martes, 1 de junio de 2010

Marasmo o être un ours mal léché

Federico Guillermo II (1744-1797) emperador de Prusia, inclinado al misticismo, unido al Rosacrucismo e influido probablemente por el francmason Johann Christoff Wollner, cuando llegó al trono (1786) no se le ocurrió otra cosa que hacer un experimento con bebés. Dicho experimento consistió en lo siguiente: ordenó que varios bebés fuesen aislados y recibiesen tan sólo alimento y cobijo de sus cuidadoras, prohibiendo que les dirigiesen la palabra o cualquier muestra afectiva, con el fin de averiguar en qué idioma hablarían primero. Todos murieron.

Todo esto para comentarles la importancia del contacto, del afecto desde bien pequeñitos. ¿Recibimos suficientes abrazos, caricias, besos, muestras de afecto en general? Creo que en la sociedad actual cada vez menos. Hasta la más primaria de las bestias sabe que es necesario el contacto físico para lograr un desarrollo normal. Los cachorros de mamíferos necesitan ser lamidos o tocados para alcanzar una madurez adecuada.
Fíjense, hasta los franceses utilizan la expresión “être un ours mal léché”, o ser un oso mal lamido, para designar a un hombre o un niño malformado, con mala educación, poco sociable o huraño.
Probablemente se preguntarán que por qué me hago estas reflexiones tan raras. Pues por mera comparación. Hace poco estuve en Bristol, Reino Unido, y allí de repente me di cuenta de qué distintos somos dependiendo de dónde venimos. Imagínense un español afincando en Bruselas y visitando Inglaterra; ¡qué marasmo!, ¡qué paralización!

De repente comprobé lo importante que son los pequeños gestos cotidianos y cuánto nos acercan o cuánto nos separan de los demás. Los españoles somos muy propensos a besarnos, indistintamente si somos hombres o mujeres, a abrazarnos, normalmente los hombres, a darnos la mano o a agarrarnos sin ninguna connotación más allá que la mera afectiva.

Los belgas, dependiendo de si son valones o flamencos (casi tan difícil de distinguir como a los galgos de los podencos), son, aunque no se lo crean, más “sobones” que nosotros. Se dan uno o dos besos pero se los dan constantemente y entre colegas. Sorprende ver a dos tiarrones enormes en el metro haciendo el relevo de turno y darse dos besos para saludarse o despedirse. O a dos adolescentes del mismo sexo saludarse con un beso en el autobús cuando se reencuentran.

También se observa una proximidad física impropia del equivocado estereotipo que tenemos del belga, gris y aburrido. En definitiva, ellos son gente calurosa y probablemente no sufran del marasmo afectivo correspondiente.

Sin embargo, los ingleses, ¡ay, los ingleses!, son otra cosa. Ni siquiera el momento de catarsis colectiva que sufrieron tras el “accidente” de Lady Di les ha cambiado demasiado. Si recuerdan en aquella época, justo cuando ganó el 10 de Downing Street Tony Blair y su hace tiempo malograda Tercera Vía, la sociedad británica, Royal Family incluida, se echó a la calle para demostrar su dolor y cercanía por la muerte de Diana y se pudieron apreciar, por primera vez, amagos de acercamiento al prójimo.

Por el contrario, unos pocos años después, todo ha vuelto a su ser. Siguen sin tocarse. Sorprende ver a familias enteras en un “car boot market” o mercadillo de segunda mano al aire libre, paseando sin apenas tocarse. Se encuentran con amigos y familiares y mantienen la preventiva distancia de dos codos más o menos. Si se besan ya es algo digno de fotografiar. Los niños parecen como si fueran solos, a su bola como decimos vulgarmente en España. Marasmo lo que se dice marasmo, no sé si tendrán, pero a mí me entran verdaderos escalofríos de ver tanta frialdad.

Todo esto para decirles que no se vuelvan muy europeos en el sentido británico de la palabra, es el único caso en el que me parece que el euroescepticismo es admisible; bésense, abrácense, toquen, sean políticamente incorrectos y demuestren su afecto por los demás. No les digo nada si tienen niños a su alrededor: cómanselos a besos. Ya saben que lo más relevante de la vida se aprende (el afecto, el amor, el cariño, entre otras cosas) entre los 0 y los 3 años para luego adquirir conocimientos hasta los 12, después de eso el aprendizaje es mínimo por mucho que hablemos de aprendizaje permanente a lo largo de la vida. No tengan tanto miedo de parecer sobones, o mafiosos italianos, a ojos de un británico. No les hagan mucho caso y ¡hala! A tocarse.

¡Qué lo disfruten!

1 comentario:

  1. Lo que menos importa en este punto de tu artículo y de mi comentario es la etimología de la palabra que ha servido como excusa para lanzar la historia, pero a mí me asegura comenzar desmenuzando, como lo has hecho tú, el término marasmo.

    He buscado de nuevo en el diccionario, en el de la Real Academia y habla de marasmo como suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico y como término médico que se sustancia en un extremado enflaquecimiento del cuerpo humano. En cuanto a la raíz se indica que procede del latin, marasmus, y este del griego (μαρασμός) marasmos, que significa agotamiento.

    El diccionario de EL PAÍS le atribuye una tercera acepción, la de GRAN CONFUSIÓN y pone como ejemplo: "La asamblea se convirtió en un gran marasmo de voces. " (Ya ves, que hay diccionarios que coinciden contigo en la definición de un término, mira tú que vas a saber más de lo que dices...).

    En el diccionario de María Moliner, en el que tengo mucha fe, no he podido buscar porque no lo tengo aquí y porque por Internet me venden todas las ediciones antes que proporcionarme gratuitamente una palabra (la que yo busco, precisamente).

    Pues hasta aquí hemos llegado, yo creo que ya es hora de decir que me ha gustado este minitratado sobre la necesidad de afecto, de cariño, para el completo desarrollo de la persona y más allá incluso, podría ser necesario para la supervivencia.

    No estoy tan de acuerdo en la generalización que haces sobre el carácter afectuoso de los belgas (hay mucha frialdad detrás de correctos modales), que por otro lado pertenecen a una sociedad mestiza e influida por muchas culturas y circunstancias. Hay una cosa que me ha llamado la atención, no sé si estoy equivocada, los belgas se aproximan más al otro, pero se tocan menos. La distancia interpersonal, esa burbuja de seguridad de la que hablan los psicólogos, es más reducida en ellos, pero yo creo que se acarician menos, que besan y abrazan menos a los niños de lo que nosotros lo hacemos, no sé, tal vez es mi percepción.

    Para no hacer de este comentario un blog dentro de un blog, me permito terminar expresando mi opinión sobre tu estilo, puede ser que lo que le encuentro es... que sí, es didáctico, pero se nota que viene de un profesor, la forma de dirigirse al lector, cuya lectura parece garantizada, el uso de imperativos... Tampoco me disgusta, es sólo mi impresión...

    Ahora sí, para concluir animarte para que sigas escribiendo para el deleite de tus lectoras/es cautivas/os (algún lector tendrás, digo yo, que no sólo de lectoras vive el escritor).

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