A mí siempre me habían enseñado que la paciencia era un saber que llegaba con los años y era, además, necesario cultivar. Pues bien, yo creo que con el tiempo lo que me ha ocurrido ha sido más bien lo contrario; cada día soy más impaciente. Me harta el ser paciente, no sé si les pasa lo mismo que a mí, es igual que con los ordenadores, cuando uno lo enciende éste dice: “espere, por favor”, o en inglés “please, wait”, ambos son muy prosaicos, pero en francés es más digamos sutil: “veuillez patientez”. Me quedo con esta última pues creo que se parece más a lo que quiero expresar; la cuestión es que al final uno se cabrea tanto porque aquello no se abre que empieza a tocar todos los botones y se “escaralla” el asunto. Pues eso me pasa a mí. De verdad. Nos hacen esperar por todo y nosotros nos creemos que al final algo bueno va a ocurrir. ¡Y no les digo ya si se trata de amor! Uno espera y al final lo que ocurre es que te dejan hecho polvo. En fin, ésa es otra historia. Creo que el mundo es de los impacientes; si uno se enfrenta a las cosas con cierta impaciencia, aunque, a veces, se convierta en un auténtico torpe, al menos le queda a uno la satisfacción de haberlo intentado y de no haber perdido mucho tiempo. De todos modos como probablemente no esté muy bien visto eso de ser impaciente, yo intento, de vez en cuando, no crean, cultivar mi paciencia. Y aprendo de lo que veo, se lo demuestro con esta pequeña historia:
“Nos acercamos al Parque Natural de Oka, al oeste de Montreal, Québec. El día se levanta luminoso y con cero grados de temperatura, algo inusual para esta época del año. Se puede llegar al parque cogiendo un tren y luego una “navette” (suena como Star Trek o algo parecido ¿verdad?). Una vez allí comenzamos el día haciendo esquí de fondo. Somos cinco quienes emprendemos la marcha. Amplia extensión de nieve que se deja aplastar bajo el peso de nuestros esquís. Cada uno va a su ritmo. Vamos cubriendo kilómetros entre bosques pelados por el invierno y llanuras blancas que el sol refleja con sus rayos. Después de tres horas de hacer esquí, con el cuerpo cansado y la mente despejada, llegamos al borde del lago “Deux Montagnes” que se halla totalmente helado, aproximadamente un metro de espesor. A lo lejos, en el lago, vemos unas figuras quietas y lo que parecen filas de estacas clavadas en el hielo.
-“¡Están pescando!”, dice uno de los acompañantes.
- “¿Pescando?”, contestamos incrédulos.
Si ya tiene que ser uno paciente para pescar en el mar o en el río ¡Qué no debe ser uno para aguantar con este clima helador horas y horas esperando a que piquen los peces debajo del hielo!
Curiosos, nos quitamos el equipo y empezamos a caminar sobre el lago helado sin ningún respeto por las aguas que hay debajo hasta llegar donde están los pescadores. Lo primero que vemos es un enorme berbiquí negro que tiene en la cabeza un motor pequeño como si fuera el de un fueraborda. Con él han perforado el hielo haciendo agujeros de unos veinte centímetros de diámetro. Son filas de 10 ó 12 agujeros en los que, al lado, han clavado una estaca rematada por una madera en forma de fusil en la que va un sedal con un plomo. Esta especie de caña se balancea cuando el pez empieza a morder el anzuelo, y es en ese momento cuando uno de los pescadores que ha visto el balanceo se precipita sobre el sedal para tentarlo y tirar bruscamente de él cuando considera que la presa ya ha picado. Extraen peces de unos quince centímetros de las heladas aguas. Una y otra vez repiten la acción bajo el frío helador. Paciencia y paciencia añadida, y tal vez mucha necesidad para tener que haber aprendido a robarle a la naturaleza el fruto de sus aguas. Ahora quizás sea un deporte, un entretenimiento pero en su día fue una actividad que permitía aportar algo más variado a la dieta diaria. Aprendemos de nuevo, nos guste o no, como nos adaptamos a las condiciones más adversas jamás imaginadas. Seguimos nuestro sendero, cansados, pensativos, con esa soledad propia del esquiador de fondo”.
Yo aprendo qué es la paciencia de nuevo.
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