lunes, 22 de febrero de 2010

Las amistades


No sé ustedes pero a mí esto de la amistad me parece algo milagroso. ¿Cómo de repente uno conoce a gente de entornos totalmente distintos y se convierte en parte de nuestra vida para siempre, o casi? Yo no consigo explicármelo, sobre todo conociéndome a mí mismo y viéndome como un bicho un tanto raro. Como ya he escrito en algún otro artículo de este blog, a mí me echaron del cole. Esta expulsión supuso la ruptura con todo el grupo de amigos con el que llevaba compartiendo clase nueve años. Debería estar prohibido hacer eso, expulsar, hasta que se demostrara que las amistades de la infancia y adolescencia estaban consolidadas y ya el entorno no influía en ellas, pero vayan ustedes a decirle eso a los directores de coles, sobre todo los privados de esa época, y a los legisladores. Ya les avisé, soy un poco raro.

Pues bien también supuso lo que vulgarmente se denomina “buscarse la vida”. No me quedó más remedio que desarrollar unas habilidades y competencias que no se enseñan normalmente en el aula; habilidades sociales creo que las llaman. A cada sitio que iba uno se tenía que relacionar a la fuerza o por el contrario quedarse más solo que la una. Esta situación me ha permitido conocer a gente interesantísima, algunas de las cuales han seguido en mi vida hasta hoy aunque no nos veamos y estemos alejados físicamente. Lo más curioso es que siendo chico, y habiendo sido educado en un colegio de chicos, la mayoría de mis amigos son amigas. Con las mujeres me entiendo mejor y me gustan más. Puedo decir que tengo tres amigos chicos (y uno de ellos ya no está físicamente entre nosotros), el resto son mujeres. En esta categoría de amigos no incluyo a hermanos y hermanas pues ésa es otra historia, además de amigos son absolutamente necesarios en mi vida.

Un día tuve un grupo de amigos, cuando éramos pequeños, que fueron una referencia de lo que para mí era la amistad durante muchísimos años. Eran como ese paraíso perdido que uno intenta recuperar siempre. Este grupo de amigos eran todos hermanos entre sí, más mi hermano Eugenio y el hijo de la portera de nuestra casa Cloromina, Juan Ramón, más conocido como “el porterín”.

A estos cuatro, que más adelante serían cinco, hermanos les conocíamos como “Los Albertitos”, nada que ver con “Los Albertos”, ésa es otra historia. El nombre se debía a uno de ellos, Alberto, el segundo, que era la mejor persona y el mejor amigo que uno podía tener, hasta el punto de dar el nombre a todo el grupo. El resto eran Miguel Ángel, más largo que un día en el cole, José Luis, más malo que la quina pero absolutamente leal, y Ramón, el más “mono” de todos pues era el pequeño del grupo además de estar subiendose todo el día a los árboles.

Entre “Los Albertitos”, Juan Ramón “el porterín”, mi hermano Eugenio y yo formábamos una buena panda; a veces también se nos unía Valentín, uno que vivía un poco más abajo y al que considerábamos sólo amigo a medias, si es que esa categoría existe.

El recuerdo que tengo es el de estar todo el santo día en la calle. Daba lo mismo que fuera invierno o verano, después del cole salíamos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate “Elgorriaga” y no regresábamos hasta la hora de cenar y, créanlo, no nos pasaba nada; ni estábamos traumatizados por no ver a nuestros padres, por no ver la tele o jugar con la consola de videojuegos ni nos iba del todo mal en el colegio y sobre todo lo pasábamos “chachi piruli pelotilla”.

Nuestro barrio estaba dividido por lo que se conocía como “la cuesta”; un terraplén en el que no se había construido probablemente por el desnivel del terreno. “La cuesta” separaba a los chavales del barrio entre “los de la cuesta de arriba” y “los de la cuesta de abajo” y, claro está, éramos eternos enemigos.
No recuerdo muy bien pero creo que la película de Yves Robert de 1961, “La guerra de los botones”, debió de influir más de lo que nos creíamos en nuestras batallas a pedradas con “los de la cuesta de abajo”. La ponían en la televisión en lo que se llamaba “Especiales Vacaciones” y después de verla salíamos a darnos de pedradas. Eso sí, no cantábamos la canción de los niños de la película que decía:

“Mi pantalón
Se me rompió
Se me va a ver
Todo el calzón”.

Pues en la película quitaban los botones a los “prisioneros enemigos” para escarnio de estos. Pero lo único que de verdad nos diferenciaba de los protagonistas de la película era que no había ni una sola chica, salvo alguna hermana, que no entraba en esa categoría de sexo.

Después, con la edad, las amistades, aunque muy buenas, nunca han podido llegar a ser lo que fue la amistad con “Los Albertitos” y “El porterín”: una amistad de aventuras, de lealtades, de miedos, de aprendizaje, de inocencia, de infancia al fin y al cabo. No sé si ahora facebook puede ofrecernos lo mismo.

Hasta pronto “amigos”.


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