viernes, 26 de febrero de 2010

Las siete revueltas




Al igual que la carretera que une La Granja de San Ildefonso con la Bola del Mundo en Navacerrada, la vida da vueltas y revueltas. En 1981, el año del golpe de estado del Teniente Coronel Antonio Tejero, me dio clase un profesor llamado José Pérez Iruela, al que todos llamábamos “Pepe”. Pepe nos daba “Historia de la Filosofía” y creo que con él empecé a pensar como adulto aunque algunos creen que era yo ya un tanto mayorcito, 17 ó 18 años, para que esto ocurriera. De Pepe aprendí los conceptos de “a priori”, “a posteriori”, “innato”, “imperativo categórico”, “super yo”, etc. y conocí por primera vez a personas como Aristóteles, Platón, Sócrates, San Agustín, Duns Scoto, Descartes, Locke, Hume, Feuerbach, Ortega (aunque éste me imagino que en aquellos momentos no se le veía con buenos ojos)….

Pepe me dio una lección que aún hoy recuerdo de cómo motivar a un alumno y mejorar su autoestima y amor por el conocimiento. No debemos olvidar, como he dicho antes, que ese año fue mi primer contacto con el mundo del pensamiento más abstracto, de manera consciente, y el empleo de un léxico que era muy novedoso para mí.

Estábamos estudiando el racionalismo y lógicamente el autor de referencia era René Descartes y sus textos sobre la “duda metódica”. En esto estábamos cuando Pepe me mandó leer uno de los textos que nos servían como arranque para introducirnos en la filosofía. El texto era endemoniadamente enrevesado. Yo lo leía en voz alta una y otra vez sin poderle dar la entonación adecuada ya que la lectura se me hacía de difícil comprensión. Esta situación hizo que mis compañeros de clase no pararan de reír, aunque me imagino que también temblaban sólo de pensar que Pepe les podía mandar continuar leyendo a ellos. De repente Pepe mandó callar y me felicitó por mi insistencia en repetir y repetir el texto hasta conseguir comprenderlo. La clase se calló. Creo que hasta ese momento, por lo general, estábamos acostumbrados a que se hiciera escarnio de nuestra ignorancia.

Luego, después de muchas vueltas, he encontrado a Pepe de nuevo; como Director en el Centro de Investigación y Documentación Educativa, aunque cesado ya ahora como suele pasar con los puestos en la Administración. Aún le brillaban los ojos como cuando era profesor.

En ese mismo instituto donde estudié el bachillerato me encontré con una casta de profesores que ya luego apenas si he visto de nuevo; como si se tratara de una especie en extinción. Eran profesores que creían en el poder de la educación para cambiar las cosas, para mejorar la sociedad y traer la democracia a nuestras vidas. No importaba que unos fueran PNN (Profesores No Numerarios) Agregados de Enseñanza Media o Catedráticos, ¡uf hasta la denominación ha cambiado actualmente por la de “interinos”, profesores de secundaria, y condición de catedrático!, de ahí que lo escriba con minúscula. Todos a su manera peleaban, o al menos eso transmitían que no es poco, por una sociedad mejor. Fue durante esos años donde aprendí una lección que no aparece en los libros de texto: a llegar a la libertad desde la responsabilidad. No hay que olvidar que venía de un colegio privado de curas donde todo se hacía por el “ordeno y mando”. Sin embargo el instituto era como la casa de “tócame roque”, (por cierto situada literariamente en la calle donde vivo en Madrid, Barquillo) al menos aparentemente. Desde los 14 ó 15 años, uno no tenía que dar explicaciones a nadie y se movía libremente por pasillos, seminarios y aulas pero ese aparente caos hacía que uno se tomara las cosas seriamente y participara de manera activa en toda la vida del centro.

Eran días en los que el espíritu democrático se respiraba en los centros educativos. Todo se desarrollaba como en una asamblea, incluso en los grupos de alumnos no había la figura del “delegado de curso” sino una comisión elegida por la clase que luego transmitía libremente las dificultades, peticiones, quejas y demás al grupo de profesores que nos impartían clase.

De esa jerarquía ejercida horizontalmente se fue cambiando a una jerarquía vertical que ha llevado al final a que tanto alumnos como profesores pierdan su interés por la participación ya que saben que siempre habrá alguien que asumirá las responsabilidades, tanto para lo bueno como para lo malo. Esto ha empobrecido la vida de los centros pues a veces parece que se gestionan como si de un ministerio se tratara en donde son más importantes los informes y programas sobre el papel, que no siempre reflejan la realidad o no se cumplen, que el bienestar y conocimiento de profesores y alumnos.

Desde luego no todo era maravilloso en el instituto, también existían los despropósitos más grandes; profesores que llegaban rutinariamente tarde a clase, huelgas generadas por cualquier nimiedad, escasez de materiales didácticos, etc. Lo que peor llevo de esa época es que por una tontería dejé de estudiar griego clásico, les comento:

A mí me gustaba muchísimo tanto el Latín como el Griego. El amor por aquél se debía a una profesora magnífica, catedrática de “pata negra”, como decimos en el argot de los institutos, llamada Teresa Suárez. Como profe de griego teníamos a “Helena con hache”, pues siempre remarcaba así su nombre que parecía ser más clásico que la Elena sin hache habitual. Pues bien, como decía, a mí el Griego, la lengua no se confundan, me gustaba muchísimo, luego en la carrera encontré un placer similar en la asignatura de lingüística germánica impartida por Don Emilio Lorenzo Criado y Doña Teresa Zurdo, y me aplicaba a él con esfuerzo y ganas. Siempre sacaba buenas notas. Mi compañera de mesa, de la que estuve enamorado toda la secundaria y nunca nos dijimos nada, Ángeles, no se le daba muy bien así que como era de rigor me copiaba en los exámenes que hacíamos. Un día, tras un sobresaliente en un examen de verbos a cual más enrevesado y de los cuales Ángeles había copiado concienzudamente como si de un monje amanuense se tratara, la profesora “Helena con hache” nos llamo a su mesa, junto al encerado, y allí me dijo que la próxima vez me iba a suspender por copiar de mi amada compañera.
Por lealtad a ella no dije nada, y ésta me sonrió no sé si diciéndome “qué bueno eres o qué pedazo de gilipollas estás hecho”, pero eso significó que para mí el Griego dejó de ser materia de mi interés al pensar que la profesora en todo ese año había estado dudando de mí al creer que yo copiaba constantemente en vez de estudiar lo que realmente estudiaba. No tuvo la visión suficiente como para distinguir a un estudiante, no por su mera nota en los exámenes si no por el constante esfuerzo cotidiano.

¡Ah! ¡Se me olvidaba! La vida ha dado otra vuelta más hoy mismo y me he reencontrado con mi amiga de pupitre de esos tiempos, Ángeles. Adivinen cómo. Efectivamente, acertaron, a través de facebook. ¡Qué gran invento!

À bientôt!!


lunes, 22 de febrero de 2010

Las amistades


No sé ustedes pero a mí esto de la amistad me parece algo milagroso. ¿Cómo de repente uno conoce a gente de entornos totalmente distintos y se convierte en parte de nuestra vida para siempre, o casi? Yo no consigo explicármelo, sobre todo conociéndome a mí mismo y viéndome como un bicho un tanto raro. Como ya he escrito en algún otro artículo de este blog, a mí me echaron del cole. Esta expulsión supuso la ruptura con todo el grupo de amigos con el que llevaba compartiendo clase nueve años. Debería estar prohibido hacer eso, expulsar, hasta que se demostrara que las amistades de la infancia y adolescencia estaban consolidadas y ya el entorno no influía en ellas, pero vayan ustedes a decirle eso a los directores de coles, sobre todo los privados de esa época, y a los legisladores. Ya les avisé, soy un poco raro.

Pues bien también supuso lo que vulgarmente se denomina “buscarse la vida”. No me quedó más remedio que desarrollar unas habilidades y competencias que no se enseñan normalmente en el aula; habilidades sociales creo que las llaman. A cada sitio que iba uno se tenía que relacionar a la fuerza o por el contrario quedarse más solo que la una. Esta situación me ha permitido conocer a gente interesantísima, algunas de las cuales han seguido en mi vida hasta hoy aunque no nos veamos y estemos alejados físicamente. Lo más curioso es que siendo chico, y habiendo sido educado en un colegio de chicos, la mayoría de mis amigos son amigas. Con las mujeres me entiendo mejor y me gustan más. Puedo decir que tengo tres amigos chicos (y uno de ellos ya no está físicamente entre nosotros), el resto son mujeres. En esta categoría de amigos no incluyo a hermanos y hermanas pues ésa es otra historia, además de amigos son absolutamente necesarios en mi vida.

Un día tuve un grupo de amigos, cuando éramos pequeños, que fueron una referencia de lo que para mí era la amistad durante muchísimos años. Eran como ese paraíso perdido que uno intenta recuperar siempre. Este grupo de amigos eran todos hermanos entre sí, más mi hermano Eugenio y el hijo de la portera de nuestra casa Cloromina, Juan Ramón, más conocido como “el porterín”.

A estos cuatro, que más adelante serían cinco, hermanos les conocíamos como “Los Albertitos”, nada que ver con “Los Albertos”, ésa es otra historia. El nombre se debía a uno de ellos, Alberto, el segundo, que era la mejor persona y el mejor amigo que uno podía tener, hasta el punto de dar el nombre a todo el grupo. El resto eran Miguel Ángel, más largo que un día en el cole, José Luis, más malo que la quina pero absolutamente leal, y Ramón, el más “mono” de todos pues era el pequeño del grupo además de estar subiendose todo el día a los árboles.

Entre “Los Albertitos”, Juan Ramón “el porterín”, mi hermano Eugenio y yo formábamos una buena panda; a veces también se nos unía Valentín, uno que vivía un poco más abajo y al que considerábamos sólo amigo a medias, si es que esa categoría existe.

El recuerdo que tengo es el de estar todo el santo día en la calle. Daba lo mismo que fuera invierno o verano, después del cole salíamos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate “Elgorriaga” y no regresábamos hasta la hora de cenar y, créanlo, no nos pasaba nada; ni estábamos traumatizados por no ver a nuestros padres, por no ver la tele o jugar con la consola de videojuegos ni nos iba del todo mal en el colegio y sobre todo lo pasábamos “chachi piruli pelotilla”.

Nuestro barrio estaba dividido por lo que se conocía como “la cuesta”; un terraplén en el que no se había construido probablemente por el desnivel del terreno. “La cuesta” separaba a los chavales del barrio entre “los de la cuesta de arriba” y “los de la cuesta de abajo” y, claro está, éramos eternos enemigos.
No recuerdo muy bien pero creo que la película de Yves Robert de 1961, “La guerra de los botones”, debió de influir más de lo que nos creíamos en nuestras batallas a pedradas con “los de la cuesta de abajo”. La ponían en la televisión en lo que se llamaba “Especiales Vacaciones” y después de verla salíamos a darnos de pedradas. Eso sí, no cantábamos la canción de los niños de la película que decía:

“Mi pantalón
Se me rompió
Se me va a ver
Todo el calzón”.

Pues en la película quitaban los botones a los “prisioneros enemigos” para escarnio de estos. Pero lo único que de verdad nos diferenciaba de los protagonistas de la película era que no había ni una sola chica, salvo alguna hermana, que no entraba en esa categoría de sexo.

Después, con la edad, las amistades, aunque muy buenas, nunca han podido llegar a ser lo que fue la amistad con “Los Albertitos” y “El porterín”: una amistad de aventuras, de lealtades, de miedos, de aprendizaje, de inocencia, de infancia al fin y al cabo. No sé si ahora facebook puede ofrecernos lo mismo.

Hasta pronto “amigos”.


viernes, 19 de febrero de 2010

On prend un verre ensemble?


Como probablemente sepan muchos de ustedes actualmente me encuentro aquí en Bruselas, Bélgica, durante más o menos un año compartiendo sus usos y costumbres e intentando habituarme a este clima, digamos, poco alegre. Los que han vivido fuera de nuestras fronteras nacionales habrán sufrido eso que los psicólogos llaman el “cultural shock” y que puede ser devastador dependiendo de la distancia a la que uno se encuentre en relación al hogar materno.

Pues bien, pensarán que, estando Bruselas como está a tiro de piedra de nuestro país, siendo todos parte integrante de esta Unión Europea, y además habiendo sido España dueña y señora de estas tierras durante una temporadita, aquí no existe el choque cultural. Se equivocan.

Existe el choque cultural y no porque vean a ese niño meón que llaman Manneken pis disfrazado con no sé cuántos trajes regionales o de dragqueen, o su contraparte la Janneken pis abierta de piernas completamente desnuda miccionando burdamente y al perrito de ambos haciendo sus necesidades en medio de la calle y que como no estés prevenido te tropiezas con él.
Tampoco me refiero a ese choque que se produce cuando uno va a la parte flamenca y habla en francés para pedir un café olé, será porque son flamencos, y le miran con cara de mala leche, será por la leche, y le contestan en una endiablada lengua que llaman flamenco. No, no es por nada de eso. Tal vez sea por lo políticamente incorrectos que se han vuelto, o han sido siempre, estos belgas en comparación con nosotros los españoles del siglo XXI. Les cuento.

Aquí en el centro de la europeidad también ha llegado la influencia de Estados Unidos y en vez de beber el agua a morro del grifo o con un vasito, tenemos por todas partes esos botellones de agua mineral puestos boca abajo y que distribuyen agua a todos los oficinistas y funcionarios que inundamos este país. Pues bien, llevo unos días que cada vez que vengo andando a trabajar aquí, a la Representación Permanente de España ante la Unión Europea, me encuentro con un camión de reparto que abastece a las embajadas del barrio. Y es aquí donde se me produce el “cultural shock”. ¿Cómo es posible que en esta ciudad donde se hace toda la política europea, entre las que se encuentran las políticas de igualdad, haya publicidad como la que hace este camión de reparto? Al menos para un miembro o miembra del Estado español ver este tipo de publicidad es cuanto menos chocante (¿o debería decir también chocanta?).

Es una publicidad donde la mujer tiene, más que nunca un papel, de objeto sexual. Me explico. Justo detrás del camión, en su portalón trasero, con perdón, hay una enorme foto de una mujer desnuda que cubre sus partes pudendas con uno de los garrafones de agua que les indicaba más arriba. El eslogan de la marca es On prend a verre ensemble? Que literalmente quiere decir: ¿nos tomamos un vaso juntos? pero que es la frase que incita a algo más cuando uno flitrea por estos lares. Ya saben ustedes lo que decimos en España cuando nos queremos llevar a alguien al catre; los hombres decimos: ¿nos tomamos una copa? aunque no bebamos, y las mujeres ¿nos tomamos un café? ¡Con churros, no te fastidia!.

Para más inri la compañía de aguas que tiene esta publicidad se llama Sipwell que si lo traducimos al español sería algo así como “sorba bien”. ¡Jo…cuanta carga erótico sexual tiene el agua de marras! ¡Y las feministas belgas sin rechistar un ápice!
Me van a perdonar pero es que viniendo de un país donde la corrección política anglosajona ha calado tan fuerte este anuncio me ha provocado un verdadero choque y no he podido por menos que contárselo. Tal vez sea también porque, a pesar de mi edad, el bromuro que supuestamente nos echaban en la mili para acabar con nuestros impulsos más primarios aún no ha hecho efecto y cada mañana cuando vengo a trabajar y veo el camioncito en la puerta de entrada, subo a todo correr a mi despacho y me tomo mi vasito de agua, soñando, soñando, soñando….
Hasta la próxima queridos lectores y lectoras.

jueves, 18 de febrero de 2010

Más sobre la lectura


Se habrán dado cuenta que los últimos artículos o reflexiones que he publicado en mi blog Educatio, educationis están dedicados, con mayor o menor acierto, al tema de la lectura. Me temo que voy a seguir abundando en este tema máxime teniendo en cuenta que hace muy poco, más exactamente el pasado 3 de febrero de 2010, asistí a la presentación de dos estudios que trataban de explicar los resultados tan deprimentes en cuanto a competencia lectora se refiere.
Ambos estudios son, respectivamente, el proyecto PROREAD llevado a cabo por la Facultad de Psicología de la Universidad de Maastricht en Holanda y coordinado por el neurocientífico Dr. Leo Blomert, y el proyecto ADORE de la Universidad de Leuphana en Lueneburg, Alemania, y coordinado por la Dra.en literatura Christine Garbe.

No creo que sea necesario recordarles que la lectura, y la compresión de textos de todo tipo, es una competencia clave imprescindible para la participación activa en la vida social y cultural de cualquier sociedad así como para tener asegurado un cierto éxito laboral. Parece obvio que los adolescentes europeos alcanzan este grado de competencia lectora al final de la educación obligatoria, sin embargo, a la luz de los resultados del tan manido informe PISA esta afirmación no deja de ser una falacia. Uno de cada cinco jóvenes de 15 años no alcanza los estándares mínimos requeridos sobre esta competencia clave para dirigir o llevar una vida pública, privada y profesional satisfactoria a lo largo de la vida. Es decir, uno de cada cinco jóvenes europeos, de 15 años, no es capaz de leer y comprender lo que lee, correctamente. De esto tratan ambos proyectos de los que les hablaba algo más arriba.

Permítanme que comience con el proyecto-informe dirigido por el Dr. Leo Blomert pues me pareció interesantísimo su punto de vista como neurocientífico. Lo primero que nos hace notar el profesor Blomert, y que probablemente casi ninguno nos habíamos parado a pensar, es que la lectura no es un proceso natural, instintivo, que tenga que ver con la actividad innata del cerebro como podría ser el lenguaje mismo. Asimismo, nos recuerda que la naturaleza del sistema del lenguaje escrito, por ejemplo, la ortografía de un idioma, representa una posible influencia para el desarrollo del rendimiento en la lectura.

El Dr. Blomert compara en once países una serie de aspectos y entre ellos cabe resaltar éste que les digo de la ortografía. Habla de sistemas ortográficos transparentes que serían aquéllos en los que una misma letra se pronuncia casi siempre igual en diferentes palabras (el finlandés y el húngaro serían sistemas transparentes, ¡Quién lo iba a decir!) y sistemas opacos como el inglés; probablemente sepan el ejemplo típico de las vocales inglesas; ¡cinco letras para representar doce alófonos!

La conclusión de esta comparación es que aprender a leer es más fácil en los idiomas transparentes donde una letra casa con un fonema que en idiomas como el inglés o el portugués donde una letra se puede pronunciar de múltiples maneras. Sin embargo, su estudio lleva a otra conclusión y es que los importantes indicadores cognitivos de la lectura no difieren entre unos sistemas ortográficos transparentes y los opacos. Es decir, que el tipo de idioma escrito no influye en las destrezas cognitivas de los lectores que hablan idiomas diferentes, eso sí, el desarrollo lector puede verse ralentizado, como les explicaba antes, por el fenómeno de la transparencia o no del idioma en cuestión.

En su enjundioso estudio el profesor Leo Blomert nos dice que las decisiones en política educativa no tienen demasiado en cuenta los datos de las investigaciones como las que se han llevado a cabo en su estudio y mucho menos cuando los tiempos hacen que no haya recursos suficientes para dedicárselo a estas investigaciones. Concluye aclarándonos que los sistemas eficaces de apoyo a la lectura se caracterizan por altos niveles de apoyo tanto a profesores como a estudiantes y por tanto la recomendación para conseguir una eficacia real en el apoyo a la lectura pasa incondicionalmente por el apoyo concertado de ambas partes.

Así que aprender a leer en los diferentes idiomas no requiere destrezas cognitivas diferentes, tal y como parece haberse asumido hasta ahora, por lo que la intervención eficaz en lectores con pobres resultados puede ser muy útil más allá de las fronteras lingüísticas.
En cuanto al otro estudio que les mencionaba, ADORE, llevado a cabo por la Universidad de Leuphana en Lueneburg, Alemania y coordinado por la profesora doctora Christine Garbe desde un punto de vista más de la literatura que desde la neurociencia pero no por ello menos interesante concluyen lo que a continuación les cuento:

La competencia lectora en todos los países objeto del estudio, salvo en los países nórdicos, se define como competencia que debe ser adquirida en la educación elemental y no necesariamente tiene continuidad después, en otros niveles educativos superiores. Sin embargo éste es un craso error pues la competencia lectora debe desarrollarse sistemáticamente más allá de los primeros momentos de su adquisición durante las diferentes edades y niveles.

Otra conclusión curiosa es que en los países visitados se detecta que los profesores de secundaria, en su mayoría, no tienen conocimiento sobre la diagnosis de una pobre competencia lectora por lo que da lugar a una enseñanza ineficaz de la dicha competencia. Se da una situación crítica entre la etapa conocida como “aprender a leer “y “ leer para aprender”. En la etapa de secundaria la compresión de textos, el enfoque crítico y el uso de textos para el aprendizaje de contenidos es mucho más importante que en la etapa de primaria.

Desde luego que también hay una relación importante con las fuentes de financiación de los centros educativos y de los mismos individuos, el origen socioeconómico de las personas. Hay una conexión entre la calidad de las instituciones y los recursos financieros de las mismas. Sin embargo hay un segundo factor determinante y que es crucial: el apoyo legal que tienen algunos países y que dota a los alumnos del derecho al apoyo individual. Curiosamente es en países como Finlandia y Noruega, donde además de mayor apoyo financiero recogen en su legislación el apoyo individual y lo llevan a cabo, donde los resultados de fracaso de la competencia lectora son menores.

Al igual que en el estudio PROREAD los investigadores de ADORE observaron que hay poca transferencia de conocimiento entre lo que podríamos denominar las ciencias educativas y la práctica educativa. En muy pocos países existe una transferencia sistemática del desarrollo y descubrimientos científicos sobre esta materia y la práctica educativa. Asimismo, tampoco existen muchos ejemplos de práctica educativa referida a problemas concretos de instrucción de competencia lectora hacia las ciencias educativas. En fin, que es más habitual de lo que parece que en ambos campos se miren en direcciones opuestas o al menos, si son en la misma, no se sepa que van de la mano.

Y por último, pero no por ello menos importante, están los valores educativos y los sistemas educativos que también inciden en una mejor o peor adquisición de la competencia lectora. Se identifican dos principios dentro de los sistemas y los valores educativos: El principio de apoyo y el principio de logro. Los sistemas educativos que tienen como referencia el principio de apoyo muestran menos presión selectiva por lo que los alumnos con pobres resultados en lectura tienen más oportunidades de superación de las dificultades lectoras que en los sistemas que siguen el principio de logro. ¿Adivinan en qué país se obtienen mejores resultados lectores y qué principio siguen? Efectivamente, de nuevo Finlandia y con un sistema de orientación al apoyo.
¡Hasta la vista, queridos lectores!




jueves, 11 de febrero de 2010

A vueltas con el socialismo



Adquirir conciencia política no es tarea fácil en los tiempos que corren. ¿Cómo se puede conseguir a través de la educación que los niños y adolescentes se interesen por la política y se hagan críticos con los que gobiernan? La verdad es que no es fácil transmitir esto a través de la educación y menos en la actualidad en que el mercado lo domina todo y que no es conveniente tener ciudadanos con sentido crítico. Es más fácil cubrirnos con la idea de que lo importante es adquirir y mientras tengamos nuestras necesidades materiales innecesarias cubiertas todo está bien no vaya a ser que queramos cambiar a los que están arriba. Cuando yo era adolescente todo era mucho más fácil, de hecho lo único que había interesante era la política. Franco acababa de morir y todo se convulsionaba con la idea de una sociedad más justa, democrática, de todos y para todos. La escuela no se libraba de la politización y desde luego los alumnos tampoco éramos ajenos a estos cambios de mediados y finales de los setenta. Como dije anteriormente mi primera parte de la escolarización la realicé en un colegio de curas del barrio de la Concepción de Madrid. Allí, por muy “progres” que fueran los curas desde luego se respiraba el aire de una institución cuyo secreto para sobrevivir ha sido una inamovilidad prácticamente absoluta. Teníamos por entonces como profesor de Historia a un cura que tenía muchísimos años, el Padre Pascual. Éste ante los acontecimientos políticos que iban a darse como la legalización del Partido Comunista y la presencia cada vez más fuerte del Partido Socialista no dejaba de hablarnos de lo que habían hecho las “hordas rojas” en su tierra, Mallorca, durante el conflicto civil que había sacudido España. Nos contaba como las mujeres decentes sufrían los abusos de los republicanos, incluso llegaban a quitarles los pendientes de las orejas arrancándoles los lóbulos. Ante tanta presión, unos pocos, tres o cuatros, decidimos, inocentemente, que todo había cambiado y que llegaban nuevos tiempos. Para ello nos pusimos pantalones vaqueros en vez de los pantalones grises de tergal del uniforme del colegio; este cambio era para identificarnos con la estética del momento, y si hubiéramos podido nos hubiéramos dejado barba para parecer más progres aún. Luego cogimos unas rosas rojas como las del símbolo socialista que tantos réditos políticos dio durante los años ochenta, y entramos en la clase al grito de “¡socialismo es libertad! El pobre Padre Pascual se echó para atrás muerto de miedo y probablemente recuperando de su memoria algún recuerdo desagradable de su experiencia en la guerra. Esta estupidez propia de adolescente supuso un duro golpe para alguno de nosotros, en mi caso concreto la expulsión del colegio y la incertidumbre de lo que me esperaría en un instituto público. Al mismo tiempo supuso la ruptura con los amigos del colegio a los que no volvería a ver jamás. Perdí sobre todo esa amistad que se forja durante muchos años cuando uno entra de pequeño en el colegio, por el contrario me permitió desarrollar la habilidad de relacionarme lo mejor que podía con gente muy distinta.

Pesca sobre el hielo o sobre la paciencia



A mí siempre me habían enseñado que la paciencia era un saber que llegaba con los años y era, además, necesario cultivar. Pues bien, yo creo que con el tiempo lo que me ha ocurrido ha sido más bien lo contrario; cada día soy más impaciente. Me harta el ser paciente, no sé si les pasa lo mismo que a mí, es igual que con los ordenadores, cuando uno lo enciende éste dice: “espere, por favor”, o en inglés “please, wait”, ambos son muy prosaicos, pero en francés es más digamos sutil: “veuillez patientez”. Me quedo con esta última pues creo que se parece más a lo que quiero expresar; la cuestión es que al final uno se cabrea tanto porque aquello no se abre que empieza a tocar todos los botones y se “escaralla” el asunto. Pues eso me pasa a mí. De verdad. Nos hacen esperar por todo y nosotros nos creemos que al final algo bueno va a ocurrir. ¡Y no les digo ya si se trata de amor! Uno espera y al final lo que ocurre es que te dejan hecho polvo. En fin, ésa es otra historia. Creo que el mundo es de los impacientes; si uno se enfrenta a las cosas con cierta impaciencia, aunque, a veces, se convierta en un auténtico torpe, al menos le queda a uno la satisfacción de haberlo intentado y de no haber perdido mucho tiempo. De todos modos como probablemente no esté muy bien visto eso de ser impaciente, yo intento, de vez en cuando, no crean, cultivar mi paciencia. Y aprendo de lo que veo, se lo demuestro con esta pequeña historia:

“Nos acercamos al Parque Natural de Oka, al oeste de Montreal, Québec. El día se levanta luminoso y con cero grados de temperatura, algo inusual para esta época del año. Se puede llegar al parque cogiendo un tren y luego una “navette” (suena como Star Trek o algo parecido ¿verdad?). Una vez allí comenzamos el día haciendo esquí de fondo. Somos cinco quienes emprendemos la marcha. Amplia extensión de nieve que se deja aplastar bajo el peso de nuestros esquís. Cada uno va a su ritmo. Vamos cubriendo kilómetros entre bosques pelados por el invierno y llanuras blancas que el sol refleja con sus rayos. Después de tres horas de hacer esquí, con el cuerpo cansado y la mente despejada, llegamos al borde del lago “Deux Montagnes” que se halla totalmente helado, aproximadamente un metro de espesor. A lo lejos, en el lago, vemos unas figuras quietas y lo que parecen filas de estacas clavadas en el hielo.

-“¡Están pescando!”, dice uno de los acompañantes.
- “¿Pescando?”, contestamos incrédulos.

Si ya tiene que ser uno paciente para pescar en el mar o en el río ¡Qué no debe ser uno para aguantar con este clima helador horas y horas esperando a que piquen los peces debajo del hielo!

Curiosos, nos quitamos el equipo y empezamos a caminar sobre el lago helado sin ningún respeto por las aguas que hay debajo hasta llegar donde están los pescadores. Lo primero que vemos es un enorme berbiquí negro que tiene en la cabeza un motor pequeño como si fuera el de un fueraborda. Con él han perforado el hielo haciendo agujeros de unos veinte centímetros de diámetro. Son filas de 10 ó 12 agujeros en los que, al lado, han clavado una estaca rematada por una madera en forma de fusil en la que va un sedal con un plomo. Esta especie de caña se balancea cuando el pez empieza a morder el anzuelo, y es en ese momento cuando uno de los pescadores que ha visto el balanceo se precipita sobre el sedal para tentarlo y tirar bruscamente de él cuando considera que la presa ya ha picado. Extraen peces de unos quince centímetros de las heladas aguas. Una y otra vez repiten la acción bajo el frío helador. Paciencia y paciencia añadida, y tal vez mucha necesidad para tener que haber aprendido a robarle a la naturaleza el fruto de sus aguas. Ahora quizás sea un deporte, un entretenimiento pero en su día fue una actividad que permitía aportar algo más variado a la dieta diaria. Aprendemos de nuevo, nos guste o no, como nos adaptamos a las condiciones más adversas jamás imaginadas. Seguimos nuestro sendero, cansados, pensativos, con esa soledad propia del esquiador de fondo”.
Yo aprendo qué es la paciencia de nuevo.