jueves, 11 de febrero de 2010

A vueltas con el socialismo



Adquirir conciencia política no es tarea fácil en los tiempos que corren. ¿Cómo se puede conseguir a través de la educación que los niños y adolescentes se interesen por la política y se hagan críticos con los que gobiernan? La verdad es que no es fácil transmitir esto a través de la educación y menos en la actualidad en que el mercado lo domina todo y que no es conveniente tener ciudadanos con sentido crítico. Es más fácil cubrirnos con la idea de que lo importante es adquirir y mientras tengamos nuestras necesidades materiales innecesarias cubiertas todo está bien no vaya a ser que queramos cambiar a los que están arriba. Cuando yo era adolescente todo era mucho más fácil, de hecho lo único que había interesante era la política. Franco acababa de morir y todo se convulsionaba con la idea de una sociedad más justa, democrática, de todos y para todos. La escuela no se libraba de la politización y desde luego los alumnos tampoco éramos ajenos a estos cambios de mediados y finales de los setenta. Como dije anteriormente mi primera parte de la escolarización la realicé en un colegio de curas del barrio de la Concepción de Madrid. Allí, por muy “progres” que fueran los curas desde luego se respiraba el aire de una institución cuyo secreto para sobrevivir ha sido una inamovilidad prácticamente absoluta. Teníamos por entonces como profesor de Historia a un cura que tenía muchísimos años, el Padre Pascual. Éste ante los acontecimientos políticos que iban a darse como la legalización del Partido Comunista y la presencia cada vez más fuerte del Partido Socialista no dejaba de hablarnos de lo que habían hecho las “hordas rojas” en su tierra, Mallorca, durante el conflicto civil que había sacudido España. Nos contaba como las mujeres decentes sufrían los abusos de los republicanos, incluso llegaban a quitarles los pendientes de las orejas arrancándoles los lóbulos. Ante tanta presión, unos pocos, tres o cuatros, decidimos, inocentemente, que todo había cambiado y que llegaban nuevos tiempos. Para ello nos pusimos pantalones vaqueros en vez de los pantalones grises de tergal del uniforme del colegio; este cambio era para identificarnos con la estética del momento, y si hubiéramos podido nos hubiéramos dejado barba para parecer más progres aún. Luego cogimos unas rosas rojas como las del símbolo socialista que tantos réditos políticos dio durante los años ochenta, y entramos en la clase al grito de “¡socialismo es libertad! El pobre Padre Pascual se echó para atrás muerto de miedo y probablemente recuperando de su memoria algún recuerdo desagradable de su experiencia en la guerra. Esta estupidez propia de adolescente supuso un duro golpe para alguno de nosotros, en mi caso concreto la expulsión del colegio y la incertidumbre de lo que me esperaría en un instituto público. Al mismo tiempo supuso la ruptura con los amigos del colegio a los que no volvería a ver jamás. Perdí sobre todo esa amistad que se forja durante muchos años cuando uno entra de pequeño en el colegio, por el contrario me permitió desarrollar la habilidad de relacionarme lo mejor que podía con gente muy distinta.

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