miércoles, 28 de abril de 2010

Los amantes de Arts-Loi


La primera vez que me los encontré fue un día de noviembre típicamente bruselense. Una lluvia continua y un viento racheado que hacía imposible el uso de cualquier paraguas obligaba a buscar refugio bajo las cornisas o, como en nuestro caso, en la estación de metro más cercana, Arts-Loi.

Era una imagen muy cinematográfica. Empapados como estaban se abrazaban y se besaban suavemente en las escaleras de acceso. Él se situaba unos escalones más abajo para que sus bocas quedaran a la misma altura. La escena fue muy breve pero lo suficientemente intensa como para que, mientras bajaba hacia el andén a coger el siguiente tren, no dejara de pensar en ellos y todo lo que representaban.

Con el paso de tiempo la escena pasó a ocupar el lugar inconsciente del olvido que todos tenemos. Sin embargo, un día cualquiera de un mes cualquiera en la típica rutina de volver a casa después del trabajo los volví a encontrar en la misma postura de la primera vez que los vi. Él ocupaba la parte baja de la escalera mientras ella le besaba y acariciaba como sólo dos amantes saben hacerlo; sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor.

Al principio no les dediqué demasiado tiempo pero posteriormente me dio por pensar en la situación tan curiosa que se estaba dando. ¿Acaso estaba lloviendo como para refugiarse en una escalera del metro? ¿Se estaban despidiendo como hacen las parejas habitualmente? Era evidente que no. Se estaban ocultando. Se ocultaban de la manera más extraña posible: a la vista de todo el mundo.

A partir de ese momento ya no pude dejar de pensar en ellos. Cada vez que cogía el metro buscaba en esa esquina de las escaleras para ver si los encontraba. Y así era. A la misma hora, a diario, la imagen se repetía de manera obsesiva. Ellos dos allí abrazados sin inmutarse mientras los transeúntes pasábamos a su lado observándoles.

Un día, sin embargo, la rutina se rompió. La escalera estaba vacía. Tal vez les habían descubierto y habían tenido que cambiar de espacio, de estación. O por el contrario, algo aún peor si cabe: su relación se había formalizado, se había hecho lícita y todo el encanto secreto de los enamorados había desaparecido de manera inmediata.

Lo que estaba claro es que la estación de Arts-Loi había regresado a su normalidad de estación de metro: el gris de las escaleras, las caras somnolientas por las mañanas y cansadas por la tarde, el olor eléctrico de los trenes, en definitiva, lo cotidiano.

Aún hoy, varios meses después, cuando bajo por las escaleras de Arts-Loi tengo la esperanza de volver a verlos, de pensar que aún es posible encontrar islas de personas que buscan la felicidad en el otro, en su contacto, en sus caricias.

Estación de metro Arts-Loi. Bruselas 2010.