con perplejidad. O al menos aparentemente.
Él no tuvo más remedio que intervenir e intentar ilustrar a su nieta con la coherencia de la vida de sus abuelos; su propia vida. Los beneficios de compartir una vida en común. Las ventajas que habían logrado juntos después de cincuenta y cinco años de feliz matrimonio. Los apoyos, la lealtad, la fe del uno en el otro, les aportaba una seguridad que su nieta no llegaría a conocer si no cambiaba de actitud. O al menos aparentemente.

Fue un instante. Una décima de segundo. Pero la mirada de ella, de su mujer, indicaba que algo no era como debería de ser. El brillo de un recuerdo. El inconsciente que traiciona después de cincuenta y cinco años agazapado, hipócrita, en lo más profundo de la mente. En ese preciso instante se percató de que los párpados de su mujer eran como la apariencia en el teatro: una escena pintada sobre un lienzo, oculta por una cortina que se descorre en cierto momento de la representación. Representación que llegaba a su fin después de cincuenta y cinco años.

No se dijeron nada y se lo dijeron todo. Tumbados en la cama. Mirando al cielo del techo no pudieron dormir en toda la noche. Ella por el recuerdo que creía olvidado y que había llenado momentos de su vida inconfesables. Él debido a la sorpresa del descubrimiento que le llenaba de incomprensión e incredulidad.

Sin embargo, a la mañana siguiente, sus vidas continuaron sin mayores sobresaltos. La fe en sí mismos, en su sentido de la coherencia, en la cómoda perfección de la rutina, se extendió hasta el final de sus días.
O al menos aparentemente.

miércoles, 9 de junio de 2010

Humo de Habano



Su promedio consistía en unos tres cigarros al día, marca Montecristo, vitola número 5. Cuando iniciaba el rito de encender el cigarro sopesaba previamente el cilindro de 102 mm. por 15,87 mm. No sabía que tan solo pesaba 5,91 gramos pero su mano actuaba como si de una balanza se tratara.

Fijaba su mirada en el emblema del cigarro: dos espadas cruzadas junto a la flor de lis, recuerdo del origen del nombre dado a la marca en 1935 cuando el lector de la Tabaquería leía a los Torcedores de la Fábrica en la Habana el libro de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Tal fue la aceptación de esa lectura que decidieron ponerle el nombre del protagonista al mejor cigarro puro del mundo.

Encendía suavemente el cigarro y aspiraba el gusto vegetal intensamente. Y sin embargo, no le gustaba. Llevaba fumando más de veinte años y no le gustaba pues siempre le recordaba el origen de su hábito: el miedo. Miedo a ser descubierto.

Todo empezó a los tres años de haberse casado. La conoció por casualidad y se enamoraron inmediatamente. Sus encuentros fueron en aumento y la pasión se fue haciendo cada vez mayor hasta casi convertirse en una obsesión. Tenían que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo para lograr una logística que no fuera descubierta de ninguna manera, pero siempre quedaba su olor.

Aunque se duchara en casa de ella o en la habitación de un hotel y se rociara con un espray de su propia colonia siempre permanecía en él su olor. Un olor a saliva salada, a perfume mezclado con sexo, a cuerpo de mujer, un olor indeleble a pasión física.

Al principio explicar el nuevo hábito de fumar cigarros puros no fue fácil pues él nunca había sido fumador. Explicaba que era una cuestión de estatus social, de aburguesamiento, de elegancia del pasado, de exotismo al pensar que los puros llegaban de Vuelta Abajo en la región de Pinar del Rio desde la querida Perla del Caribe. Todas y cada una de sus excusas se las fue creyendo, y haciéndoselas creer a los demás, pero en su fuero interno sabía que todo se debía a que con el humo dulzón del Montecristo enmascararía el olor de su engaño.

Después, con el paso de los años, cuando todo ya se había terminado y había regresado a la comodidad de la cama propia, no había podido deshacerse del hábito. Mientras inhalaba el humo con el que jugueteaba en la boca y éste se impregnaba poco a poco en sus ropas, en su piel, en su pelo, en sus manos, él, mirando las volutas, tan solo olía la piel de ella y no le quedaba más remedio que seguir enmascarando el aroma.

Sentado en la terraza de un café, al ver a otro fumador de cigarros puros se hacía siempre la misma pregunta: "¿Sentirá el mismo miedo que yo?"

martes, 1 de junio de 2010

El peso de la púrpura



No, no se asusten, no pienso escribir sobre la iglesia o del colegio cardenalicio, colegio que, como saben, constituye la autoridad suprema de la Iglesia y es el organismo que rige la actividad de la Sede apostólica y el gobierno de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, sí sabrán que el llamativo color púrpura es el color de la máxima dignidad exclusivo de emperadores y, dentro de la iglesia católica, de los cardenales “dispuestos a derramar la propia sangre por la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios y por la libertad de la Iglesia”. Pues eso, que hoy vengo a hablarles del peso de la púrpura o lo que es lo mismo de algunos de los jefes que he tenido desde que soy funcionario.

Entenderán que no utilice los nombres de los mismos, o que me abstenga de hablar de los actuales por razones obvias, pues tal vez se sientan un tanto ofendidos con las cosas que me atrevo a decir pero también sé que lo que les cuento es una perspectiva absolutamente subjetiva y por ello les pido que tampoco me tomen muy en serio.

Les voy a hablar de las dos últimas legislaturas gubernamentales, desde el año 2004, y el modelo de jefes que me han tocado en gracia.

A pesar del mucho coaching personal que han recibido algunos de ellos, y de las grandes palabras con las que se les llena la boca desde posiciones ideológicamente progresistas, la mayoría de los jefes que he tenido han sido autoritarios y como tales inseguros; mediocres, por lo tanto inestables en sus decisiones; machistas incluso siendo mujeres, irreflexivos, y, en general, hablando en plata, malísimos jefes.

Entiendo que es muy difícil conjugar las tendencias psicológicas actuales, en cuando a gestión de capital humano se refiere, y una educación y formación basadas en una estructura piramidal, muy jerarquizada y con esclerosis. Cambiar no es fácil y si encima se tiene miedo, cambiar se convierte en una tarea titánica, casi imposible, que no merece la pena emprender.

Muchas serían las anécdotas y situaciones que demostrarían todos los adjetivos que empleo para calificar a mis jefes pero no teman que no les voy a avasallar con ellas.

Los jefes que he tenido van desde meros directores de organismos de investigación a Directores Generales y Secretarias de Estado o Generales pero a todos les une una característica: su ambición en el peor de los sentidos de la palabra. Podríamos decir que son los Heróstratos de la Administración española que para ser célebres se acaban convirtiendo en incendiarios y responsables de la destrucción de este Templo de Artemisa.

A veces me pregunto cómo es posible dejar tan de lado el sentido común, aunque si bien es cierto que este sentido es, en nuestro país, un concepto revolucionario, y hacer y decir algunas de las cosas que dicen o hacen. ¿A ustedes les parece sensato vanagloriarse de que gente de tu propio Gabinete tenga miedo en entrar al despacho y hablar con su Secretaria General? ¿Les parece sensato para crear un equipo de colaboradores y poder llevar a cabo las complejísimas tareas de una Secretaría General con rango de Secretaría de Estado?

¿Se imaginan a un Director General que utiliza como estrategia de escapista, ni el mismo Houdini la superaría, a las nuevas tecnologías? ¿Que cómo? Muy fácil. Se entra a una reunión importante, a saber, una Conferencia Sectorial de un sector concreto con todas las Comunidades Autónomas, o a una conferencia con delegaciones internacionales, con una blackberry (la famosa zarzamora) o con un iphone y al poco de empezar la reunión suena el teléfono y se sale corriendo como si el país se fuera a hundir. Esto no una o dos veces sino de manera constante y empleado sistémicamente.

Para este estilo de jefes la tecnología ha sido un verdadero salvavidas; tienen tantas entradas en el móvil que no pueden hacer otra cosa salvo atenderlas. Por el contrario ha sido la perdición del currito o machaquito de turno que tiene que enfrentarse él solo a los ofendidos asistentes a la reunión.

Y ya no digamos si nos paramos a hablar de la tan manida conciliación entre la vida laboral y familiar. Estos jefes asienten con la cabeza mostrando su “verdadero” interés para, a renglón seguido, convocar una reunión a las 19.00. ¡Eso sí que es saber de eficacia en gestión de tiempo y reuniones!
Nos desborda aún la maldita cultura de la presencia, si es que se puede llamar cultura. No importa si estoy abriendo mi facebook o haciendo un texto para mi blog como hago ahora, lo importante es que esté no que haga. Que parezca que produzco no que produzca. He aquí la gran diferencia con Europa. Una vez terminada la jornada laboral, ésta está terminada y listo pero eso sí, antes me he dedicado a trabajar y no a remolonear o hacer pasillo.

Creerán cuando les cuento esto que se da sólo en la administración pública, no se equivoquen, es un mal de toda la sociedad española, ¿si no por qué los índice tan bajos de productividad? Ahora además me dirán algunos que eso es porque no he sido jefe y no sé de la enorme responsabilidad que supone. Se equivocan de nuevo; he sido jefe y con una enorme responsabilidad, que si se mide en el volumen de gestión financiera no es moco de pavo: ¡8 mil millones de euros! Casi nada ¿verdad?

Sin embargo, y aunque crean que miento, siempre he procurado tener un horario más o menos estable aunque no lo consiguiera la mitad de las veces, de 8.00 a 19.00, que ya me parece inhumano, no trasladar mis preocupaciones a los de más abajo, no ser asambleario sin serlo para no tomar ninguna decisión, me he “pringado” a sabiendas de que podía cometer errores, pensar en la creación de equipos, hacer las reuniones imprescindibles con tiempos y objetivos claros y no para oírme, delegar pero no con el sentido de escaquear reflexivo, en fin, procurando aportar un cierto sentido común a lo que parece un sin sentido.

De todos modos hay algo que no comprendo pues cuando uno intenta sistematizar y racionalizar las cosas parecen salir peor que cuando un jefe utiliza la agresividad, no en el sentido inglés del término aggressive que sería algo así como dinámico, sino en el sentido agresivo del término español llegando al maltrato psicológico de los colaboradores.
Pero de todo esto lo que me parece una auténtica insensatez es el continuo ir y venir de los jefes. Siempre están en reuniones, conferencias, comidas, celebraciones, etc. ¿Para cuándo el tiempo de reflexión? ¿Para cuándo el poder leer detenidamente los documentos y tomar las notas necesarias para tomar las decisiones oportunas? ¿Para cuándo estar solo con uno mismo y evadirse de los halagos innecesarios?

Si yo tuviera la potestad de poder elegir jefes, desde ministros a directores generales, les exigiría un tiempo de estancia en el despacho, de reflexión, es decir, de política entendida como pensamiento y acción pero me temo que eso haría que más de uno estuviera nerviosísimo pues estar tiempo sentado en un despacho trabajando es mucho pedir.

Volviendo al inicio del texto sobre el peso de la púrpura no creo que tengamos ningún jefe actual que esté “dispuesto a derramar la propia sangre por la fe administrativa, por la paz y la tranquilidad del pueblo y por la libertad del país”.

En fin, como ven, ser jefe ya no es ser un cargo sino tener una gran carga, sobre todo para los subordinados, y lo que deberíamos hacer es que se encierren los jefes en el Cónclave, con clave = con llave, y que las tiremos al mar para que no puedan salir.
Hasta la próxima, si es que no me han despedido antes.


Marasmo o être un ours mal léché

Federico Guillermo II (1744-1797) emperador de Prusia, inclinado al misticismo, unido al Rosacrucismo e influido probablemente por el francmason Johann Christoff Wollner, cuando llegó al trono (1786) no se le ocurrió otra cosa que hacer un experimento con bebés. Dicho experimento consistió en lo siguiente: ordenó que varios bebés fuesen aislados y recibiesen tan sólo alimento y cobijo de sus cuidadoras, prohibiendo que les dirigiesen la palabra o cualquier muestra afectiva, con el fin de averiguar en qué idioma hablarían primero. Todos murieron.

Todo esto para comentarles la importancia del contacto, del afecto desde bien pequeñitos. ¿Recibimos suficientes abrazos, caricias, besos, muestras de afecto en general? Creo que en la sociedad actual cada vez menos. Hasta la más primaria de las bestias sabe que es necesario el contacto físico para lograr un desarrollo normal. Los cachorros de mamíferos necesitan ser lamidos o tocados para alcanzar una madurez adecuada.
Fíjense, hasta los franceses utilizan la expresión “être un ours mal léché”, o ser un oso mal lamido, para designar a un hombre o un niño malformado, con mala educación, poco sociable o huraño.
Probablemente se preguntarán que por qué me hago estas reflexiones tan raras. Pues por mera comparación. Hace poco estuve en Bristol, Reino Unido, y allí de repente me di cuenta de qué distintos somos dependiendo de dónde venimos. Imagínense un español afincando en Bruselas y visitando Inglaterra; ¡qué marasmo!, ¡qué paralización!

De repente comprobé lo importante que son los pequeños gestos cotidianos y cuánto nos acercan o cuánto nos separan de los demás. Los españoles somos muy propensos a besarnos, indistintamente si somos hombres o mujeres, a abrazarnos, normalmente los hombres, a darnos la mano o a agarrarnos sin ninguna connotación más allá que la mera afectiva.

Los belgas, dependiendo de si son valones o flamencos (casi tan difícil de distinguir como a los galgos de los podencos), son, aunque no se lo crean, más “sobones” que nosotros. Se dan uno o dos besos pero se los dan constantemente y entre colegas. Sorprende ver a dos tiarrones enormes en el metro haciendo el relevo de turno y darse dos besos para saludarse o despedirse. O a dos adolescentes del mismo sexo saludarse con un beso en el autobús cuando se reencuentran.

También se observa una proximidad física impropia del equivocado estereotipo que tenemos del belga, gris y aburrido. En definitiva, ellos son gente calurosa y probablemente no sufran del marasmo afectivo correspondiente.

Sin embargo, los ingleses, ¡ay, los ingleses!, son otra cosa. Ni siquiera el momento de catarsis colectiva que sufrieron tras el “accidente” de Lady Di les ha cambiado demasiado. Si recuerdan en aquella época, justo cuando ganó el 10 de Downing Street Tony Blair y su hace tiempo malograda Tercera Vía, la sociedad británica, Royal Family incluida, se echó a la calle para demostrar su dolor y cercanía por la muerte de Diana y se pudieron apreciar, por primera vez, amagos de acercamiento al prójimo.

Por el contrario, unos pocos años después, todo ha vuelto a su ser. Siguen sin tocarse. Sorprende ver a familias enteras en un “car boot market” o mercadillo de segunda mano al aire libre, paseando sin apenas tocarse. Se encuentran con amigos y familiares y mantienen la preventiva distancia de dos codos más o menos. Si se besan ya es algo digno de fotografiar. Los niños parecen como si fueran solos, a su bola como decimos vulgarmente en España. Marasmo lo que se dice marasmo, no sé si tendrán, pero a mí me entran verdaderos escalofríos de ver tanta frialdad.

Todo esto para decirles que no se vuelvan muy europeos en el sentido británico de la palabra, es el único caso en el que me parece que el euroescepticismo es admisible; bésense, abrácense, toquen, sean políticamente incorrectos y demuestren su afecto por los demás. No les digo nada si tienen niños a su alrededor: cómanselos a besos. Ya saben que lo más relevante de la vida se aprende (el afecto, el amor, el cariño, entre otras cosas) entre los 0 y los 3 años para luego adquirir conocimientos hasta los 12, después de eso el aprendizaje es mínimo por mucho que hablemos de aprendizaje permanente a lo largo de la vida. No tengan tanto miedo de parecer sobones, o mafiosos italianos, a ojos de un británico. No les hagan mucho caso y ¡hala! A tocarse.

¡Qué lo disfruten!

martes, 18 de mayo de 2010

De religiones e iglesias no sé nada pero......


En esta tarde de septiembre, paseando por la calle San Lucas de Madrid, uno de los muchos Madrid bonitos, me he topado de bruces con esa especie de coche-moto, que cuando éramos pequeños llamaban “isocarro”, ocupado por dos monjas: una, la más joven, conductora, la otra, mayor, la copiloto. Ambas tocadas con sus ropas de monjas, cuando de repente se me han aparecido a la imaginación unas mujeres musulmanas cubiertas por su velo. ¿Acaso no podría tener cierta equivalencia?

Nosotros los que vivimos en sociedades históricamente cristianas pero que tuvimos o nos vimos, al menos un poquito, influidos por la Revolución Francesa, creemos que somos más modernos, progresistas en todos los aspectos de la sociedad y más adelantados que otras culturas que no tienen nuestro mismo sustrato. Podemos afirmar que, efectivamente, estamos muy adelantados en aspectos sociales, tecnológicos, científicos, médicos, incluso políticos, me atrevería a decir. Sin embargo, se nos olvida que nuestra sociedad es muy compleja y que lo que nos trasmiten los medios de comunicación o nuestra propia experiencia vital no siempre se reflejan en la realidad, esto de las monjas, con todo mi respeto, es un ejemplo de ello.

Dirán que no sé lo que me digo pero, de repente, durante el paseo, me ha dado por pensar que nuestras mujeres monjas, que hacen, la verdad sea dicha, una enorme labor social la mayoría de ellas-si no lo creen vengan a la calle San Lucas y a las múltiples congregaciones que hay en mi barrio- representan a esas mujeres de enorme religiosidad que han dado su vida por una creencia y que al pertenecer a una religión con iglesia jerarquizada optan por una determinada obediencia y tipo de vida espiritual y que las mujeres con velo musulmanas que pertenecen a una religión sin iglesia, aunque igualmente jerarquizada, y que, al igual que la iglesia católica, las relega a un segundo plano, son el ejemplo claro de una religiosidad mal entendida por nuestro mundo occidental.

Si no nos molestamos, si no nos planteamos en términos generales cómo viven y cómo son tratadas nuestras monjas, si bien es cierto que cada vez son menos en número, no debemos, según mi criterio, plantearnos la vida de las mujeres musulmanas siempre y cuando sea una opción personal y no una imposición; o mejor dicho, planteémonos ambos casos y dejemos de ser hipócritas pensando que hemos evolucionado más que nuestros vecinos de religión.


lunes, 17 de mayo de 2010

Sobre nada y todo



Cuando uno escribe como lo hago yo ahora, puede hacerlo sobre todo o sobre nada en particular. Lo que en principio era un ejercicio de racionalización sobre mi educación, se convierte en un continuo de ideas que pueden tener, o no, alguna relación. Volviendo al tema que me lleva, creo que en mí, y en la gente de mi generación, y quizas en la anterior también, la educación ha fracasado.

Si se preguntan por qué les contestaría: “por la especulación”. Todos nos hemos convertido en especuladores. Es como cuando uno engaña a su pareja, tal vez no lo haga uno en realidad, llegando a lo físico, pero con el pensamiento se hace constantemente; pues lo mismo pasa con la especulación.
Bien sea porque no tenemos dinero para llevarlo a cabo, bien porque nos da miedo perder lo que tenemos, bien porque no sabemos cómo, pero especulamos al fin y al cabo, ¿a quién no le gustaría ser como esos especuladores que se “forran” sin apenas dar ni golpe, o al menos no demasiado? Ahí está el fracaso de la educación en nuestro país.

Aunque esté generalizando, creo que ha fracasado pues entiendo que la educación nos debe hacer mejores y ayudarnos a crear una sociedad más justa, solidaria e igualitaria que ofrezca, aunque suene a utopía, las mismas oportunidades a los individuos que la conformamos, aunque después, dependiendo de nuestras competencias y capacidades, tengamos mayor o menor éxito social. Esto es, a mi entender, una sociedad igualitaria, que no niveladora.

En fin, que creo que ha fracasado pues en vez de crear esa riqueza que hace que el conjunto de la sociedad sea mejor, lo que hemos logrado es que nos hagamos más individualistas y que miremos por nuestro propio interés. Sustraerse a la especulación es muy difícil pues si lo hace uno, se acaba pensando que nos hemos convertido en unos gilipollas. Mientras los demás se forran nosotros seguimos con nuestro prejuicios éticos y morales, y así nos va.

Es muy triste ver como tiene que ser el gobierno, si éste es más social claro está en su política, quien establezca medidas correctoras contra la especulación en vez de salir del propio ciudadano que ha comprendido que su actitud egoísta tan solo llevará a un empeoramiento de esa solidaridad de la que antes hablábamos.

En mi la educación también ha fracasado en ese aspecto. A mí me gustaría poder ganar dinero para dejar de pensar en él y creo que como funcionario, y menos ahora con las “medidas de ajuste presupuestario”, eso no va a ser posible así que espero algún día poder especular aunque sea con la colección de cromos antiguos o los soldaditos de plomo que tengo para poder vivir como un auténtico especulador, es decir, sin dar ni golpe.


miércoles, 12 de mayo de 2010

Estulticia y mili



¿Acaso son términos parejos la estulticia y la ya desaparecida “mili”? No, en absoluto, pero en ocasiones los actos de estupidez eran tales en la mili que uno lo llegaba a creer. La verdad es que no sé por dónde empezar pues tantas eran las cosas inútiles, al menos aparentemente, que teníamos que hacer que me abruman. Tal vez deba empezar por la primera contradicción: escaquearse.

Sí, sí, escaquearse. Ahora, y antes también me temo, se da en muchos ministerios de nuestra Administración con mayúsculas. Los que jueguen al ajedrez sabrán que el escaque es cada una de las casillas cuadradas e iguales, blancas y negras alternadamente en que se divide el tablero. Por lo tanto escaquear es dividir en escaques o si nos referimos a una unidad militar, como es el caso, dispersarse de forma irregular , pues bien yo aprendí el término en su forma reflexiva: “escaquearse”, que significa eludir una tarea u obligación común.

Imagínense a ochocientos soldados, suboficiales, oficiales y mandos de un cuartel de ingenieros escaqueándose todo el santo día ¡qué estupidez! Pero algo de verdad había. Te enviaban a “perolines” es decir, servicio de cocinas, nada que ver con Ferrán Adriá, Arguiñano, Arzak u otros maestros culinarios, ¡qué va! Era ni más ni menos que hacer todas las tareas de limpieza, preparación de alimentos, recogida, transporte de cajas, etc. que se hacían insoportables pues empezaba uno a las 6 de la madrugada y terminaba a la 1 de la noche del día siguiente. No le quedaba más remedio a uno que escaquearse marchándose a las letrinas o la hidroterapia, término eufemístico para denominar a las duchas de las cuales apenas si salía un chorro pues estábamos en Melilla y el agua, por su mala calidad, era un bien escaso, al menos en los 80 del siglo pasado.

Como estaba en Transmisiones, CTPC -Centro de Mando de Transmisiones- ( ¿de dónde narices salen las siglas?, otro ejemplo) tuve la suerte de acabar en una estación de radio militar, para algo sirve el ser licenciado ¿no? Desde allí pasábamos mensajes, supuestamente secretísimos, a la península por si al “moro” infiel se le ocurría atacar la plaza. Todo era muy pero que muy profesional. Sobre todo los códigos alfanuméricos. El nuestro, en las dos emisiones que hacíamos al día, en distintas horas, a Cádiz y Sevilla respectivamente, era OPT, sí, sí, no era “Operación Triunfo” pero casi. Estas siglas las leíamos como “Oscar-Papa-Tango” –según el código internacional de transmisión- seguido de 5/5 que significaba “le recibo alto y claro”. Esta retahíla la repetíamos de seguido:

- “ Aquí Oscar-Papa-Tango, ¿me recibe?” (repetido hasta la saciedad)(pruébenlo, es como estar lobotomizado después de unos días haciendo lo mismo)

Y si a la vieja Racal le daba por funcionar, ya que a veces se nos olvidaba ponerle agua destilada a la batería de coche a la que estaba conectada, con muchas interferencias recibíamos un:

- “5/5, le recibo alto y claro”

Y así, día a día hasta cumplir los nueve meses y medio de estancia continuada sin salir de aquella plaza española en suelo africano. Curiosamente, a pesar de empezar ya a introducirse lo que luego daría en llamarse “nuevas tecnologías”, teníamos un palomar (tampoco estaría mal tener alguno ahora en los ministerios para cuando se "cae la red"). Allí un subteniente se dedicaba a mimar a un buen número de palomas mensajeras que se sabían el camino a casa, es decir a la península, desde Melilla. Espero que no se hayan deshecho de ellas pues era lo único sensato que había; como sabrán lo primero que se hace en una guerra actual es acabar con todos los medios de comunicación del enemigo para descoordinar su fuerzas y si uno tiene palomas, éstas seguro que alcanzan su objetivo sin que nadie las interrumpa en su vuelo. A veces me pregunto si el "enemigo" está a las puertas de nuestra casa pues lo que es la informática ministerial.........

Entre las aparentes tonterías estaba lo que hacía la compañía de zapadores, montar y desmontar un puente continuamente. Me imagino que en caso de conflicto es algo fundamental pero tendrían que ver ustedes como sudaban los pobres zapadores. En la vida civil montamos y desmontamos aceras pero a diferencia de los zapadores, esto sí que no tiene ninguna utilidad salvo para alguna empresa.

¿Y las maniobras en las que uno se tiraba de un camión en marcha en plan “BOEL” (Brigada de Operaciones Especiales de la Legión)? Lo malo es cuando uno había caído del camión y desde el suelo buscaba a sus compañeros con la mirada, se los encontraba a todos tirados por el suelo sin poder levantarse cargados con el cetme, trinchas y macuto. También ahora en mi vida civil sigue siendo algo parecido; si miro para atrás veo a compañeros caídos a los que la administración ha dejado abandonados; al menos en el otro sitio no te abandonaban nunca.

Pues miren ustedes, a pesar de todo esto y mucho más, comparto la opinión de Rosa Montero en su artículo de la revista del País del pasado domingo 9 de mayo de 2010 en el que decía que nuestras fuerzas armadas son una de las pocas instituciones de las que nos podemos fiar en nuestro triste país.

En fin, éstas y muchas más historias que en el fondo ahora son divertidas, tanto que estoy deseando realizar mi período de formación como oficial en “Reservistas Voluntarios” del Ministerio de Defensa, en serio, al menos sé que son mejores que cualquier ONG que se precie y de una profesionalidad y seriedad más que envidiable.

jueves, 6 de mayo de 2010

De fiestas o guateques




No sé cómo salió el tema. Estaba con mi hijo de casi 15 años (a día de hoy en 2010 ya tiene 19 años) en Reugen´s, una hamburguesería de la calle Sainte Catherine de Montreal, cuando empezamos a hablar de las fiestas que mi hermano Eugenio y yo organizábamos en casa de nuestra madre. Creo que todo salió por un semáforo que me trajo a la mente los dos semáforos, sí, sí, dos semáforos de entrada a garaje, con sus luces rojas y verdes y su carcasa verde de metal pesadísimo, que teníamos en casa y que hacían las veces como si fueran las luces de una discoteca en nuestras fiestas. No recuerdo bien como los conseguimos pero está claro que no me veo yo con un destornillador y unos alicates desmontando en plena calle esos dos semáforos. Echémosle le culpa a otro u otros. La cuestión es que los teníamos.

Los usábamos, como digo, para las fiestas que mi madre nos permitía hacer en nuestras dos habitaciones. Mi madre, mi santa madre debería añadir, se marchaba de casa en esas ocasiones, no sé si se iba a ver a su madre, si se iba con sus amigas o con mis hermanas, lo cierto es que la casa se quedaba para nosotros y era la delicia de nuestros amigos.

Teníamos dos habitaciones; una estaba llena de pósters casi todos con carga política y/o musical, una diana auténtica como las que había en los pubs de Inglaterra, los dos semáforos y un sofá en forma de ele que recorría la pared y que servía ya se pueden imaginar ustedes para qué; para sentarse y charlar, no sean mal pensados.

La verdad es que éramos unos privilegiados. Teníamos un pick-up, tocadiscos o plato donde poníamos LPs y singles. Como mi madre tuvo la brillante idea de mandarnos a Inglaterra en los veranos desde 1975, pudimos mamar allá la música del momento. Vivimos la época punk de los Sex Pistol con su “God save the Queen” and her fascist regime….., the Stranglers, los coletazos de “mods y rockers” de los finales de los cincuenta y los sesenta que se imitaban también en los setenta. La música de “Yes, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Ted Nugget, Rick Wakeman y sus caballeros de la tabla redonda o sus ballenas, de Queen, sobre todo de Queen, y también de los Who y su Quadrophenia, Who´s next, etc…

Luego en Madrid, en la calles de Hortaleza y Fuencarral encontrábamos discos importados de América del Norte como los Ramones, Meat Loaf, Jim Croce, ELO, Bee Gees ( a pesar de ser Australianos) y su retorno exitoso con Saturday Night Fever y los discos recopilatorios anteriores.

A todos éstos les añadíamos los discos de la canción protesta que nos sabíamos de memoria con Labordeta, Lluis Llach, Victor Jara, Quilapayún, Los Calchaquis, Raimon, Serrat, etc…. que poníamos después de los lentos cuando veíamos que no íbamos a conseguir nada salvo un buen calentón. Al menos con los discos protesta nos ardía de nuevo la sangre y gritábamos a voz en grito.

Ahora piensen por un momento, ¿Cómo narices puede uno erigirse en un modelo de comportamiento adolescente para nuestros hijos después de lo bien que lo pasábamos con todo esto? Piensen, piensen.

miércoles, 28 de abril de 2010

Los amantes de Arts-Loi


La primera vez que me los encontré fue un día de noviembre típicamente bruselense. Una lluvia continua y un viento racheado que hacía imposible el uso de cualquier paraguas obligaba a buscar refugio bajo las cornisas o, como en nuestro caso, en la estación de metro más cercana, Arts-Loi.

Era una imagen muy cinematográfica. Empapados como estaban se abrazaban y se besaban suavemente en las escaleras de acceso. Él se situaba unos escalones más abajo para que sus bocas quedaran a la misma altura. La escena fue muy breve pero lo suficientemente intensa como para que, mientras bajaba hacia el andén a coger el siguiente tren, no dejara de pensar en ellos y todo lo que representaban.

Con el paso de tiempo la escena pasó a ocupar el lugar inconsciente del olvido que todos tenemos. Sin embargo, un día cualquiera de un mes cualquiera en la típica rutina de volver a casa después del trabajo los volví a encontrar en la misma postura de la primera vez que los vi. Él ocupaba la parte baja de la escalera mientras ella le besaba y acariciaba como sólo dos amantes saben hacerlo; sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor.

Al principio no les dediqué demasiado tiempo pero posteriormente me dio por pensar en la situación tan curiosa que se estaba dando. ¿Acaso estaba lloviendo como para refugiarse en una escalera del metro? ¿Se estaban despidiendo como hacen las parejas habitualmente? Era evidente que no. Se estaban ocultando. Se ocultaban de la manera más extraña posible: a la vista de todo el mundo.

A partir de ese momento ya no pude dejar de pensar en ellos. Cada vez que cogía el metro buscaba en esa esquina de las escaleras para ver si los encontraba. Y así era. A la misma hora, a diario, la imagen se repetía de manera obsesiva. Ellos dos allí abrazados sin inmutarse mientras los transeúntes pasábamos a su lado observándoles.

Un día, sin embargo, la rutina se rompió. La escalera estaba vacía. Tal vez les habían descubierto y habían tenido que cambiar de espacio, de estación. O por el contrario, algo aún peor si cabe: su relación se había formalizado, se había hecho lícita y todo el encanto secreto de los enamorados había desaparecido de manera inmediata.

Lo que estaba claro es que la estación de Arts-Loi había regresado a su normalidad de estación de metro: el gris de las escaleras, las caras somnolientas por las mañanas y cansadas por la tarde, el olor eléctrico de los trenes, en definitiva, lo cotidiano.

Aún hoy, varios meses después, cuando bajo por las escaleras de Arts-Loi tengo la esperanza de volver a verlos, de pensar que aún es posible encontrar islas de personas que buscan la felicidad en el otro, en su contacto, en sus caricias.

Estación de metro Arts-Loi. Bruselas 2010.

martes, 16 de marzo de 2010

¿Por qué no hay gordos en Bélgica?


En Bélgica no hay gordos. O al menos aquí, en Bruselas. Si uno se pasea por el Sablon, por la Grand Place, por Ste. Catherine, por la Place Barricades, por Trone, por el Parque del Cincuentenario, en fin, si uno se pasea por cualquier sitio de Bruselas comprobará que no hay gordos. No se ve esa obesidad mórbida que ya se empieza a ver en algunos países europeos, entre ellos el nuestro, España.

Y yo me pregunto ¿cómo es posible si aquí no existe la tan afamada dieta mediterránea? ¿Cómo es posible no ser gordo tomándose las deliciosas cervezas de alta gradación y fuerte sabor? ¿Cómo es posible no ser gordo comiéndose uno el plato típico belga: les frites avec des sauces? ¿Cómo es posible no ser gordo tomando la deliciosa carbonnade flamande preparada con carne magra y cocida a fuego lento con cerveza negra? ¿Y qué decir del stoemp o puré de patatas con puerro? Es verdad que los moules no engordan pero siempre van acompañados de frites, de pan con mantequilla, una cervecita Chimnay, Leffe, Leon o cualquiera de las trescientas o cuatrocientas variedades distintas que por aquí tienen. Y sin embargo, aquí no hay gordos. En serio, no hay gordos.

Me pregunto si será porque son muy deportivos. Por las mañanas se les ve montando en bicicleta para ir a trabajar, no importa el tiempo que haga: frío, lluvia, nieve. Tampoco importa que esta ciudad no sea especialmente llana como otras de los Países Bajos. Se ponen sus chubasqueros de cuerpo y piernas, sus chalecos reflectantes y las luces parpadeantes de las bicis y……..a rodar. También se les ve correr por todos los parques de la ciudad, sobre todo a las mujeres. Gimnasios no se ven tanto como en España pero haberlos hay los. Sin embargo, nada de esto es el causante de tan buena forma física. No.

No se lo van a creer pero para mí el que no haya gordos se debe sobre todo al metro. ¿Al metro? Se preguntarán. Sí, sí, al metro de Bruselas, al STIB o Societé de Transport Intercommunaux de Bruxelles.

El metro de Bruselas deja bastante que desear en comparación con el que tenemos, por ejemplo, en Madrid. Es verdaderamente sorprendente comprobar que las escaleras mecánicas no funcionan nunca, indistintamente de la estación y del barrio en el que uno se encuentre. En el mío, entre Merode y Schuman, las escaleras mecánicas están siendo siempre reparadas. Da lo mismo la hora del día o de la noche, las escaleras siempre, sistemáticamente, están estropeadas y, obviamente, siendo reparadas. En fin, un auténtico despropósito. Sin embargo, el que estén estropeadas no es lo peor. Lo peor es cuando uno intenta salir a la calle y descubre que ni Ariadna con su madeja de hilo nos serviría de ayuda para salir de tan laberíntico espacio. Uno se pregunta cómo es posible que la verticalidad de una escalera mecánica se convierta en pasadizos, tramos de escalera y pasillos más que largos. Ahora entenderán por qué no hay gordos aquí en Bruselas. Si le echan un poco de imaginación se verán bien abrigaditos, con el metro petado de gente y teniendo que subir al exterior, sudando la gota gorda. Esto es peor que un baño turco y por eso estamos los que vivimos aquí, yo incluido, con cuerpos esculturales y silfídeos.

Tal vez deberíamos recomendarle esta “terapia de adelgazamiento metropolitano” a la Señora Aguirre para que desde la gestión del metro madrileño se estropearan todas las escaleras mecánicas del metro y así fomentar la buena salud. Mataríamos tres pájaros, no dos, de un tiro: se olvidaría de su objeción de conciencia para con el IVA, de su ley de permisión del tabaco en establecimientos públicos, y lo que es más importante, daría trabajo y beneficio a alguna compañía reparadora de escaleras mecánicas que seguro buena falta les hace.

¡Que ustedes las suban bien!


miércoles, 10 de marzo de 2010

El estudio




No recuerdo muy bien cuándo empecé a tener afición al estudio. Si me comparo con mis hijos, cuando nosotros teníamos 9, 10, 11 ó algún año más no teníamos demasiados deberes. El deber principal después de la escuela era comerse un trozo de pan con una onza de chocolate “Elgorriaga” y dedicarnos a jugar a las chapas, a la lima o a las canicas. Sin embargo, en algún momento algo hizo clic en mí y de repente las ansias por leer, por aprender, por intentar entender lo que pasaba a mi alrededor fueron haciéndose cada vez mayores.

Cuando éramos pequeños nos quedábamos a comer en el colegio, toda una experiencia que ya les contaré algún día, y después, justo en plena siesta, teníamos lo que llamaban “Estudio”. Consistía en meternos en un aula magna, con gradas, tanto a mayores de pre-universitario como a los de primaria para que hiciéramos tareas o leyéramos cualquier cosa. Era increíble cómo podían mantener a tanto chaval en silencio, sin rechistar. En esos momentos yo no tenía ningún interés por el estudio o al menos no sabía en qué consistía y me pasaba la mayor parte del tiempo dibujando batallitas.
Primero empecé con los romanos, luego me fui a indios y vaqueros y por último a batallas de la segunda guerra mundial. Esos dibujos los hacía a escondidas pues el profesor de guardia, habitualmente el Bola, como se enterara se te caía el pelo. Un día me descuidé debido a mi enmimismamiento con una lucha de gladiadores que estaba pintando en el coso romano, cuando, como águila que se abalanza sobre el conejito distraído, el Bola apareció con su gran sombra cubriendo el pupitre y de un manotazo me arrancó el papel. Seguidamente me agarró por la patilla y me sacó al encerado. Allí, sin soltarme la patilla y meneando el folio con el dibujo, se dirigió a mi hermano Eugenio y le dijo:

-“Señor Alfaya, mire lo que hace su hermano en vez de dedicarse al estudio”

Lo peor de todo es que mi hermano, la verdad es que tampoco podía hacer más, puso el gesto serio y asintió. Me sentí totalmente abandonado a mi suerte. El Bola me dio un capón de los suyos, de pelotari, y me devolvió a mi sitio. Luego se quedó con el dibujo, lo dobló, lo guardó en su cuaderno y no lo volví a ver. Era una magnífica batalla.

Poco a poco, como decía, el gusanillo por estudiar fue haciendo mella en mí. Tal vez se debiera a la oportunidad de entrar en la biblioteca del colegio y poder leer cualquier libro, desde un TBO hasta revistas de turismo como “In Britain” que alentarían mis ganas de visitar la pérfida Albión o bien ver que los mayores lo hacían, leer y estudiar, y no parecían aburrirse demasiado. La cuestión es que llegó un momento en el que ya nadie me tuvo que decir que estudiara, al igual que el leer se había convertido en el objetivo, el sentido de estar aquí. Estudiaba por diversión, por entender, por comprender. No lo hacía ni por competitividad ni pensando que en el futuro tendría más oportunidades. Cuando eres pequeño o adolescente, afortunadamente, todavía piensas que te queda mucho por delante y que son cosas, ésas las de ganarse las habichuelas, de mayores y no de nosotros, niños.

viernes, 26 de febrero de 2010

Las siete revueltas




Al igual que la carretera que une La Granja de San Ildefonso con la Bola del Mundo en Navacerrada, la vida da vueltas y revueltas. En 1981, el año del golpe de estado del Teniente Coronel Antonio Tejero, me dio clase un profesor llamado José Pérez Iruela, al que todos llamábamos “Pepe”. Pepe nos daba “Historia de la Filosofía” y creo que con él empecé a pensar como adulto aunque algunos creen que era yo ya un tanto mayorcito, 17 ó 18 años, para que esto ocurriera. De Pepe aprendí los conceptos de “a priori”, “a posteriori”, “innato”, “imperativo categórico”, “super yo”, etc. y conocí por primera vez a personas como Aristóteles, Platón, Sócrates, San Agustín, Duns Scoto, Descartes, Locke, Hume, Feuerbach, Ortega (aunque éste me imagino que en aquellos momentos no se le veía con buenos ojos)….

Pepe me dio una lección que aún hoy recuerdo de cómo motivar a un alumno y mejorar su autoestima y amor por el conocimiento. No debemos olvidar, como he dicho antes, que ese año fue mi primer contacto con el mundo del pensamiento más abstracto, de manera consciente, y el empleo de un léxico que era muy novedoso para mí.

Estábamos estudiando el racionalismo y lógicamente el autor de referencia era René Descartes y sus textos sobre la “duda metódica”. En esto estábamos cuando Pepe me mandó leer uno de los textos que nos servían como arranque para introducirnos en la filosofía. El texto era endemoniadamente enrevesado. Yo lo leía en voz alta una y otra vez sin poderle dar la entonación adecuada ya que la lectura se me hacía de difícil comprensión. Esta situación hizo que mis compañeros de clase no pararan de reír, aunque me imagino que también temblaban sólo de pensar que Pepe les podía mandar continuar leyendo a ellos. De repente Pepe mandó callar y me felicitó por mi insistencia en repetir y repetir el texto hasta conseguir comprenderlo. La clase se calló. Creo que hasta ese momento, por lo general, estábamos acostumbrados a que se hiciera escarnio de nuestra ignorancia.

Luego, después de muchas vueltas, he encontrado a Pepe de nuevo; como Director en el Centro de Investigación y Documentación Educativa, aunque cesado ya ahora como suele pasar con los puestos en la Administración. Aún le brillaban los ojos como cuando era profesor.

En ese mismo instituto donde estudié el bachillerato me encontré con una casta de profesores que ya luego apenas si he visto de nuevo; como si se tratara de una especie en extinción. Eran profesores que creían en el poder de la educación para cambiar las cosas, para mejorar la sociedad y traer la democracia a nuestras vidas. No importaba que unos fueran PNN (Profesores No Numerarios) Agregados de Enseñanza Media o Catedráticos, ¡uf hasta la denominación ha cambiado actualmente por la de “interinos”, profesores de secundaria, y condición de catedrático!, de ahí que lo escriba con minúscula. Todos a su manera peleaban, o al menos eso transmitían que no es poco, por una sociedad mejor. Fue durante esos años donde aprendí una lección que no aparece en los libros de texto: a llegar a la libertad desde la responsabilidad. No hay que olvidar que venía de un colegio privado de curas donde todo se hacía por el “ordeno y mando”. Sin embargo el instituto era como la casa de “tócame roque”, (por cierto situada literariamente en la calle donde vivo en Madrid, Barquillo) al menos aparentemente. Desde los 14 ó 15 años, uno no tenía que dar explicaciones a nadie y se movía libremente por pasillos, seminarios y aulas pero ese aparente caos hacía que uno se tomara las cosas seriamente y participara de manera activa en toda la vida del centro.

Eran días en los que el espíritu democrático se respiraba en los centros educativos. Todo se desarrollaba como en una asamblea, incluso en los grupos de alumnos no había la figura del “delegado de curso” sino una comisión elegida por la clase que luego transmitía libremente las dificultades, peticiones, quejas y demás al grupo de profesores que nos impartían clase.

De esa jerarquía ejercida horizontalmente se fue cambiando a una jerarquía vertical que ha llevado al final a que tanto alumnos como profesores pierdan su interés por la participación ya que saben que siempre habrá alguien que asumirá las responsabilidades, tanto para lo bueno como para lo malo. Esto ha empobrecido la vida de los centros pues a veces parece que se gestionan como si de un ministerio se tratara en donde son más importantes los informes y programas sobre el papel, que no siempre reflejan la realidad o no se cumplen, que el bienestar y conocimiento de profesores y alumnos.

Desde luego no todo era maravilloso en el instituto, también existían los despropósitos más grandes; profesores que llegaban rutinariamente tarde a clase, huelgas generadas por cualquier nimiedad, escasez de materiales didácticos, etc. Lo que peor llevo de esa época es que por una tontería dejé de estudiar griego clásico, les comento:

A mí me gustaba muchísimo tanto el Latín como el Griego. El amor por aquél se debía a una profesora magnífica, catedrática de “pata negra”, como decimos en el argot de los institutos, llamada Teresa Suárez. Como profe de griego teníamos a “Helena con hache”, pues siempre remarcaba así su nombre que parecía ser más clásico que la Elena sin hache habitual. Pues bien, como decía, a mí el Griego, la lengua no se confundan, me gustaba muchísimo, luego en la carrera encontré un placer similar en la asignatura de lingüística germánica impartida por Don Emilio Lorenzo Criado y Doña Teresa Zurdo, y me aplicaba a él con esfuerzo y ganas. Siempre sacaba buenas notas. Mi compañera de mesa, de la que estuve enamorado toda la secundaria y nunca nos dijimos nada, Ángeles, no se le daba muy bien así que como era de rigor me copiaba en los exámenes que hacíamos. Un día, tras un sobresaliente en un examen de verbos a cual más enrevesado y de los cuales Ángeles había copiado concienzudamente como si de un monje amanuense se tratara, la profesora “Helena con hache” nos llamo a su mesa, junto al encerado, y allí me dijo que la próxima vez me iba a suspender por copiar de mi amada compañera.
Por lealtad a ella no dije nada, y ésta me sonrió no sé si diciéndome “qué bueno eres o qué pedazo de gilipollas estás hecho”, pero eso significó que para mí el Griego dejó de ser materia de mi interés al pensar que la profesora en todo ese año había estado dudando de mí al creer que yo copiaba constantemente en vez de estudiar lo que realmente estudiaba. No tuvo la visión suficiente como para distinguir a un estudiante, no por su mera nota en los exámenes si no por el constante esfuerzo cotidiano.

¡Ah! ¡Se me olvidaba! La vida ha dado otra vuelta más hoy mismo y me he reencontrado con mi amiga de pupitre de esos tiempos, Ángeles. Adivinen cómo. Efectivamente, acertaron, a través de facebook. ¡Qué gran invento!

À bientôt!!


lunes, 22 de febrero de 2010

Las amistades


No sé ustedes pero a mí esto de la amistad me parece algo milagroso. ¿Cómo de repente uno conoce a gente de entornos totalmente distintos y se convierte en parte de nuestra vida para siempre, o casi? Yo no consigo explicármelo, sobre todo conociéndome a mí mismo y viéndome como un bicho un tanto raro. Como ya he escrito en algún otro artículo de este blog, a mí me echaron del cole. Esta expulsión supuso la ruptura con todo el grupo de amigos con el que llevaba compartiendo clase nueve años. Debería estar prohibido hacer eso, expulsar, hasta que se demostrara que las amistades de la infancia y adolescencia estaban consolidadas y ya el entorno no influía en ellas, pero vayan ustedes a decirle eso a los directores de coles, sobre todo los privados de esa época, y a los legisladores. Ya les avisé, soy un poco raro.

Pues bien también supuso lo que vulgarmente se denomina “buscarse la vida”. No me quedó más remedio que desarrollar unas habilidades y competencias que no se enseñan normalmente en el aula; habilidades sociales creo que las llaman. A cada sitio que iba uno se tenía que relacionar a la fuerza o por el contrario quedarse más solo que la una. Esta situación me ha permitido conocer a gente interesantísima, algunas de las cuales han seguido en mi vida hasta hoy aunque no nos veamos y estemos alejados físicamente. Lo más curioso es que siendo chico, y habiendo sido educado en un colegio de chicos, la mayoría de mis amigos son amigas. Con las mujeres me entiendo mejor y me gustan más. Puedo decir que tengo tres amigos chicos (y uno de ellos ya no está físicamente entre nosotros), el resto son mujeres. En esta categoría de amigos no incluyo a hermanos y hermanas pues ésa es otra historia, además de amigos son absolutamente necesarios en mi vida.

Un día tuve un grupo de amigos, cuando éramos pequeños, que fueron una referencia de lo que para mí era la amistad durante muchísimos años. Eran como ese paraíso perdido que uno intenta recuperar siempre. Este grupo de amigos eran todos hermanos entre sí, más mi hermano Eugenio y el hijo de la portera de nuestra casa Cloromina, Juan Ramón, más conocido como “el porterín”.

A estos cuatro, que más adelante serían cinco, hermanos les conocíamos como “Los Albertitos”, nada que ver con “Los Albertos”, ésa es otra historia. El nombre se debía a uno de ellos, Alberto, el segundo, que era la mejor persona y el mejor amigo que uno podía tener, hasta el punto de dar el nombre a todo el grupo. El resto eran Miguel Ángel, más largo que un día en el cole, José Luis, más malo que la quina pero absolutamente leal, y Ramón, el más “mono” de todos pues era el pequeño del grupo además de estar subiendose todo el día a los árboles.

Entre “Los Albertitos”, Juan Ramón “el porterín”, mi hermano Eugenio y yo formábamos una buena panda; a veces también se nos unía Valentín, uno que vivía un poco más abajo y al que considerábamos sólo amigo a medias, si es que esa categoría existe.

El recuerdo que tengo es el de estar todo el santo día en la calle. Daba lo mismo que fuera invierno o verano, después del cole salíamos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate “Elgorriaga” y no regresábamos hasta la hora de cenar y, créanlo, no nos pasaba nada; ni estábamos traumatizados por no ver a nuestros padres, por no ver la tele o jugar con la consola de videojuegos ni nos iba del todo mal en el colegio y sobre todo lo pasábamos “chachi piruli pelotilla”.

Nuestro barrio estaba dividido por lo que se conocía como “la cuesta”; un terraplén en el que no se había construido probablemente por el desnivel del terreno. “La cuesta” separaba a los chavales del barrio entre “los de la cuesta de arriba” y “los de la cuesta de abajo” y, claro está, éramos eternos enemigos.
No recuerdo muy bien pero creo que la película de Yves Robert de 1961, “La guerra de los botones”, debió de influir más de lo que nos creíamos en nuestras batallas a pedradas con “los de la cuesta de abajo”. La ponían en la televisión en lo que se llamaba “Especiales Vacaciones” y después de verla salíamos a darnos de pedradas. Eso sí, no cantábamos la canción de los niños de la película que decía:

“Mi pantalón
Se me rompió
Se me va a ver
Todo el calzón”.

Pues en la película quitaban los botones a los “prisioneros enemigos” para escarnio de estos. Pero lo único que de verdad nos diferenciaba de los protagonistas de la película era que no había ni una sola chica, salvo alguna hermana, que no entraba en esa categoría de sexo.

Después, con la edad, las amistades, aunque muy buenas, nunca han podido llegar a ser lo que fue la amistad con “Los Albertitos” y “El porterín”: una amistad de aventuras, de lealtades, de miedos, de aprendizaje, de inocencia, de infancia al fin y al cabo. No sé si ahora facebook puede ofrecernos lo mismo.

Hasta pronto “amigos”.


viernes, 19 de febrero de 2010

On prend un verre ensemble?


Como probablemente sepan muchos de ustedes actualmente me encuentro aquí en Bruselas, Bélgica, durante más o menos un año compartiendo sus usos y costumbres e intentando habituarme a este clima, digamos, poco alegre. Los que han vivido fuera de nuestras fronteras nacionales habrán sufrido eso que los psicólogos llaman el “cultural shock” y que puede ser devastador dependiendo de la distancia a la que uno se encuentre en relación al hogar materno.

Pues bien, pensarán que, estando Bruselas como está a tiro de piedra de nuestro país, siendo todos parte integrante de esta Unión Europea, y además habiendo sido España dueña y señora de estas tierras durante una temporadita, aquí no existe el choque cultural. Se equivocan.

Existe el choque cultural y no porque vean a ese niño meón que llaman Manneken pis disfrazado con no sé cuántos trajes regionales o de dragqueen, o su contraparte la Janneken pis abierta de piernas completamente desnuda miccionando burdamente y al perrito de ambos haciendo sus necesidades en medio de la calle y que como no estés prevenido te tropiezas con él.
Tampoco me refiero a ese choque que se produce cuando uno va a la parte flamenca y habla en francés para pedir un café olé, será porque son flamencos, y le miran con cara de mala leche, será por la leche, y le contestan en una endiablada lengua que llaman flamenco. No, no es por nada de eso. Tal vez sea por lo políticamente incorrectos que se han vuelto, o han sido siempre, estos belgas en comparación con nosotros los españoles del siglo XXI. Les cuento.

Aquí en el centro de la europeidad también ha llegado la influencia de Estados Unidos y en vez de beber el agua a morro del grifo o con un vasito, tenemos por todas partes esos botellones de agua mineral puestos boca abajo y que distribuyen agua a todos los oficinistas y funcionarios que inundamos este país. Pues bien, llevo unos días que cada vez que vengo andando a trabajar aquí, a la Representación Permanente de España ante la Unión Europea, me encuentro con un camión de reparto que abastece a las embajadas del barrio. Y es aquí donde se me produce el “cultural shock”. ¿Cómo es posible que en esta ciudad donde se hace toda la política europea, entre las que se encuentran las políticas de igualdad, haya publicidad como la que hace este camión de reparto? Al menos para un miembro o miembra del Estado español ver este tipo de publicidad es cuanto menos chocante (¿o debería decir también chocanta?).

Es una publicidad donde la mujer tiene, más que nunca un papel, de objeto sexual. Me explico. Justo detrás del camión, en su portalón trasero, con perdón, hay una enorme foto de una mujer desnuda que cubre sus partes pudendas con uno de los garrafones de agua que les indicaba más arriba. El eslogan de la marca es On prend a verre ensemble? Que literalmente quiere decir: ¿nos tomamos un vaso juntos? pero que es la frase que incita a algo más cuando uno flitrea por estos lares. Ya saben ustedes lo que decimos en España cuando nos queremos llevar a alguien al catre; los hombres decimos: ¿nos tomamos una copa? aunque no bebamos, y las mujeres ¿nos tomamos un café? ¡Con churros, no te fastidia!.

Para más inri la compañía de aguas que tiene esta publicidad se llama Sipwell que si lo traducimos al español sería algo así como “sorba bien”. ¡Jo…cuanta carga erótico sexual tiene el agua de marras! ¡Y las feministas belgas sin rechistar un ápice!
Me van a perdonar pero es que viniendo de un país donde la corrección política anglosajona ha calado tan fuerte este anuncio me ha provocado un verdadero choque y no he podido por menos que contárselo. Tal vez sea también porque, a pesar de mi edad, el bromuro que supuestamente nos echaban en la mili para acabar con nuestros impulsos más primarios aún no ha hecho efecto y cada mañana cuando vengo a trabajar y veo el camioncito en la puerta de entrada, subo a todo correr a mi despacho y me tomo mi vasito de agua, soñando, soñando, soñando….
Hasta la próxima queridos lectores y lectoras.

jueves, 18 de febrero de 2010

Más sobre la lectura


Se habrán dado cuenta que los últimos artículos o reflexiones que he publicado en mi blog Educatio, educationis están dedicados, con mayor o menor acierto, al tema de la lectura. Me temo que voy a seguir abundando en este tema máxime teniendo en cuenta que hace muy poco, más exactamente el pasado 3 de febrero de 2010, asistí a la presentación de dos estudios que trataban de explicar los resultados tan deprimentes en cuanto a competencia lectora se refiere.
Ambos estudios son, respectivamente, el proyecto PROREAD llevado a cabo por la Facultad de Psicología de la Universidad de Maastricht en Holanda y coordinado por el neurocientífico Dr. Leo Blomert, y el proyecto ADORE de la Universidad de Leuphana en Lueneburg, Alemania, y coordinado por la Dra.en literatura Christine Garbe.

No creo que sea necesario recordarles que la lectura, y la compresión de textos de todo tipo, es una competencia clave imprescindible para la participación activa en la vida social y cultural de cualquier sociedad así como para tener asegurado un cierto éxito laboral. Parece obvio que los adolescentes europeos alcanzan este grado de competencia lectora al final de la educación obligatoria, sin embargo, a la luz de los resultados del tan manido informe PISA esta afirmación no deja de ser una falacia. Uno de cada cinco jóvenes de 15 años no alcanza los estándares mínimos requeridos sobre esta competencia clave para dirigir o llevar una vida pública, privada y profesional satisfactoria a lo largo de la vida. Es decir, uno de cada cinco jóvenes europeos, de 15 años, no es capaz de leer y comprender lo que lee, correctamente. De esto tratan ambos proyectos de los que les hablaba algo más arriba.

Permítanme que comience con el proyecto-informe dirigido por el Dr. Leo Blomert pues me pareció interesantísimo su punto de vista como neurocientífico. Lo primero que nos hace notar el profesor Blomert, y que probablemente casi ninguno nos habíamos parado a pensar, es que la lectura no es un proceso natural, instintivo, que tenga que ver con la actividad innata del cerebro como podría ser el lenguaje mismo. Asimismo, nos recuerda que la naturaleza del sistema del lenguaje escrito, por ejemplo, la ortografía de un idioma, representa una posible influencia para el desarrollo del rendimiento en la lectura.

El Dr. Blomert compara en once países una serie de aspectos y entre ellos cabe resaltar éste que les digo de la ortografía. Habla de sistemas ortográficos transparentes que serían aquéllos en los que una misma letra se pronuncia casi siempre igual en diferentes palabras (el finlandés y el húngaro serían sistemas transparentes, ¡Quién lo iba a decir!) y sistemas opacos como el inglés; probablemente sepan el ejemplo típico de las vocales inglesas; ¡cinco letras para representar doce alófonos!

La conclusión de esta comparación es que aprender a leer es más fácil en los idiomas transparentes donde una letra casa con un fonema que en idiomas como el inglés o el portugués donde una letra se puede pronunciar de múltiples maneras. Sin embargo, su estudio lleva a otra conclusión y es que los importantes indicadores cognitivos de la lectura no difieren entre unos sistemas ortográficos transparentes y los opacos. Es decir, que el tipo de idioma escrito no influye en las destrezas cognitivas de los lectores que hablan idiomas diferentes, eso sí, el desarrollo lector puede verse ralentizado, como les explicaba antes, por el fenómeno de la transparencia o no del idioma en cuestión.

En su enjundioso estudio el profesor Leo Blomert nos dice que las decisiones en política educativa no tienen demasiado en cuenta los datos de las investigaciones como las que se han llevado a cabo en su estudio y mucho menos cuando los tiempos hacen que no haya recursos suficientes para dedicárselo a estas investigaciones. Concluye aclarándonos que los sistemas eficaces de apoyo a la lectura se caracterizan por altos niveles de apoyo tanto a profesores como a estudiantes y por tanto la recomendación para conseguir una eficacia real en el apoyo a la lectura pasa incondicionalmente por el apoyo concertado de ambas partes.

Así que aprender a leer en los diferentes idiomas no requiere destrezas cognitivas diferentes, tal y como parece haberse asumido hasta ahora, por lo que la intervención eficaz en lectores con pobres resultados puede ser muy útil más allá de las fronteras lingüísticas.
En cuanto al otro estudio que les mencionaba, ADORE, llevado a cabo por la Universidad de Leuphana en Lueneburg, Alemania y coordinado por la profesora doctora Christine Garbe desde un punto de vista más de la literatura que desde la neurociencia pero no por ello menos interesante concluyen lo que a continuación les cuento:

La competencia lectora en todos los países objeto del estudio, salvo en los países nórdicos, se define como competencia que debe ser adquirida en la educación elemental y no necesariamente tiene continuidad después, en otros niveles educativos superiores. Sin embargo éste es un craso error pues la competencia lectora debe desarrollarse sistemáticamente más allá de los primeros momentos de su adquisición durante las diferentes edades y niveles.

Otra conclusión curiosa es que en los países visitados se detecta que los profesores de secundaria, en su mayoría, no tienen conocimiento sobre la diagnosis de una pobre competencia lectora por lo que da lugar a una enseñanza ineficaz de la dicha competencia. Se da una situación crítica entre la etapa conocida como “aprender a leer “y “ leer para aprender”. En la etapa de secundaria la compresión de textos, el enfoque crítico y el uso de textos para el aprendizaje de contenidos es mucho más importante que en la etapa de primaria.

Desde luego que también hay una relación importante con las fuentes de financiación de los centros educativos y de los mismos individuos, el origen socioeconómico de las personas. Hay una conexión entre la calidad de las instituciones y los recursos financieros de las mismas. Sin embargo hay un segundo factor determinante y que es crucial: el apoyo legal que tienen algunos países y que dota a los alumnos del derecho al apoyo individual. Curiosamente es en países como Finlandia y Noruega, donde además de mayor apoyo financiero recogen en su legislación el apoyo individual y lo llevan a cabo, donde los resultados de fracaso de la competencia lectora son menores.

Al igual que en el estudio PROREAD los investigadores de ADORE observaron que hay poca transferencia de conocimiento entre lo que podríamos denominar las ciencias educativas y la práctica educativa. En muy pocos países existe una transferencia sistemática del desarrollo y descubrimientos científicos sobre esta materia y la práctica educativa. Asimismo, tampoco existen muchos ejemplos de práctica educativa referida a problemas concretos de instrucción de competencia lectora hacia las ciencias educativas. En fin, que es más habitual de lo que parece que en ambos campos se miren en direcciones opuestas o al menos, si son en la misma, no se sepa que van de la mano.

Y por último, pero no por ello menos importante, están los valores educativos y los sistemas educativos que también inciden en una mejor o peor adquisición de la competencia lectora. Se identifican dos principios dentro de los sistemas y los valores educativos: El principio de apoyo y el principio de logro. Los sistemas educativos que tienen como referencia el principio de apoyo muestran menos presión selectiva por lo que los alumnos con pobres resultados en lectura tienen más oportunidades de superación de las dificultades lectoras que en los sistemas que siguen el principio de logro. ¿Adivinan en qué país se obtienen mejores resultados lectores y qué principio siguen? Efectivamente, de nuevo Finlandia y con un sistema de orientación al apoyo.
¡Hasta la vista, queridos lectores!




jueves, 11 de febrero de 2010

A vueltas con el socialismo



Adquirir conciencia política no es tarea fácil en los tiempos que corren. ¿Cómo se puede conseguir a través de la educación que los niños y adolescentes se interesen por la política y se hagan críticos con los que gobiernan? La verdad es que no es fácil transmitir esto a través de la educación y menos en la actualidad en que el mercado lo domina todo y que no es conveniente tener ciudadanos con sentido crítico. Es más fácil cubrirnos con la idea de que lo importante es adquirir y mientras tengamos nuestras necesidades materiales innecesarias cubiertas todo está bien no vaya a ser que queramos cambiar a los que están arriba. Cuando yo era adolescente todo era mucho más fácil, de hecho lo único que había interesante era la política. Franco acababa de morir y todo se convulsionaba con la idea de una sociedad más justa, democrática, de todos y para todos. La escuela no se libraba de la politización y desde luego los alumnos tampoco éramos ajenos a estos cambios de mediados y finales de los setenta. Como dije anteriormente mi primera parte de la escolarización la realicé en un colegio de curas del barrio de la Concepción de Madrid. Allí, por muy “progres” que fueran los curas desde luego se respiraba el aire de una institución cuyo secreto para sobrevivir ha sido una inamovilidad prácticamente absoluta. Teníamos por entonces como profesor de Historia a un cura que tenía muchísimos años, el Padre Pascual. Éste ante los acontecimientos políticos que iban a darse como la legalización del Partido Comunista y la presencia cada vez más fuerte del Partido Socialista no dejaba de hablarnos de lo que habían hecho las “hordas rojas” en su tierra, Mallorca, durante el conflicto civil que había sacudido España. Nos contaba como las mujeres decentes sufrían los abusos de los republicanos, incluso llegaban a quitarles los pendientes de las orejas arrancándoles los lóbulos. Ante tanta presión, unos pocos, tres o cuatros, decidimos, inocentemente, que todo había cambiado y que llegaban nuevos tiempos. Para ello nos pusimos pantalones vaqueros en vez de los pantalones grises de tergal del uniforme del colegio; este cambio era para identificarnos con la estética del momento, y si hubiéramos podido nos hubiéramos dejado barba para parecer más progres aún. Luego cogimos unas rosas rojas como las del símbolo socialista que tantos réditos políticos dio durante los años ochenta, y entramos en la clase al grito de “¡socialismo es libertad! El pobre Padre Pascual se echó para atrás muerto de miedo y probablemente recuperando de su memoria algún recuerdo desagradable de su experiencia en la guerra. Esta estupidez propia de adolescente supuso un duro golpe para alguno de nosotros, en mi caso concreto la expulsión del colegio y la incertidumbre de lo que me esperaría en un instituto público. Al mismo tiempo supuso la ruptura con los amigos del colegio a los que no volvería a ver jamás. Perdí sobre todo esa amistad que se forja durante muchos años cuando uno entra de pequeño en el colegio, por el contrario me permitió desarrollar la habilidad de relacionarme lo mejor que podía con gente muy distinta.

Pesca sobre el hielo o sobre la paciencia



A mí siempre me habían enseñado que la paciencia era un saber que llegaba con los años y era, además, necesario cultivar. Pues bien, yo creo que con el tiempo lo que me ha ocurrido ha sido más bien lo contrario; cada día soy más impaciente. Me harta el ser paciente, no sé si les pasa lo mismo que a mí, es igual que con los ordenadores, cuando uno lo enciende éste dice: “espere, por favor”, o en inglés “please, wait”, ambos son muy prosaicos, pero en francés es más digamos sutil: “veuillez patientez”. Me quedo con esta última pues creo que se parece más a lo que quiero expresar; la cuestión es que al final uno se cabrea tanto porque aquello no se abre que empieza a tocar todos los botones y se “escaralla” el asunto. Pues eso me pasa a mí. De verdad. Nos hacen esperar por todo y nosotros nos creemos que al final algo bueno va a ocurrir. ¡Y no les digo ya si se trata de amor! Uno espera y al final lo que ocurre es que te dejan hecho polvo. En fin, ésa es otra historia. Creo que el mundo es de los impacientes; si uno se enfrenta a las cosas con cierta impaciencia, aunque, a veces, se convierta en un auténtico torpe, al menos le queda a uno la satisfacción de haberlo intentado y de no haber perdido mucho tiempo. De todos modos como probablemente no esté muy bien visto eso de ser impaciente, yo intento, de vez en cuando, no crean, cultivar mi paciencia. Y aprendo de lo que veo, se lo demuestro con esta pequeña historia:

“Nos acercamos al Parque Natural de Oka, al oeste de Montreal, Québec. El día se levanta luminoso y con cero grados de temperatura, algo inusual para esta época del año. Se puede llegar al parque cogiendo un tren y luego una “navette” (suena como Star Trek o algo parecido ¿verdad?). Una vez allí comenzamos el día haciendo esquí de fondo. Somos cinco quienes emprendemos la marcha. Amplia extensión de nieve que se deja aplastar bajo el peso de nuestros esquís. Cada uno va a su ritmo. Vamos cubriendo kilómetros entre bosques pelados por el invierno y llanuras blancas que el sol refleja con sus rayos. Después de tres horas de hacer esquí, con el cuerpo cansado y la mente despejada, llegamos al borde del lago “Deux Montagnes” que se halla totalmente helado, aproximadamente un metro de espesor. A lo lejos, en el lago, vemos unas figuras quietas y lo que parecen filas de estacas clavadas en el hielo.

-“¡Están pescando!”, dice uno de los acompañantes.
- “¿Pescando?”, contestamos incrédulos.

Si ya tiene que ser uno paciente para pescar en el mar o en el río ¡Qué no debe ser uno para aguantar con este clima helador horas y horas esperando a que piquen los peces debajo del hielo!

Curiosos, nos quitamos el equipo y empezamos a caminar sobre el lago helado sin ningún respeto por las aguas que hay debajo hasta llegar donde están los pescadores. Lo primero que vemos es un enorme berbiquí negro que tiene en la cabeza un motor pequeño como si fuera el de un fueraborda. Con él han perforado el hielo haciendo agujeros de unos veinte centímetros de diámetro. Son filas de 10 ó 12 agujeros en los que, al lado, han clavado una estaca rematada por una madera en forma de fusil en la que va un sedal con un plomo. Esta especie de caña se balancea cuando el pez empieza a morder el anzuelo, y es en ese momento cuando uno de los pescadores que ha visto el balanceo se precipita sobre el sedal para tentarlo y tirar bruscamente de él cuando considera que la presa ya ha picado. Extraen peces de unos quince centímetros de las heladas aguas. Una y otra vez repiten la acción bajo el frío helador. Paciencia y paciencia añadida, y tal vez mucha necesidad para tener que haber aprendido a robarle a la naturaleza el fruto de sus aguas. Ahora quizás sea un deporte, un entretenimiento pero en su día fue una actividad que permitía aportar algo más variado a la dieta diaria. Aprendemos de nuevo, nos guste o no, como nos adaptamos a las condiciones más adversas jamás imaginadas. Seguimos nuestro sendero, cansados, pensativos, con esa soledad propia del esquiador de fondo”.
Yo aprendo qué es la paciencia de nuevo.



miércoles, 27 de enero de 2010

Hábitos lectores


Si han seguido mi blog comprobarán que no hace mucho publiqué un artículo titulado Librería “Diálogo” en el que comentaba cómo había adquirido mi hábito a leer hasta casi convertirse en una obsesión. Este asunto, la lectura, siempre me ha preocupado pues ¿cómo algo que apasiona, instruye, mata el aburrimiento, ilustra, te hace pensar, vivir otras vidas, morir y renacer, y muchas otras más cosas, no es compartido por todo el mundo? ¿Qué factores inciden para que unas personas sintamos, casi religiosamente, la llamada de la lectura y otras sin embargo no sientan nada ante ella? ¿Qué se hace desde las Administraciones públicas nacionales e internacionales para fomentar los hábitos lectores? Es esta última cuestión la que pretendo analizar someramente aprovechando que ahora me encuentro aquí en Bruselas trabajando durante la Presidencia española del Consejo Europeo 2010 en el sector de la Educación y la Formación.

Cada dos años el Consejo Europeo y la Comisión Europea adoptan un Informe Conjunto sobre la aplicación del programa de trabajo de Educación y Formación 2010, que incluye el campo de la educación superior y el Proceso de Copenhagen de educación y formación profesional. El próximo Informe Conjunto se adoptará en febrero de 2010, bajo Presidencia española, basado en el borrador presentado por la Comisión Europea. El informe del documento de trabajo interno que presenta la Comisión contiene un detallado análisis de progreso comparativo entre países. Dicho informe se basa en contribuciones aportadas por las distintas autoridades competentes de los Estados miembro sobre sus diferentes situaciones nacionales.
Cinco son los indicadores de referencia, más conocidos como “benchmarks” en la jerga europea, que analiza la Comisión en relación al progreso o tendencias de 2000 al 2008. Estos indicadores son los siguientes:

1.- Titulados en Matemáticas, Ciencia y Tecnología.
2.- Participación de adultos en el aprendizaje permanente.
3.- Alumnos con déficit en lectura
4.- Abandono escolar temprano
5. Logros en educación secundaria superior.

Hoy es mi intención abundar tan solo en el indicador de referencia número tres que hace referencia a los jóvenes con déficit en lectura. Y digo sólo jóvenes pues considero que si no se ha adquirido el hábito lector durante la infancia y la juventud difícilmente, aunque no imposible, será adquirirlo ya en edad madura.

La tendencia en todo el ámbito de la Unión Europea, datos comparables entre 18 países, respecto al porcentaje de bajo rendimiento en competencia lectora, o “literacy” en lengua inglesa y su extraña traducción al español como literacia, de los alumnos de 15 años es de un claro deterioro pasando de un 21,3% en el año 2000 a un 24,1% en 2008.

En el caso de España, con datos de 2006, dicho deterioro ha sido más evidente si cabe, pasando de un 16,3% a un 25,7% de bajo rendimiento en competencia lectora. No existen datos disponibles aún de la serie de evolución para los años 2007 y 2008 pero probablemente no sean nada halagüeños.

Otros países de la UE como Reino Unido, Países Bajos, Polonia, Finlandia, Francia, Italia, Bélgica y Dinamarca, entre otros, han sufrido, asimismo, igual deterioro. Fíjense, hasta la muy afamada Finlandia que siempre aparece como modelo por los resultados del informe PISA pierde en competencia lectora. ¿Qué está pasando, al menos en Europa?
Las causas de dicho deterioro son diversas a pesar del esfuerzo que se está llevando a cabo en los distintos sistemas educativos europeos para la mejora de la competencia lectora pero uno de los factores más importante, debido a la evolución de las tecnologías de la información y la comunicación, podría ser el cambio de una sociedad fundamentada en la transmisión de conocimientos por escrito a una sociedad fundamentada en la imagen y en la economía del lenguaje escrito.

Cuando se le pregunta a la Comisión Europea, que es quien presenta los resultados de los estudios e informes, sobre las causas de este clarísimo empobrecimiento lector, siempre se agarra al argumento de que la Unidad responsable es sólo un servicio estadístico que presenta datos descriptivos y nunca vierten opinión al respecto. Es comprensible conociendo a los Estados miembro y su afán porque no se comparen ciertos resultados que harían que saliéramos movidos en determinadas qué fotos. Pero no es menos cierto que si no somos capaces de detectar las causas de la pérdida de competencia lectora difícilmente se podrán poner remedios a este gravísimo problema.

Sería necesario que la Comisión llevara a cabo un estudio, a la vista de los resultados obtenidos en su informe, para establecer con rigor las causas de dicho deterioro y las medidas eficaces que se podrían articular para conseguir los porcentajes establecidos como objetivos, 17% y 15% para 2010 y 2020 respectivamente.
No se nos puede olvidar que según los últimos estudios, 1 de cada 4 europeos no es capaz de entender lo que lee. Esto, a mi entender, deja a muchísimos ciudadanos al borde de la exclusión social, a la incapacidad de movilidad social entendida como superación del estrato social desde el que uno parte, a la imposibilidad de encontrar un puesto de trabajo y un salario dignos. Y sobre todo impide que un gran número de ciudadanos no adquieran un pensamiento crítico y se hagan social, económica y políticamente más vulnerables a la manipulación, así como marginados de uno de los mayores placeres de la vida, según mi criterio claro, como es el acceso a determinadas manifestaciones culturales.
Luchar contra este fracaso social que es la falta de hábitos lectores y todo lo que ello implica, se hace mucho más costoso en un país como el nuestro, España, en el que ya de por sí la lectura ha sido, en términos generales, privilegio de unos pocos, y en el que algunos políticos consideran como bien sociocultural al fútbol y no a la lectura.
A aquéllos que les guste leer párense a pensar, por ejemplo, cómo son nuestras librerías y cómo son nuestras bibliotecas. Las librerías se han convertido en “badulaques” como diría un latino, en “colmaos” como diría un castizo. Son espacios en los que indistintamente uno encuentra siempre lo mismo; mismos libros, mismos autores, mismos editores, mismos best seller, mismos artilugios. Por cierto, que un conocido me decía que Best Seller debía estar forrado por los libros que vendía. Casi suena como esa probable leyenda urbana que ponía en boca del Consejero de Cultura de la Xunta de Galicia con el PP que en no sé qué festival iba a asistir la cantante Carmiña Burana, por el famosísimo carmina burana (pronúnciese con tilde en español, cármina) que no es ni más ni menos que cantos goliardos de los siglos XII y XIII reunidos en el manuscrito encontrado en la Benediktbeuern de Baviera. El significado es “Canciones de Beuern”. ¿Cómo vamos a pretender que se lea más con Consejeros semejantes?

Miren nuestras bibliotecas, donde las haya claro. El poco uso, la poca consideración que se las tiene y sobre todo lo vacías que están salvo cuando llega la hora de los estudiantes y tienen que encontrar un lugar más o menos tranquilo para llevar a cabo las tareas propias de su actividad.

¿Cómo son las casas en España? En términos generales los libros ocupan muy poco espacio, son, como mucho, parte de cierto mobiliario que se encuentra en los salones y que se adornan con ciertos libros para darle no sé qué tono. Por favor, miren los títulos de los libros de esas casas: enciclopedia médica familiar, fauna salvaje, bricolaje activo, etc. Sin embargo el televisor y el ordenador, si no son ya uno mismo, son cada vez más grandes y nos miran como cíclopes con ánimo de apropiarse de nuestras mentes.

No me voy a parar a analizar cuáles son las supuestas causas de esta falta de competencia lectora pues el criterio para seleccionar los motivos serían personales, criterios subjetivos, nada científicos y que probablemente no tendrían ningún valor. Tampoco voy a entrar en el terreno del sexo de la lectura ¿es ésta más femenina que másculina? Por lo que se aprecia en el metro o en autobus matutino es evidentemente femenina; si se ve a algún hombre leyendo éste estará con el Marca o con el As. Sin embargo no estaría mal que aportaran sus ideas enviando comentarios a este texto y así ver si podemos establecer algunos parámetros generales para luego llevar a cabo unas posibles soluciones. ¿Se atreven? Inténtenlo. Gracias.