martes, 22 de diciembre de 2009

Sobre la pintura





Nunca he sido un artista, esto debe quedar claro no vayan a creerse que mi casa está llena de cuadros magníficos pintados por mí, en absoluto. Aparte de los dibujos que hacía en el colegio y que me suponían capones y castigos con demasiada frecuencia, siempre se ha mantenido en mi cabeza la idea de pintar y dibujar. Me parece increible cómo los artistas sacan de unos cuantos pigmentos y pinceles algo maravilloso que hace estremecer el alma. Pero para mí lo que la pintura ha supuesto en las ocasiones que la he ejercido ha sido una enorme sensación de paz y de sosiego, es más, creo que es la mejor de las terapias para situaciones de agobio.

La primera vez empecé con dibujo a lápiz y carboncillo para seguir luego con acrílico. De estas primeras lecciones recuerdo sobre todo lo encorsetado que somos los adultos, a veces pienso que nos han metido un palo por el culo, con perdón, e intentamos evitar que se caiga. Ya con 39 años, por lo menos, me enfrenté a un trozo de papel blanco para dibujar con lápiz. Fue igual que en el colegio cuando a uno le empiezan a castrar las ilusiones y la creatividad; seguro que recuerdan la coletilla continua de las señoritas cuando nos decían:

-“No os salgáis de las líneas. Dibujad dentro de ellas, no fuera”

Pues así me sentí. No sabía por dónde empezar, me daba miedo salirme….pero esta vez de un papel blanco, sin líneas que marcaran el dibujo. Tenía que pararme y pensar que iba a hacer en cada minuto y lo más complicado era pensar que los demás compañeros, que la verdad iba cada uno “a su bola” y la profe de pintura, Rosa, me estaban observando. Cuando fui capaz de superar esa etapa ya pude manchar y enguarrinar el papel sin ningún complejo. Ahora es cuando de verdad empezaba a disfrutar, saliéndome de las líneas y sabiendo que no estaba haciendo nada malo, al contrario, lo que hacía era crear, porquería, pero creaba, salía de mí con total libertad.

Después, la pintura al acrílico y la acuarela me han permitido espantar algún fantasma en mi vida, pues cuando me he dedicado a ellas el tiempo ha pasado muy deprisa distrayendo mi mente de asuntos que parecían muy importantes pero no lo debían ser tanto cuando con unas meras pinceladas se nos olvidan o al menos se quedan relegados a un segundísimo plano.

Hace un tiempo iba un día a la semana a pintar acuarelas. Era una clase en francés, imagínense lo difícil que me resulta aprender la técnica, ya de por sí complicadísima, si encima las lecciones las da un tipo con bigote que se pasa hablando todo el rato en un francés quebequense y haciendo bromas; yo, por si fuera poco, le contestaba en inglés. Después de esto, espero que no vean nunca ninguno de mis cuadros pues cualquiera que fuera psicólogo o psiquiatra sacaría unas conclusiones sobre mi persona que no me dejarían nada bien, peor incluso que cuando terminen de leer estas páginas.

Creo que en España deberíamos poner como asignatura obligatoria la pintura y el dibujo hasta los niveles más superiores de la educación esto nos permitiría educarnos en la creatividad y en el sosiego, dos aspectos que nos hacen mucha falta en la actualidad. Le dedicamos demasiadas horas a la adquisición de conocimientos muy prácticos que permiten que funcione la maquinaria social que nos convierte en meras partes de un complejo engranaje pero no en personas. Al igual que el dibujo y la pintura, la música, esa gran abandonada de nuestro sistema educativo, sería fundamental. A menudo me pregunto cómo narices tenemos tan magníficos artistas en nuestro país. ¿Será precisamente porque no lo fomentamos y algunos tienen la necesidad de expresarse libremente ante el sistema que le oprime?


Educación y mujer en Europa: si se educa a una mujer, se educa a toda la familia. Eduquemos a las familias y educaremos a toda la sociedad.

Me paro a pensar y busco ratificar el tópico de que en educación siempre hay más mujeres que hombres, tanto docentes como alumnado. Dada la alta cifra de abandono escolar en España, más del 31% del mal denominado fracaso escolar, me decanto por saber cómo se sitúan nuestras alumnas frente al colectivo de alumnos: ¿son más éstas? ¿qué niveles alcanzan dentro de los sistemas educativos?¿qué carreras estudian más?

Para dar respuesta a mis preguntas busco dentro de Eurydice, la red sobre sistemas educativos europeos, más concretamente en su publicación Key data on Education 2009 o Las cifras clave de la educación 2009. Esto es lo que descubro.

En primer lugar es interesante saber qué porcentaje de estudiantes en relación a la población general de Europa, de una Europa de 27 países, tenemos. Siempre pensé que eran más sin embargo descubro que el porcentaje está entre el 15% y el 25% en la mayoría de los países. Sólo Islandia tiene unos niveles superiores al 25%. ¿Qué representa esto dentro de Europa? Si supones que Europa la formamos unos 500 millones de habitantes, esos porcentajes representan entre 3 millones y 5 millones de alumnos respectivamente en relación a la población general, es decir, una población joven no muy numerosa.

Primera conclusión: Europa envejece.

Las estadísticas muestran que en los últimos cinco años la población de alumnos, desde primaria a educación terciaria, en Europa ha disminuido en cinco puntos porcentuales. Un dato positivo es que de toda esta población estudiantil, más del 90% de los jóvenes entre los 3 y los 19 años están dentro de los sistemas educativos. Esta cifra se da en 16 de los 27 países analizados y en países como Bélgica, Francia y Estonia, ese porcentaje se eleva hasta el 95%. España no está mal situada, nos encontramos con un 93,9% dentro de ese grupo de edad.
La cifra desciende a medida que avanzamos en la edad del grupo. La causa es la finalización de lo que se denomina la “educación obligatoria”. Si aumentamos el espectro hasta los 29 años observamos que la media en toda Europa pasa de ese 90% a un escalofriante 65%. ¿Qué hace toda esa cohorte de personas? ¿Entran todas en el mercado laboral?¿Pasan a engrosar las listas del paro?¿Son más mujeres u hombres?

En la Unión Europea las cifras de mujeres que se encuentran dentro de la educación o en formación es, dentro del grupo de edades comprendidas entre los 15 y los 24 años, ligeramente superior al 60% comparado con un 57% de hombres. La diferencia es significativa en algunos países como Estonia, Grecia, Italia, Letonia, Lituania, Portugal, Eslovenia y Suecia. En España también ocurre lo mismo y nos encontramos con un 59% de mujeres frente a un disminuido 51.4% de hombres. En todos estos países la diferencia es superior en 7 puntos porcentuales y no se puede hacer una diferencia cultural entre los llamados países meridionales y países del norte, están representados ambos de manera equilibrada. Sólo dos países: Alemania y Holanda, tienen un cierto equilibrio con el 65% en ambos sexos en Alemania y el 66% en Holanda.
No ocurre lo mismo si nos fijamos en qué tipo de educación se encuentran unos y otras. En primer lugar cabe destacar un equilibrio entre la denominada educación general y la formación profesional en toda Europa. Si bien es cierto que existen diferencias entre algunos países y así por ejemplo encontramos que Eslovaquia, Chequia, Austria y Liechtenstein tienen más del 70% de los alumnos en la llamada formación profesional superior, nuestros ciclos formativos de grado superior. Sin embargo lo más significativo es que si segregamos por sexos la participación en la formación profesional de hombres y mujeres nos topamos que el patrón es esencialmente masculino. Son más los hombres que las mujeres en formación profesional en todos los países europeos con diferencias de porcentajes superiores al 10%. La situación es incluso peor en algunos países como Bulgaria, Estonia, Italia, Malta y Polonia donde este porcentaje asciende al 20% de diferencia, y eso que la tasa de participación general es casi la misma que en la educación general.

Segunda conclusión: la formación profesional sigue siendo aún mayoritariamente masculina.
Sólo Bélgica, Holanda, Reino Unido y España tienen un relativo equilibrio en la distribución por sexos en formación profesional con una diferencia de unos 5% porcentuales. En España el total de la formación profesional representa un 42,5% frente al 57,5% de la educación general. Por sexos tenemos un 54,9% de hombres en educación general frente a un 45,1% en la formación profesional y en mujeres un 59,8% en educación general frente a un 40,2% en formación profesional. Se aprecia que la participación de la mujer en la educación general es 5 puntos más elevada que la de los hombres pero esa diferencia se recupera, a favor de los hombres, en la formación profesional.

Pero ¿qué ocurre después de la educación obligatoria? La duración de esta etapa depende de los sistemas educativos nacionales, finalizando en algunos en lo que denominan educación secundaria mientras que en otros terminan en la educación secundaria superior.
En términos generales la participación decrece y resulta significativo como en países tales como Alemania, Reino Unido y Malta menos del 50% de los jóvenes continúan inscritos dos años después de haber terminado la educación secundaria obligatoria.
En la mayoría de los países las mujeres se mantienen más tiempo en la educación que los hombres y esta tendencia es más remarcada en Bélgica, España, Irlanda, Rumania e Islandia en los que se aprecia que dos años después de la etapa obligatoria las mujeres representan 10 puntos porcentuales más, o incluso porcentajes más elevados, que los hombres. Estos datos son aún más significativos si se comparan las cifras entre el primer y el segundo año después de la educación obligatoria: en algunos países la diferencia en el segundo año de más mujeres llega a superar el 3,5%.

Tercera conclusión: las mujeres son más constantes en la continuación de sus itinerarios formativos.

¿Y qué ocurre con las mujeres en la educación superior? ¿Cómo están éstas representadas en universidades y en ciclos superiores de formación profesional? En la educación terciaria, en definitiva.

Si tenemos en cuenta los datos disponibles, un tercio de los jóvenes entre 20 y 22 años se encuentran en la educación terciaria. Si bien es cierto que depende del país podemos afirmar que es en esta edad, 20 a 22 años cuando nos encontramos con los picos más altos de población escolarizados en educación terciaria. En cuanto a sexo se refiere, salvo algunos países como Alemania, Austria y Portugal, donde los jóvenes tienen que hacer el servicio militar o el servicio civil obligatorio, no encontramos grandes diferencias entre las edades a la hora de llegar a la educación terciaria. Sin embargo entre los 18 y los 39 años las tasas de participación femenina son normalmente más altas que la de los hombres y es especialmente remarcable en los estados bálticos, Eslovenia, Islandia así como en Alemania.

Las cifras cantan y nos muestran una realidad.

Cuarta conclusión: en la mayoría de los países hay más mujeres que hombres que participan en la educación terciaria.

De media por cada 123 mujeres en educación superior tenemos a 100 hombres, esto con cifras de 2006 y en la Europa de los 27. Si observamos los países nórdicos, social y económicamente más avanzados, como son Suecia, Noruega e Islandia, nos encontramos que por cada 100 hombres en educación superior tenemos a 150 mujeres.

Esta participación más elevada de mujeres está, o puede estar relacionado, con esa constancia en la continuidad de los itinerarios y en el no abandono escolar temprano de las chicas, así como en un acceso por parte de los jóvenes masculinos a la formación profesional de grado medio lo que impediría, en parte, el acceso de los mismos a la educación superior por “engancharse” antes al mercado laboral.

Quinta conclusión: la representación mayoritaria de la mujer en la educación terciaria tiene un impacto claro en el número de mujeres graduadas por cada 100 hombres.
En el caso de España por cada 100 hombres tenemos 117 mujeres, según cifras del año 2006.
Pero ¿en qué campos se enrolan las mujeres que llegan a la educación terciaria de manera general? Todavía el rol masculino femenino en las carreras universitarias o profesionales de nivel superior sigue estando muy marcado. Tres son básicamente los campos de conocimiento en los que participan mayoritariamente las mujeres, a saber, Educación, Salud y Bienestar Social y Humanidades y Artes.

En la Europa de los 27 representan casi el 75% del alumnado en Educación y Ciencias de la Salud, y lo que es más, dicho porcentaje sigue siendo el mismo, estable, desde el año 2002. En los países nórdicos el tanto por ciento supera el 80%. En cuanto a las Humanidades se refiere las mujeres son también mayoría, un 66% en todos los países de media.

Por el contrario en carreras como las ciencias sociales, empresariales, derecho, matemáticas, informática y ciencias en general, así como en las distintas ingenierías, los hombres sobrepasan en número al de mujeres que se inscriben y terminan dichas carreras. Por ejemplo, en ingenierías la media de mujeres en la Unión Europea es de un bajísimo 24% y en ningún país representa más del 40% de la población estudiantil en dichas especialidades.
Tan sólo en el sector servicios, agricultura y ciencias veterinarias parece que haya un cierto equilibrio entre hombres y mujeres con un pequeño detalle de aumento en la agricultura desde el año 2002 por parte de las mujeres.

Observando el caso español, en porcentajes de mujeres estudiantes en los diferentes campos de estudios terciarios nos encontramos lo siguiente: en educación hay un 78,2% de mujeres, un 60,8% en humanidades y artes, un 76% en salud y bienestar social, un 58% en ciencias sociales, empresariales y derecho y luego, como en el resto de Europa, nos encontramos con 34.1% en ciencias, matemáticas e informática y un 28% en ingenierías y construcción. En servicios el tanto por ciento es de más del 57% y en agricultura y ciencias veterinarias del 54%.

De todos modos, las mujeres siguen manteniendo un ritmo estable en todos los niveles educativos y con tendencia al alza lo que nos da pie para pensar en una última conclusión: todavía hay esperanza de que podamos cambiar nuestras sociedades y que vayamos hacia modelos de crecimiento distintos a los actuales. Eso sí, debemos dedicarle más esfuerzo e inversiones para que más mujeres, y en mejores condiciones, sigan en la senda de la educación.

Además, si vemos los ejemplos que se han dado en otros sectores como el económico y los microcréditos, se debería invertir más en la educación de las mujeres, sobre todo aquéllas en colectivos en riesgo de exclusión social como el colectivo gitano, las mujeres inmigrantes, las víctimas de violencia de género y de trata, la mujeres mayores de 40 años y que no tuvieron acceso en su día a la educación bien por roles de la sociedad o bien por decisión propia.
En definitiva, las mujeres son un verdadero motor del cambio social y si su educación mejorara la educación de las familias mejoraría también y por ende la sociedad entera.


jueves, 17 de diciembre de 2009

Mi peluquero griego



De Kalamata, de ahí era mi peluquero griego, ni más ni menos. Cómo he dicho ya alguna vez, no todo se aprende a través del sistema escolar, es más casi nada se aprende a través de la escuela. A veces pienso incluso que yo he aprendido mucho más de los peluqueros.

Cuando éramos pequeños, delante de mi casa había dos locales que siempre me llamaron la atención: una vaquería y una peluquería de caballeros. No, no piensen que vivíamos en el campo y que las vacas pastaban idílicamente. Vivíamos en la calle Marcelino Álvarez, en el metro del Carmen, cerca de la calle de Alcalá y próximos a la plaza de Toros de las Ventas. Tampoco crean que en esa peluquería “afeitaban” a toros y vaquillas, no, es tan solo eso, ambos locales estaban puerta con puerta. Por un lado, la cuadra con unas cuantas vacas y el estiércol con su olor característico mezclado con el de la leche recién ordeñada y la paja, y por otro lado, la peluquería con sus luces y el olor a loción de afeitado Floyd.

Por aquellos años, ¡no muchos, eh!, no existían las peluquerías unisex; estaban las peluquerías de señoras y las de caballeros o barberías. A las de señoras sólo entrábamos cuando buscábamos a nuestra madre o nos llevaban a la fuerza a ellas porque no nos podían dejar con nadie. De éstas recuerdo el ruido ensordecedor de los secadores de pelo que más parecían un instrumento de tortura que un utensilio para embellecer a las señoras. Allí debajo siempre había una señora leyendo alguna revista de cotilleo como si estuviera ausente pues con semejante ruido no podía escuchar nada. Ésa es la primera imagen de la sordera que tuve; a uno le podían estar poniendo a “caer de un burro”, como era el caso con las vecinas de peluquería, que no se enteraba de nada y vivía plácidamente su aislamiento. También allí conocí los antecedentes del “punk” español, no en jóvenes marchosos, sino en tranquilas ancianitas que por su afán de no teñirse el pelo pero tampoco dejárselo blanco, empleaban un colorante que les dejaba el pelo de un tono azul añil claro, si es que el añil puede ser alguna vez claro. Mi abuela Antonia era una auténtica “punk”. Las peluquerías de señoras eran eso, de señoras. Rara vez se veía a una joven como podía ser mi hermana mayor. Éstas se arreglaban el pelo normalmente en casa; se lo teñían, se lo rizaban con la tenazas calientes, se lo cardaban con cepillos en forma de rulos, se hacían la “cera”, y de paso nos la hacían a nosotros también las muy canallas.

Sin embargo la peluquería de caballeros o barbería, insisto en lo de barbería pues allí se afeitaban a diario muchos señores, sí que era un territorio bien conocido para nosotros. Cuando uno entraba se sentaba a que le tocara el turno en una fila de sillas forradas de plástico, justo debajo de un gran espejo que quedaba a nuestra espalda y con los sillones para el corte y los espejos en los que se fijaba el peluquero delante. Durante la espera siempre cogíamos los tebeos que había en una mesa junto a periódicos del día como “El Alcazar” o algo pasados como solía ser “El Caso”. Si el peluquero se estiraba, además del manoseado “Pumby” y el “TBO” podíamos leer “El Capitán Trueno” (albúm a todo color) o “El Jabato”. Para alguien de mi edad éstos eran los mejores tebeos, ahora más conocidos como comics, que uno podía conseguir. ¿Quién no se lo ha pasado estupendamente leyendo las aventuras de Trueno, Goliat y Crispín y enamorándose de la rubia Sigrid de Thule? O bien ¿Emulando a Jabato, Taurus, Fideo de Mileto y a la bella, pero romana, Claudia?

Ahora entiendo por ejemplo por qué a los hombres de nuestra edad siempre cuando hablamos de mujeres bellas nos imaginamos a una mujer rubia con ojos claros; no se piensen que es por contraposición a la mujer de piel aceituna y pelo oscuro, no, se debe a haber leído tanto al Capitán Trueno y querer conseguir a la siempre distante pero seductora Sigrid, vikinga sin igual, antecedente de las famosas suecas.

No sé cuál será la razón pero en aquellas peluquerías siempre solía haber dos peluqueros: uno delgado y taciturno, más bien con aspecto aseado y el pelo pegado con brillantina (nada de gel fijador o algo por el estilo, a lo sumo laca) y otro con una sonrisa siempre en la boca y con el pelo más grasiento que suelto y que era el que llevaba la voz cantante en la pelu. En nuestro caso, el peluquero alegre tenía pinta de mejicano. Era gordo, moreno y con un gran bigote. Te avisaba y te sentabas en la silla de fondo de rejilla que siempre levantaba presionando con el pie. Luego empezabas a oir el clic-clac de la maquinilla de afeitar pues no eran eléctricas, hasta que acababa dejándote pelón y echándote polvos de talco con una perilla de color carne. Normalmente hablaban de toros, fútbol y mujeres; la política ni se mencionaba, no existía, en esa época España “sí que iba bien”, no quedaba más remedio.

Pues después de aquellos peluqueros, y a medida que fueron pasando los años, llegaron muchos otros. El encontrarlos no es tarea fácil. Siempre estaba el embaucador que intentaba ganarse a los clientes diciendo:

- ¡Menudo pelo tienes! ¡Tú si que no te quedas calvo!

Tendrían que verme ahora. O aquel otro que siempre llevaba una copita de sol y sombra de más hasta que un día me dio un corte en una oreja y dejé de ir. Luego estaban los peluqueros de la “puta mili”; allí sí que tenía que andarse uno con ojo pues como le cayeras mal al de turno de dejaba la cabeza como un campo de patatas con los trasquilones que te metía. Yo afortunadamente me hice amigo de “Manu”, un peluquero muy fino que hasta en el cuartel llevaba su “set” de tijeras y cuchillas que empleaba sólo con los conocidos.

Pero desgraciadamente ya es difícil encontrar peluqueros que le den a uno “cuartelillo”, y eso que yo soy callado en la peluquería pero estar media hora en silencio con un tipo que te pasa la navaja por el cogote no es nada fácil.

Ahora he encontrado uno, aquí en Montreal. Se llama Michael, o al menos en su versión inglesa pues él es griego, de Kalamata, como les decía al principio. Tiene 62 años y una vida a sus espaldas. Da gusto oírle hablar en su greco-inglés, a pesar de llevar toda su vida entre Estados Unidos y Canadá. Michael habla de todo; le da lo mismo contar su experiencia militar en la Grecia de los Coroneles como hablar de la primera guerra mundial en la que combatió su padre o su abuelo y obtuvo los galones de oficial del ejército norteamericano consiguiendo una sustanciosa pensión o la última historia que me contó sobre curas católicos y ortodoxos griegos. Siempre me habla de sus clientes, entre los que me encuentro y que espero que hable de mí a los otros que como yo atiende su silla. Me dice que tiene muchos religiosos y entre ellos se encontraba el obispo de Montreal hasta que le sacó la prensa donde se ventilaban los casos de pederastia en Estados Unidos y en Canadá. Después de eso ya no volvió a aparecer. ¿Qué raro, no les parece? O también me contaba cómo en uno de sus viajes un conocido, cura ortodoxo griego, le había dicho que se hiciera cura también, se volviera a Canadá y abriera una iglesia, seguro que se forraba le dijo. Pero para mí, ignorante, la mayor ventaja es que los curas ortodoxos pueden casarse, al menos así yo lo entendí, antes de ser nombrados sacerdotes, después ya tienen mujer y trabajo ¡menuda bicoca! Eso sí, si enviudan ya no pueden volver a casarse ¡faltaría más!




martes, 15 de diciembre de 2009

If you see something, say something” o sobre el miedo

“El miedo es libre” o eso nos han dicho pero yo a esa frase tan conocida le añadiría la coletilla: “y también está canalizado”. Seguro que recuerdan un montón de situaciones, animales o cosas que les generaban miedos cuando eran pequeños. Algunos de estos miedos los habremos superado, otros siguen ahí más o menos latentes pero como adultos hemos sido capaces, en la mayoría de los casos, de conseguir convivir con ellos. Ahora la cosa está más difícil y se va extendiendo junto con la globalización.

No hace mucho crucé la frontera con Estados Unidos desde Canadá y en ese mismo instante comenzó eso que yo llamo “miedo dirigido”. Fuimos en tren, un viaje bonito al ir bordeando el río y ver todos los bosques, y por otro lado tediosísimo pues se tarda casi diez horas en llegar. A las dos horas de haber salido de Montreal llegamos a ninguna parte pues la frontera se encuentra entre unas pocas casas esparcidas y un bosque profundo. Se detuvo el tren y subieron a éste los funcionarios de aduanas estadounidenses: unos seis tipos dos por dos, es decir armarios empotrados, con chalecos antibalas, todo tipo de aparataje, incluidas las esposas que se fabrican en España pero que se venden en USA por no estar permitidas en Europa. Te piden el pasaporte y es entonces cuando uno piensa que efectivamente ha hecho algo malo y le han pillado; tal vez tengan recogido en sus archivos la vez que metí el filete de hígado que servían en el comedor del colegio en la jarra de agua, o cuando me quedé dormido en la garita haciendo guardia durante la mili. ¡Vaya uno a saber! Lo cierto es que te entra una congoja impresionante. Pero lo peor fue cuando nos metieron a todos los pasajeros, a todos sí, en el vagón de la cafetería y pasaron los perros para olisquear el equipaje. Por si fuera poco se llevaron a un tipo, eso sí con cara de “moro”, fuera del tren y no lo volvimos a ver.

¿Qué se puede esperar de un país que hace esto? Uno ve en la cara de la gente cuando llega a Estados Unidos que vive, si no con miedo, miedo, al menos sí con suma desconfianza. Vean este ejemplo para que sepan lo que es la creación de la desconfianza pura. Si antes ya se ponía uno nervioso en los aeropuertos con eso de: “atención, atención, por motivos de seguridad no dejen sus equipajes solos en ningún momento”; mi amigo Carlos me decía que sabían que llegaba yo y que avisaban a los otros para que se dieran cuenta de lo “chori” que era; ahora le añaden el: “if you see something, say something” o lo que sería en una traducción muy libre algo así como: “si ves algo raro, chívate”. Sí, sí no es broma, es verdad, y ves a la gente en estaciones de autobús, de metro, en aeropuertos, mirando con suspicacia al vecino de al lado. Si te tocas el tobillo porque te pica pueden estar pensando que llevas un detonador o algo parecido y vas a hacer volar todo por los aíres.

Seguro que también ustedes han intentado aprender inglés en alguna ocasión y les han enseñado eso de: “nice to see you!!” que en español sería como “me alegro de verte” o algo parecido. Pues también esta inofensiva frase se ha convertido en una señal del miedo que campa por aquí. Cuando uno entra a cualquier tienda o edificio se puede topar de bruces con un cartel que diga: “Nice to see you………………………for your security this area is being watched by a closed video camera system” o sea que como te metas el dedo en la nariz te van a filmar y vete a saber si te acusan de guerra bacteriológica. Uno va con la impresión de ser observado por todos los lados y que está absolutamente controlado.

Todo esto tiene claramente un componente económico. Todo está controlado por compañías de seguridad privadas y por empresas que venden productos de seguridad. Pueblos americanos donde nunca pasa nada compran equipos de vigilancia complejísimos. Algún “marshall”, como los llaman por allí, llega a decir que aunque su pueblo no sea un objetivo estratégico sí que pueden pasar los terroristas por allí; ¡a tomarse un “cynamom roll” no te fastidia!, y claro hay que estar prevenido. No hace mucho un asesor del presidente G.W. Bush pedía a la población que comprara no sé qué tipo de cinta adhesiva, supongo que para sellar puertas y ventanas en caso de “guerra sucia”; una vez terminado su período en la Administración americana fue contratado como altísimo ejecutivo de una compañía fabricante de cinta adhesiva aislante. ¿Coincidencia? No sean mal pensados.

Esto no pasa sólo en EEUU; hace unos años vi algo parecido en Falkirk, Escocia. Falkirk es un pueblecito pequeñísimo en el que uno no se quedaría mucho tiempo a no ser que fuera por motivos de trabajo con la BP, cerca hay una industria de petróleos fortísima, o porque se ha perdido uno por esos páramos. Pues bien, me pareció, una noche, todo tranquilísimo y me extraño no ver ni un coche de policía en todo el pueblo hasta que me fijé en una especie de lámparas urbanas mucho más altas de lo habitual que, por supuesto, no eran lámparas si no cámaras de seguridad, y estaban repartidas por toda la ciudad, seguro que veían todos y cada uno de los movimientos que hacíamos. En fin, una pena pues la sensación de libertad y de tranquilidad va dejando de existir, aunque imperceptiblemente, y el miedo a todo va ocupando poco a poco nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Ojalá sólo sea en las sociedades anglosajonas donde este fenómeno se produzca pero me temo que sus empresas de seguridad tienen tentáculos muy largos y no creo que nos libremos de ellos. Tampoco son cortos los de los laboratorios farmacéuticos.

lunes, 14 de diciembre de 2009

"Lovin´ la vida solo"



Entiendo que está es la parte más dura del aprendizaje de la vida de cualquier persona: vivir la vida en solitario. Nuestra sociedad nos transmite constantemente el mito de que si estás solo, soltero, divorciado o lo que sea, estás incompleto. Pero la pareja no es la única manera de vivir, y menos en nuestra sociedad actual. Sin embargo, llegar a asumir esto no es fácil; sino, acierten a encender el aparato de televisión y comprueben los anuncios. La mayoría de ellos nos muestran una pareja perfecta con dos niños, la parejita normalmente o gemelos, el perro que todos desearíamos tener y la casa en perfecto estado de revista. O vean esos otros de los viejos, perdón, ahora debemos decir “cuarta edad” o “en la edad dorada”, también perfectos, con el pelo inmaculadamente blanco y su ropa deportiva y cómoda, nada de esos otros viejos que van al mercado y compran la fruta más barata que está fea o pocha en los puestos de verduras o bien sólo adquieren las cabezas y raspas de pescado para hacer el caldo o extraer la poca carne que tiene para unas croquetas. No, nada de eso se nos presenta y sin embargo la vida está llena de esa soledad.

Estar solo no es tan malo e incluso, a veces, necesario. Ya va siendo hora de que alguien nos enseñe lo contrario a lo que se decía en la época de Jane Austen: “la vida no comienza hasta que no tienes una relación”. Normalmente asumimos el mito colectivo de que nos falta algo si no tenemos una pareja. Compramos ese mito desde bien pequeños y nos sentimos inferiores si no lo conseguimos bien casándonos, viviendo con alguien, relacionándonos con alguien. Se nos enseña que estar casado es el estado real de vivir, la manera natural. Las religiones siempre nos han animado a ello, como base fundamental de la familia, de la sociedad, del estado estructurado, mientras que por el contrario, la soledad, vivir en la intimidad, no es más que una mera señal de egoísmo, el nuestro claro.

Sea cual sea la circunstancia que nos lleva a nuestra soledad, debemos aprender a mirar nuestra vida y a celebrarla como tal; pero eso sí, esto no es tarea fácil. El dolor nos surge de la creencia de que vivimos solos hasta que aparece la persona adecuada y nos saca de la soledad o bien cuando nos creemos que no somos buenos para establecer relaciones, al menos duraderas.

Todo esto se enfrenta además con una enorme contradicción en nuestra sociedad occidental actual; a pesar de las altísimas tasas de divorcio, todavía nos creemos que dos son mejor que uno.

El mundo de los solitarios se podría dividir en el mundo de aquellos que se encuentran solos a causa de la muerte de nuestra pareja o divorciados y separados y aquéllos que se encuentran solos por “diseño”, es decir, por vida establecida y estructurada de manera que acarrea la soledad. Estos últimos son aquéllos que viven solos porque les apasiona, les gusta. Normalmente son personas creativas, que a través de su “estar solos” enfocan sus energías a las actividades y artes que desarrollan.

Lo más importante que debemos aprender y que a mí me ha llevado tiempo, de hecho creo que sigo aprendiendo sin haber terminado el proceso, es que cuando uno vive solo, no vive solo. Uno vive consigo mismo. Vivir con nosotros mismos significa vivir con plenitud nuestras energías y potencialidades. La clave para entendernos a nosotros mismos está en ser conscientes de qué energías están presentes en nuestra vida, de qué capacidades y competencias consistimos.

Cada día que paso solo descubro además que es importante la creación de comunidades de solitarios. No, no se confundan con sectas, clubes, etc., de esos hay muchos. Vivir solo significa que uno necesita abrirse a las posibles conexiones de nuestro alrededor. Normalmente somos conscientes o más conscientes de nuestra soledad en fechas clave como las Navidades, el verano a la hora de organizarnos un viaje, Semana Santa, “puentes”, etc.

Leía el caso de una mujer en Nueva York que vivía en un bloque de pisos, como yo en mi penthouse de Montreal situado en el vigésimo piso, que en el “Día de Acción de Gracias”, festividad incluso más importante que la Navidad en la sociedad norteamericana y fiesta prototípica para pasar en familia, que iba a pasar sola, decidió poner un cartel invitando a sus convecinos a cenar; reunió a siete personas.

La verdad es que se necesita valor para crear nuestras propias vidas. Pero está claro que el ser humano ha nacido para crear. Vuelvan a leer el “Robinson Crusoe” y descubrirán que nunca estuvo solo mucho tiempo. Háganlo.


Interview with Mr. Javier Alfaya

To read the interview with Mr. Javier Alfaya click on:

http://www.keepingontrack.net/page/kot_interview_Hurtado

jueves, 10 de diciembre de 2009

La enseñanza de lenguas extranjeras: los países de Europa Oriental y Central (1974-2004)

Para leer el artículo completo sobre la enseñanza de lenguas en los países de Europa Oriental y Central cliquea en el link de abajo:

http://www.uned.es/reec/pdfs/10-2004/06_alfaya.pdf

"Calentamiento global"



El otro día, de esto hace ya años, leyendo The Gazette of Montreal me encontré con un texto de un articulista bastante conocido por estos lares llamado Josh Freed que titulaba algo así: “Si quieren que nos tomemos en serio el calentamiento global, van a necesitar un nombre que asuste más”. Se preguntarán de qué va la cosa; pues va del poder del lenguaje y cómo éste afecta o no a nuestras vidas.

Imagínense por un momento el típico invierno canadiense, más concretamente quebequense: temperaturas de menos 15 bajo cero a diario, con días de menos 27 o menos 35 dependiendo del “wind chill factor” o como llamaría un gallego “vento que rapa carallo”, nieve y hielo en abundancia y todo esto durante cuatro meses y medio más o menos o incluso más. ¿Cómo creen que les sonará la frase “calentamiento global”? Efectivamente, a gloria bendita. De eso va el artículo de Josh Freed.

Freed cree que el término “calentamiento global” es realmente inoportuno, al menos para los canadienses; cualquier tipo de calentamiento nos hace sentirnos bien en este país. “Calentamiento” no es una palabra negativa; según el periodista “un frente frío” sí que es realmente escalofriante mientras que un “frente caliente” nos trae imágenes de playa y paseos bajo el sol. “La Guerra Fría” sí que da miedo, no así una supuesta “guerra caliente”. Y no digamos si hablamos ya de una “persona cálida”, “bocadillos calientes”, “perritos calientes” y “citas calientes”. A nadie le gusta “la gente fría”, las “duchas frías o escocesas” o “coger un resfriado”. Definitivamente el término está mal empleado si queremos conseguir que nuestra conciencia sobre el medio ambiente surta efecto.

Ya va siendo hora de que bauticemos de nuevo el tan manido “calentamiento global” para que surta efecto al igual que la “Peste negra” o la “Gripe aviar”. Ya va siendo hora de que dejemos de conducir enormes coches y camiones que contaminan mortalmente, de poner el aire acondicionado en verano hasta que nos congelemos y la calefacción en invierno hasta asarnos como pollos, de quemar bosques y de crear efectos invernaderos en todos los lugares del planeta.

¿Pero cómo vamos a lograrlo? Los estadounidenses son únicos para meter miedo, sino vean: “La guerra contra el crimen”, “La guerra contra las drogas”, “La guerra contra el terrorismo”. Tal vez debamos seguir los consejos de Josh Freed y denominar al calentamiento global como: “daño global”, o dándole un toque como si de una enfermedad se tratara al estilo de “gripe global climática asesina” o “plaga global planetaria” o ya rizando el rizo “cáncer global”.

Tampoco estaría mal usar la palabra “terror”, que siempre causa eso, terror, y llamar al calentamiento algo así como “terror climático global”, seguro que hasta el propio Bush firmaba el tratado de Kyoto inmediatamente. Y ya no le digo si lo denominamos “Síndrome satánico planetario”, seguro que los Estados Unidos dejaban de emitir gases y de comprar las cuotas de emisión a los países del tercer mundo inmediatamente.

Pero la mejor propuesta sería la de poner todos los términos juntos en algo parecido a: “Satánico terror climático planetario de síndrome de plaga”. Tal vez con esto haría que todos dejáramos de usar nuestros coches, de encender cualquier aparato cuando no es necesario y plantearnos seriamente lo que estamos haciendo con nuestro planeta.

Mientras, váyanse a la playa o a pasear bajo el sol del “calentamiento global”.


"De señoritas y maestros"





Sólo un hecho me permite afirmar que la primera etapa de mi educación en el sistema escolar fue más eficaz que las restantes: el recuerdo de mis primeras señoritas. ¿Quién no recuerda a sus señoritas? Después de los traumáticos primeros días de escuela quien no recuerde a sus señoritas es un desagradecido. Tres son las que perviven en mi retina: la señorita Rocío, la señorita Marcela y la señorita Paquita. Por este orden y por motivos diversos. La señorita Rocío, quien no debía llegar a la treintena, fue la primera en acogernos en maternales y como el nombre del nivel indicaba, se convertía en la sustituta de nuestras madres durante las largas horas de la jornada escolar. Recuerdo sus grandes ojos y su piel muy morena. Todo en ella era afecto y cariño.

De la señorita Marcela recuerdo que era más bien blanca de piel, con el pelo largo, claro, y de formas redondas. De ella no demandábamos tanta atención pues ya éramos veteranos en nuestro segundo año de cole, es decir, seis años de edad. Las siestas encima de la mesa con los brazos cruzados y los primeros encuentros con las letras y las matemáticas propias de “parvulitos” son lo más claro aún hoy.

La señorita Paquita suponía un ascenso en nuestra escala dentro del colegio. Ya estábamos en Primero de E.G.B. Ella nos mostraba este nuevo nivel siendo más seria y exigiéndonos más; me imagino su aspecto delgado y su largo pelo recogido en una cola de caballo que le aportaba ese aire de autoridad a los ojos de un niño de siete años. El recuerdo más grato es el de tener consciencia de haber aprendido a leer con ella. El libro de lectura se llamaba “El pájaro verde” y contaba la vida cotidiana de la familia Plim; familia española prototípica: padre ausente trabajador, madre comprometida en las tareas de la casa y la educación de los niños y un montón de hijos e hijas. La nota de color la ponía el “pájaro verde” que no era más que un loro que servía de hilo conductor de la cotidianeidad familiar.

A las tres señoritas indistintamente, en las tres Navidades correspondientes a los tres años académicos, mi madre les compraba las estupendas “anguilas de mazapán” que nosotros nunca pudimos probar. No se lo he perdonado aún.

El cambio de “señorita” a “maestro” era un cambio muy significativo. En general se acababa el afecto y el cariño como sólo lo demuestran las mujeres; sin tapujos, directo, con contacto físico. Ya empezábamos a pertenecer a una categoría incierta, digamos que de “medio hombres”. De esta etapa “masculina” recuerdo nítidamente a varios profes. Otros aunque no me daban clase, pertenecían al imaginario del cole que les otorgaba una fama, por lo general mala, ganada a pulso. De los que me dieron clase me quedo con Don Saturnino y Don Carlos Zuasti. Aquél muy moreno y con un lunar agradable en uno de los lados de la cara. Debía ser un hombre apuesto y con éxito en cuanto al sector de madres y profesoras se refiere. Este éxito se traducía en un optimismo y alegría que trasladaba a las clases. Lo que más nos gustaba era su nombre que coincidía con el de una serie de televisión protagonizada por un pato real, el “Pato Saturnino”.

Don Carlos Zuasti marcó mucho mi educación futura, hasta el punto de recordar su nombre y apellido. Introdujo en mí el gusto por la historia, la literatura y sobre todo el teatro. Yo por aquella época ya despuntaba como mal estudiante. Sin embargo, quiero creer que él me tenía afecto y me trataba como se debe tratar a un alumno: con respeto.

Don Carlos era un hombre que apenas se enfadaba pero que exudaba una autoridad fuera de lo normal. Tal vez se debiera a su especial modo de infligir el castigo físico. Sí, sí, en aquella época no existía el “cachete pedagógico” sino la hostia bien dada y punto. Don Carlos no era especialmente cruel pero nadie quería recibir uno de los famosos “capones del Bola”, que era así como conocíamos a nuestro profesor. Los capones habituales se daban o bien con el puño cerrado o bien en una versión más sofisticada en el que el dedo corazón sobresalía sobre los demás y hacía de ariete en la cabeza del alumno, no digamos si el profesor que aplicaba el castigo llevaba un anillo o un sello en ese dedo, el dolor era intenso. Pero ningún capón podía ser más original que el de Don Carlos. Consistía en dejar la mano como muerta, pues desgraciadamente no lo estaba, y bien abierta, como si de una garra se tratara. Caía con fuerza sobre la cabeza de uno y hacía el efecto, la mano, como si rebotará. El dolor era intensísimo y prolongado, con un capón tenía uno para mucho rato. Todos intentábamos imitar estos capones pero para hacerlo bien uno tenía que tener la mano tan encallecida de jugar al frontón como la de Don Carlos, por otro lado, magnífico pelotari. Otro detalle curioso del “Bola” que nos llamaba la atención era lo muy velludo que era o se suponía que debía ser pues, a pesar de utilizar siempre jersey de pico y camisa con corbata, una mata de pelo blanco surgía de su pecho para unirse con el cuello ancho como el de un toro, o al menos eso nos parecía a los ojos de un niño.

Pero a pesar de todo esto, Don Carlos era un tipo que transmitía amor por el trabajo que hacía enganchándonos a asignaturas tan complejas como la lengua española o la historia universal.

Proemio. Education, -onis.

Proemio-


A lo largo de mis ya casi cuarenta y siete años la educación ha estado presente, como imagino en la vida de muchas otras personas, en mi día a día, en mi cotidianeidad. Ha estado presente siendo yo nieto, hijo, hermano, padre, discente, docente, asesor, en fin, como ser humano.

En los últimos veinte años la legislación educativa de diversos gobiernos, los diferentes enfoques, los políticos de todos los colores, la prensa, el mundo editorial especializado, los propios compañeros de la profesión (muy pesados algunos de ellos, por cierto) han logrado que nos despistemos y no miremos detenidamente en nuestro propio proceso educativo. Yo sigo despistado y seguiré estándolo por mucho tiempo, me temo, pero quiero intentar recuperar las personas y situaciones que me han conformado como lo que soy actualmente.

Los capítulos de mi relato no tienen una continuidad temporal lógica, pretendo con ello simular los recuerdos de una y otra etapa que surgen en cualquier instante de mi existencia.

De antemano pido disculpas si hiero a alguien al revelar mis recuerdos, no está en mi ánimo hacer ningún daño; además mis recuerdos no significan que los acontecimientos fueran como yo los relato, todos sabemos que reinventamos nuestra vida pasada con mucha frecuencia, y acabamos creyéndola así.



“Educatĭo –õnis”


Tengo una duda; enorme. Me planteo si los adultos somos objeto de la educación. Si me atengo a la definición que el Diccionario de la Real Academia Española da del término, y aseguro que lo he buscado en diversas ediciones, está claro que no. Este diccionario define el término “educación” en su segunda acepción como: “crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y adolescentes”, y de la entrada “educar”, también en su segunda acepción, dice así: “desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.”. Si busco ambas definiciones como excusas, las dos son valiosísimas para encubrir la falta de educación de los adultos. Parece que la educación está sólo dirigida a niños y jóvenes y controlada, en todo caso, por nosotros, ya sabios adultos. Es obvio que la Academia vuelve a ir por detrás de los tiempos. Afortunadamente, estos tiempos en los que vivimos no nos permiten quedarnos atrapados en definiciones tan inamovibles. Bien sea por la presión del mercado, por el trabajo, por moda, por ocio, etc. tendemos a formarnos, a educarnos, durante toda la vida de manera informal, la más frecuente, o formal.

Ya no es posible, a no ser que se desee pagar un alto precio personal, dejar de educarse al llegar a cierta edad y pensar que hemos conseguido el “objetivo” que de nosotros se esperaba. Vemos pues que todos somos objeto de la educación pero no sólo eso; los adultos no somos, o no debemos ser, los únicos que controlemos los procesos educativos. Nuestros niños y niñas, nuestros adolescentes, son parte fundamental en las decisiones de qué, cómo, cuándo, por qué y dónde educar. Ellos marcan las pautas con su desinterés, con su desmotivación y nosotros o les escuchamos o nos encaminamos al fracaso de no poder transmitir el amor por el inconformismo, por seguir conociendo más de nosotros mismos, de los otros y del entorno que nos rodea.

“Crianza, enseñanza y doctrina”. Es decir, urbanidad, atención, cortesía, sistema y método de dar instrucción, conocimientos, principios; y por último y no menos importante, ideas u opiniones sustentadas por una persona o grupo. Si miramos detenidamente estas palabras que unidas determinan el concepto de educación podemos decir que las tres primeras son bastante infrecuentes hoy en día. Parece, por el contrario, que nos ha invadido la falta de atención en las formas hacia los demás; los gestos que facilitan la convivencia y que nos permiten aproximarnos a los otros. Sí parece que tengamos un sistema y método para educar. No quiere esto decir que sea el más apropiado tampoco. A veces pienso que el sistema es un mastodonte cuyas evoluciones son tan lentas que cada vez se va quedando más atrás. Evoluciona todo a nuestro alrededor y sin embargo el sistema sigue siendo esencialmente igual sin poder aportar soluciones, al menos no tan rápidamente como debería ser, a las necesidades actuales. Los métodos sí se van modificando pero aquí el fallo tal vez radique en que se modifican tanto y tan de continuo que pueden llegar a confundir. Por último, lo que no ha variado nada es que la educación sigue siendo un campo de batalla para dirimir cuestiones ideológicas, políticas, personales, de partido, religiosas, que hacen que todo esté en manos de la providencia, es decir, del cambio de gobierno de turno.