Como probablemente sepan muchos de ustedes actualmente me encuentro aquí en Bruselas, Bélgica, durante más o menos un año compartiendo sus usos y costumbres e intentando habituarme a este clima, digamos, poco alegre. Los que han vivido fuera de nuestras fronteras nacionales habrán sufrido eso que los psicólogos llaman el “cultural shock” y que puede ser devastador dependiendo de la distancia a la que uno se encuentre en relación al hogar materno.
Pues bien, pensarán que, estando Bruselas como está a tiro de piedra de nuestro país, siendo todos parte integrante de esta Unión Europea, y además habiendo sido España dueña y señora de estas tierras durante una temporadita, aquí no existe el choque cultural. Se equivocan.
Existe el choque cultural y no porque vean a ese niño meón que llaman Manneken pis disfrazado con no sé cuántos trajes regionales o de dragqueen, o su contraparte la Janneken pis abierta de piernas completamente desnuda miccionando burdamente y al perrito de ambos haciendo sus necesidades en medio de la calle y que como no estés prevenido te tropiezas con él.
Tampoco me refiero a ese choque que se produce cuando uno va a la parte flamenca y habla en francés para pedir un café olé, será porque son flamencos, y le miran con cara de mala leche, será por la leche, y le contestan en una endiablada lengua que llaman flamenco. No, no es por nada de eso. Tal vez sea por lo políticamente incorrectos que se han vuelto, o han sido siempre, estos belgas en comparación con nosotros los españoles del siglo XXI. Les cuento.
Aquí en el centro de la europeidad también ha llegado la influencia de Estados Unidos y en vez de beber el agua a morro del grifo o con un vasito, tenemos por todas partes esos botellones de agua mineral puestos boca abajo y que distribuyen agua a todos los oficinistas y funcionarios que inundamos este país. Pues bien, llevo unos días que cada vez que vengo andando a trabajar aquí, a la Representación Permanente de España ante la Unión Europea, me encuentro con un camión de reparto que abastece a las embajadas del barrio. Y es aquí donde se me produce el “cultural shock”. ¿Cómo es posible que en esta ciudad donde se hace toda la política europea, entre las que se encuentran las políticas de igualdad, haya publicidad como la que hace este camión de reparto? Al menos para un miembro o miembra del Estado español ver este tipo de publicidad es cuanto menos chocante (¿o debería decir también chocanta?).
Es una publicidad donde la mujer tiene, más que nunca un papel, de objeto sexual. Me explico. Justo detrás del camión, en su portalón trasero, con perdón, hay una enorme foto de una mujer desnuda que cubre sus partes pudendas con uno de los garrafones de agua que les indicaba más arriba. El eslogan de la marca es On prend a verre ensemble? Que literalmente quiere decir: ¿nos tomamos un vaso juntos? pero que es la frase que incita a algo más cuando uno flitrea por estos lares. Ya saben ustedes lo que decimos en España cuando nos queremos llevar a alguien al catre; los hombres decimos: ¿nos tomamos una copa? aunque no bebamos, y las mujeres ¿nos tomamos un café? ¡Con churros, no te fastidia!.
Para más inri la compañía de aguas que tiene esta publicidad se llama Sipwell que si lo traducimos al español sería algo así como “sorba bien”. ¡Jo…cuanta carga erótico sexual tiene el agua de marras! ¡Y las feministas belgas sin rechistar un ápice!
Me van a perdonar pero es que viniendo de un país donde la corrección política anglosajona ha calado tan fuerte este anuncio me ha provocado un verdadero choque y no he podido por menos que contárselo. Tal vez sea también porque, a pesar de mi edad, el bromuro que supuestamente nos echaban en la mili para acabar con nuestros impulsos más primarios aún no ha hecho efecto y cada mañana cuando vengo a trabajar y veo el camioncito en la puerta de entrada, subo a todo correr a mi despacho y me tomo mi vasito de agua, soñando, soñando, soñando….
Hasta la próxima queridos lectores y lectoras.
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