jueves, 10 de diciembre de 2009

Proemio. Education, -onis.

Proemio-


A lo largo de mis ya casi cuarenta y siete años la educación ha estado presente, como imagino en la vida de muchas otras personas, en mi día a día, en mi cotidianeidad. Ha estado presente siendo yo nieto, hijo, hermano, padre, discente, docente, asesor, en fin, como ser humano.

En los últimos veinte años la legislación educativa de diversos gobiernos, los diferentes enfoques, los políticos de todos los colores, la prensa, el mundo editorial especializado, los propios compañeros de la profesión (muy pesados algunos de ellos, por cierto) han logrado que nos despistemos y no miremos detenidamente en nuestro propio proceso educativo. Yo sigo despistado y seguiré estándolo por mucho tiempo, me temo, pero quiero intentar recuperar las personas y situaciones que me han conformado como lo que soy actualmente.

Los capítulos de mi relato no tienen una continuidad temporal lógica, pretendo con ello simular los recuerdos de una y otra etapa que surgen en cualquier instante de mi existencia.

De antemano pido disculpas si hiero a alguien al revelar mis recuerdos, no está en mi ánimo hacer ningún daño; además mis recuerdos no significan que los acontecimientos fueran como yo los relato, todos sabemos que reinventamos nuestra vida pasada con mucha frecuencia, y acabamos creyéndola así.



“Educatĭo –õnis”


Tengo una duda; enorme. Me planteo si los adultos somos objeto de la educación. Si me atengo a la definición que el Diccionario de la Real Academia Española da del término, y aseguro que lo he buscado en diversas ediciones, está claro que no. Este diccionario define el término “educación” en su segunda acepción como: “crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y adolescentes”, y de la entrada “educar”, también en su segunda acepción, dice así: “desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.”. Si busco ambas definiciones como excusas, las dos son valiosísimas para encubrir la falta de educación de los adultos. Parece que la educación está sólo dirigida a niños y jóvenes y controlada, en todo caso, por nosotros, ya sabios adultos. Es obvio que la Academia vuelve a ir por detrás de los tiempos. Afortunadamente, estos tiempos en los que vivimos no nos permiten quedarnos atrapados en definiciones tan inamovibles. Bien sea por la presión del mercado, por el trabajo, por moda, por ocio, etc. tendemos a formarnos, a educarnos, durante toda la vida de manera informal, la más frecuente, o formal.

Ya no es posible, a no ser que se desee pagar un alto precio personal, dejar de educarse al llegar a cierta edad y pensar que hemos conseguido el “objetivo” que de nosotros se esperaba. Vemos pues que todos somos objeto de la educación pero no sólo eso; los adultos no somos, o no debemos ser, los únicos que controlemos los procesos educativos. Nuestros niños y niñas, nuestros adolescentes, son parte fundamental en las decisiones de qué, cómo, cuándo, por qué y dónde educar. Ellos marcan las pautas con su desinterés, con su desmotivación y nosotros o les escuchamos o nos encaminamos al fracaso de no poder transmitir el amor por el inconformismo, por seguir conociendo más de nosotros mismos, de los otros y del entorno que nos rodea.

“Crianza, enseñanza y doctrina”. Es decir, urbanidad, atención, cortesía, sistema y método de dar instrucción, conocimientos, principios; y por último y no menos importante, ideas u opiniones sustentadas por una persona o grupo. Si miramos detenidamente estas palabras que unidas determinan el concepto de educación podemos decir que las tres primeras son bastante infrecuentes hoy en día. Parece, por el contrario, que nos ha invadido la falta de atención en las formas hacia los demás; los gestos que facilitan la convivencia y que nos permiten aproximarnos a los otros. Sí parece que tengamos un sistema y método para educar. No quiere esto decir que sea el más apropiado tampoco. A veces pienso que el sistema es un mastodonte cuyas evoluciones son tan lentas que cada vez se va quedando más atrás. Evoluciona todo a nuestro alrededor y sin embargo el sistema sigue siendo esencialmente igual sin poder aportar soluciones, al menos no tan rápidamente como debería ser, a las necesidades actuales. Los métodos sí se van modificando pero aquí el fallo tal vez radique en que se modifican tanto y tan de continuo que pueden llegar a confundir. Por último, lo que no ha variado nada es que la educación sigue siendo un campo de batalla para dirimir cuestiones ideológicas, políticas, personales, de partido, religiosas, que hacen que todo esté en manos de la providencia, es decir, del cambio de gobierno de turno.








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