De Kalamata, de ahí era mi peluquero griego, ni más ni menos. Cómo he dicho ya alguna vez, no todo se aprende a través del sistema escolar, es más casi nada se aprende a través de la escuela. A veces pienso incluso que yo he aprendido mucho más de los peluqueros.
Cuando éramos pequeños, delante de mi casa había dos locales que siempre me llamaron la atención: una vaquería y una peluquería de caballeros. No, no piensen que vivíamos en el campo y que las vacas pastaban idílicamente. Vivíamos en la calle Marcelino Álvarez, en el metro del Carmen, cerca de la calle de Alcalá y próximos a la plaza de Toros de las Ventas. Tampoco crean que en esa peluquería “afeitaban” a toros y vaquillas, no, es tan solo eso, ambos locales estaban puerta con puerta. Por un lado, la cuadra con unas cuantas vacas y el estiércol con su olor característico mezclado con el de la leche recién ordeñada y la paja, y por otro lado, la peluquería con sus luces y el olor a loción de afeitado Floyd.
Por aquellos años, ¡no muchos, eh!, no existían las peluquerías unisex; estaban las peluquerías de señoras y las de caballeros o barberías. A las de señoras sólo entrábamos cuando buscábamos a nuestra madre o nos llevaban a la fuerza a ellas porque no nos podían dejar con nadie. De éstas recuerdo el ruido ensordecedor de los secadores de pelo que más parecían un instrumento de tortura que un utensilio para embellecer a las señoras. Allí debajo siempre había una señora leyendo alguna revista de cotilleo como si estuviera ausente pues con semejante ruido no podía escuchar nada. Ésa es la primera imagen de la sordera que tuve; a uno le podían estar poniendo a “caer de un burro”, como era el caso con las vecinas de peluquería, que no se enteraba de nada y vivía plácidamente su aislamiento. También allí conocí los antecedentes del “punk” español, no en jóvenes marchosos, sino en tranquilas ancianitas que por su afán de no teñirse el pelo pero tampoco dejárselo blanco, empleaban un colorante que les dejaba el pelo de un tono azul añil claro, si es que el añil puede ser alguna vez claro. Mi abuela Antonia era una auténtica “punk”. Las peluquerías de señoras eran eso, de señoras. Rara vez se veía a una joven como podía ser mi hermana mayor. Éstas se arreglaban el pelo normalmente en casa; se lo teñían, se lo rizaban con la tenazas calientes, se lo cardaban con cepillos en forma de rulos, se hacían la “cera”, y de paso nos la hacían a nosotros también las muy canallas.
Sin embargo la peluquería de caballeros o barbería, insisto en lo de barbería pues allí se afeitaban a diario muchos señores, sí que era un territorio bien conocido para nosotros. Cuando uno entraba se sentaba a que le tocara el turno en una fila de sillas forradas de plástico, justo debajo de un gran espejo que quedaba a nuestra espalda y con los sillones para el corte y los espejos en los que se fijaba el peluquero delante. Durante la espera siempre cogíamos los tebeos que había en una mesa junto a periódicos del día como “El Alcazar” o algo pasados como solía ser “El Caso”. Si el peluquero se estiraba, además del manoseado “Pumby” y el “TBO” podíamos leer “El Capitán Trueno” (albúm a todo color) o “El Jabato”. Para alguien de mi edad éstos eran los mejores tebeos, ahora más conocidos como comics, que uno podía conseguir. ¿Quién no se lo ha pasado estupendamente leyendo las aventuras de Trueno, Goliat y Crispín y enamorándose de la rubia Sigrid de Thule? O bien ¿Emulando a Jabato, Taurus, Fideo de Mileto y a la bella, pero romana, Claudia?
Ahora entiendo por ejemplo por qué a los hombres de nuestra edad siempre cuando hablamos de mujeres bellas nos imaginamos a una mujer rubia con ojos claros; no se piensen que es por contraposición a la mujer de piel aceituna y pelo oscuro, no, se debe a haber leído tanto al Capitán Trueno y querer conseguir a la siempre distante pero seductora Sigrid, vikinga sin igual, antecedente de las famosas suecas.
No sé cuál será la razón pero en aquellas peluquerías siempre solía haber dos peluqueros: uno delgado y taciturno, más bien con aspecto aseado y el pelo pegado con brillantina (nada de gel fijador o algo por el estilo, a lo sumo laca) y otro con una sonrisa siempre en la boca y con el pelo más grasiento que suelto y que era el que llevaba la voz cantante en la pelu. En nuestro caso, el peluquero alegre tenía pinta de mejicano. Era gordo, moreno y con un gran bigote. Te avisaba y te sentabas en la silla de fondo de rejilla que siempre levantaba presionando con el pie. Luego empezabas a oir el clic-clac de la maquinilla de afeitar pues no eran eléctricas, hasta que acababa dejándote pelón y echándote polvos de talco con una perilla de color carne. Normalmente hablaban de toros, fútbol y mujeres; la política ni se mencionaba, no existía, en esa época España “sí que iba bien”, no quedaba más remedio.
Pues después de aquellos peluqueros, y a medida que fueron pasando los años, llegaron muchos otros. El encontrarlos no es tarea fácil. Siempre estaba el embaucador que intentaba ganarse a los clientes diciendo:
- ¡Menudo pelo tienes! ¡Tú si que no te quedas calvo!
Tendrían que verme ahora. O aquel otro que siempre llevaba una copita de sol y sombra de más hasta que un día me dio un corte en una oreja y dejé de ir. Luego estaban los peluqueros de la “puta mili”; allí sí que tenía que andarse uno con ojo pues como le cayeras mal al de turno de dejaba la cabeza como un campo de patatas con los trasquilones que te metía. Yo afortunadamente me hice amigo de “Manu”, un peluquero muy fino que hasta en el cuartel llevaba su “set” de tijeras y cuchillas que empleaba sólo con los conocidos.
Pero desgraciadamente ya es difícil encontrar peluqueros que le den a uno “cuartelillo”, y eso que yo soy callado en la peluquería pero estar media hora en silencio con un tipo que te pasa la navaja por el cogote no es nada fácil.
Ahora he encontrado uno, aquí en Montreal. Se llama Michael, o al menos en su versión inglesa pues él es griego, de Kalamata, como les decía al principio. Tiene 62 años y una vida a sus espaldas. Da gusto oírle hablar en su greco-inglés, a pesar de llevar toda su vida entre Estados Unidos y Canadá. Michael habla de todo; le da lo mismo contar su experiencia militar en la Grecia de los Coroneles como hablar de la primera guerra mundial en la que combatió su padre o su abuelo y obtuvo los galones de oficial del ejército norteamericano consiguiendo una sustanciosa pensión o la última historia que me contó sobre curas católicos y ortodoxos griegos. Siempre me habla de sus clientes, entre los que me encuentro y que espero que hable de mí a los otros que como yo atiende su silla. Me dice que tiene muchos religiosos y entre ellos se encontraba el obispo de Montreal hasta que le sacó la prensa donde se ventilaban los casos de pederastia en Estados Unidos y en Canadá. Después de eso ya no volvió a aparecer. ¿Qué raro, no les parece? O también me contaba cómo en uno de sus viajes un conocido, cura ortodoxo griego, le había dicho que se hiciera cura también, se volviera a Canadá y abriera una iglesia, seguro que se forraba le dijo. Pero para mí, ignorante, la mayor ventaja es que los curas ortodoxos pueden casarse, al menos así yo lo entendí, antes de ser nombrados sacerdotes, después ya tienen mujer y trabajo ¡menuda bicoca! Eso sí, si enviudan ya no pueden volver a casarse ¡faltaría más!
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