martes, 1 de junio de 2010

El peso de la púrpura



No, no se asusten, no pienso escribir sobre la iglesia o del colegio cardenalicio, colegio que, como saben, constituye la autoridad suprema de la Iglesia y es el organismo que rige la actividad de la Sede apostólica y el gobierno de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, sí sabrán que el llamativo color púrpura es el color de la máxima dignidad exclusivo de emperadores y, dentro de la iglesia católica, de los cardenales “dispuestos a derramar la propia sangre por la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios y por la libertad de la Iglesia”. Pues eso, que hoy vengo a hablarles del peso de la púrpura o lo que es lo mismo de algunos de los jefes que he tenido desde que soy funcionario.

Entenderán que no utilice los nombres de los mismos, o que me abstenga de hablar de los actuales por razones obvias, pues tal vez se sientan un tanto ofendidos con las cosas que me atrevo a decir pero también sé que lo que les cuento es una perspectiva absolutamente subjetiva y por ello les pido que tampoco me tomen muy en serio.

Les voy a hablar de las dos últimas legislaturas gubernamentales, desde el año 2004, y el modelo de jefes que me han tocado en gracia.

A pesar del mucho coaching personal que han recibido algunos de ellos, y de las grandes palabras con las que se les llena la boca desde posiciones ideológicamente progresistas, la mayoría de los jefes que he tenido han sido autoritarios y como tales inseguros; mediocres, por lo tanto inestables en sus decisiones; machistas incluso siendo mujeres, irreflexivos, y, en general, hablando en plata, malísimos jefes.

Entiendo que es muy difícil conjugar las tendencias psicológicas actuales, en cuando a gestión de capital humano se refiere, y una educación y formación basadas en una estructura piramidal, muy jerarquizada y con esclerosis. Cambiar no es fácil y si encima se tiene miedo, cambiar se convierte en una tarea titánica, casi imposible, que no merece la pena emprender.

Muchas serían las anécdotas y situaciones que demostrarían todos los adjetivos que empleo para calificar a mis jefes pero no teman que no les voy a avasallar con ellas.

Los jefes que he tenido van desde meros directores de organismos de investigación a Directores Generales y Secretarias de Estado o Generales pero a todos les une una característica: su ambición en el peor de los sentidos de la palabra. Podríamos decir que son los Heróstratos de la Administración española que para ser célebres se acaban convirtiendo en incendiarios y responsables de la destrucción de este Templo de Artemisa.

A veces me pregunto cómo es posible dejar tan de lado el sentido común, aunque si bien es cierto que este sentido es, en nuestro país, un concepto revolucionario, y hacer y decir algunas de las cosas que dicen o hacen. ¿A ustedes les parece sensato vanagloriarse de que gente de tu propio Gabinete tenga miedo en entrar al despacho y hablar con su Secretaria General? ¿Les parece sensato para crear un equipo de colaboradores y poder llevar a cabo las complejísimas tareas de una Secretaría General con rango de Secretaría de Estado?

¿Se imaginan a un Director General que utiliza como estrategia de escapista, ni el mismo Houdini la superaría, a las nuevas tecnologías? ¿Que cómo? Muy fácil. Se entra a una reunión importante, a saber, una Conferencia Sectorial de un sector concreto con todas las Comunidades Autónomas, o a una conferencia con delegaciones internacionales, con una blackberry (la famosa zarzamora) o con un iphone y al poco de empezar la reunión suena el teléfono y se sale corriendo como si el país se fuera a hundir. Esto no una o dos veces sino de manera constante y empleado sistémicamente.

Para este estilo de jefes la tecnología ha sido un verdadero salvavidas; tienen tantas entradas en el móvil que no pueden hacer otra cosa salvo atenderlas. Por el contrario ha sido la perdición del currito o machaquito de turno que tiene que enfrentarse él solo a los ofendidos asistentes a la reunión.

Y ya no digamos si nos paramos a hablar de la tan manida conciliación entre la vida laboral y familiar. Estos jefes asienten con la cabeza mostrando su “verdadero” interés para, a renglón seguido, convocar una reunión a las 19.00. ¡Eso sí que es saber de eficacia en gestión de tiempo y reuniones!
Nos desborda aún la maldita cultura de la presencia, si es que se puede llamar cultura. No importa si estoy abriendo mi facebook o haciendo un texto para mi blog como hago ahora, lo importante es que esté no que haga. Que parezca que produzco no que produzca. He aquí la gran diferencia con Europa. Una vez terminada la jornada laboral, ésta está terminada y listo pero eso sí, antes me he dedicado a trabajar y no a remolonear o hacer pasillo.

Creerán cuando les cuento esto que se da sólo en la administración pública, no se equivoquen, es un mal de toda la sociedad española, ¿si no por qué los índice tan bajos de productividad? Ahora además me dirán algunos que eso es porque no he sido jefe y no sé de la enorme responsabilidad que supone. Se equivocan de nuevo; he sido jefe y con una enorme responsabilidad, que si se mide en el volumen de gestión financiera no es moco de pavo: ¡8 mil millones de euros! Casi nada ¿verdad?

Sin embargo, y aunque crean que miento, siempre he procurado tener un horario más o menos estable aunque no lo consiguiera la mitad de las veces, de 8.00 a 19.00, que ya me parece inhumano, no trasladar mis preocupaciones a los de más abajo, no ser asambleario sin serlo para no tomar ninguna decisión, me he “pringado” a sabiendas de que podía cometer errores, pensar en la creación de equipos, hacer las reuniones imprescindibles con tiempos y objetivos claros y no para oírme, delegar pero no con el sentido de escaquear reflexivo, en fin, procurando aportar un cierto sentido común a lo que parece un sin sentido.

De todos modos hay algo que no comprendo pues cuando uno intenta sistematizar y racionalizar las cosas parecen salir peor que cuando un jefe utiliza la agresividad, no en el sentido inglés del término aggressive que sería algo así como dinámico, sino en el sentido agresivo del término español llegando al maltrato psicológico de los colaboradores.
Pero de todo esto lo que me parece una auténtica insensatez es el continuo ir y venir de los jefes. Siempre están en reuniones, conferencias, comidas, celebraciones, etc. ¿Para cuándo el tiempo de reflexión? ¿Para cuándo el poder leer detenidamente los documentos y tomar las notas necesarias para tomar las decisiones oportunas? ¿Para cuándo estar solo con uno mismo y evadirse de los halagos innecesarios?

Si yo tuviera la potestad de poder elegir jefes, desde ministros a directores generales, les exigiría un tiempo de estancia en el despacho, de reflexión, es decir, de política entendida como pensamiento y acción pero me temo que eso haría que más de uno estuviera nerviosísimo pues estar tiempo sentado en un despacho trabajando es mucho pedir.

Volviendo al inicio del texto sobre el peso de la púrpura no creo que tengamos ningún jefe actual que esté “dispuesto a derramar la propia sangre por la fe administrativa, por la paz y la tranquilidad del pueblo y por la libertad del país”.

En fin, como ven, ser jefe ya no es ser un cargo sino tener una gran carga, sobre todo para los subordinados, y lo que deberíamos hacer es que se encierren los jefes en el Cónclave, con clave = con llave, y que las tiremos al mar para que no puedan salir.
Hasta la próxima, si es que no me han despedido antes.


1 comentario:

  1. ¡Bravo, Javier! Te felicito por la sensatez que destilan tus palabras, por la responsabilidad y el verdadero amor por el trabajo bien hecho que se desprende de tu filosofía como gestor y como pensador, y por tu valentía al describir situaciones que atenazan a la administración española (en cualquiera de sus variantes) desde hace tiempo (¿quizá desde siempre?).
    Como tú, pienso que la verdadera condición de jefe de algún modo "se lleva en las venas"; no se adquiere con ningún coaching americanoide ( en el fondo, ultraliberal y competitivo), y mucho menos "vía R.D. u O.M." mediante un nombramiento fruto de la oportunidad o la suerte. Ser jefe debe ser estar dispuesto a trabajar más que tu equipo, con las vías de comunicación (y sobre todo de empatía) bien abiertas, y con un imprescindible espacio para la reflexión, la formación y la vida personal (hay vida después del trabajo...).
    Durante tres años padecí como "técnica currita" en la administración autonómica muchas de las situaciones y modelos de jefatura como los que describes, y ahora llevo once seguidos siendo yo misma jefe en un centro público docente (jefe de estudios, siete años, y cinco como secretaria, y, por tanto, jefe de personal auxiliar y de servicios). Si algo he tenido claro en este tiempo es que intentaría (y espero haberlo conseguido) no cometer esos errores "típicos de los jefes" de los que yo misma fui, como tantos otros compañeros, víctima, y , en cualquier caso, si alguno he cometido habrá sido, seguramente, por exceso de lo que a aquellos/as jefes les faltaba: reconocer los logros -por pequeños que sean- mucho más que cebarme con los errores de mis subordinados, y tolerar fallos, haciendo como que no me percato, mejor que crear conflictos y mal rollo en los equipos humanos a mi cargo. Es verdad que no es exactamente lo mismo, aun cuando sea jefe, la vida y la dinámica interna de un centro docente que la de una dependencia administrativa, donde la pirámide y la jerarquía del sistema camuflan las incompetencias y las injusticias.Quizá por ello, precisamente, concluyo hoy día que prefiero mil veces estar "a pie de aula" aunque la mayor parte de mi horario siga desarrollándose en un despacho.
    Un abrazo de tu antigua compañera de clase del Santamarca,
    Leticia.

    ResponderEliminar