jueves, 17 de junio de 2010

Fake Love



La afición, pues no se podía llamar vicio, le había surgido cuando tenía algo más de treinta años. Y no era vicio porque no lo consideraba falta de rectitud o acaso un defecto moral. Tampoco era una desviación, ni un hábito por obrar mal, como mucho se podría considerar una licencia. Era básicamente eso; una inclinación, un empeño.


Al principio buscaba los anuncios en los distintos periódicos nacionales; no importaba si eran ideológicamente de izquierdas o de derechas, republicanos o monárquicos, católicos o laicos. En todos había anuncios que incitaban a ir de putas.


Un día dio el paso y, en vez de quedarse en la excitación provocada por las frases de los anuncios, decidió acercarse a uno de los pisos discretos en los que a cambio de unos cuantos euros cualquiera podía satisfacer sus más secretos caprichos.


La primera vez le temblaban las piernas pues, aunque su vida sexual era bastante activa y había disfrutado de distintas relaciones, era la primera vez que pagaba por ello, bueno, era un decir, porque en sus anteriores experiencias el pago había sido también de muy diversa índole: desamor, frustración, barbaro dolore, pero igual de caro o de barato, según se mirara.


Le temblaban las piernas al ver a todas aquellas mujeres que iban pasando una a una para ser elegidas por el cliente. Todas se quedaban sorprendidas al ver a un hombre joven y apuesto que se acercaba a solicitar sus servicios. Siempre hacían la misma pregunta pues no entendían que pudiera necesitar de ellas:


- “¿Estás casado? ¿Te aburres con ella y necesitas algo nuevo?”


Para él no tenía nada que ver con eso. Era la posibilidad de elegir cada vez a alguien distinto. Poder observar, comparar, imaginar y decidir quién sería esa vez. Sabía que todo era cuestión de unos euros más o menos para disfrutar de algún capricho sin compromiso, sin un no por respuesta.


Después de probar en diversos pisos, el ir a un club con puerta a la calle le aterraba pues siempre pensaba que mil ojos le observarían, constató que más valía elegir uno aunque fuera más caro y repetir sólo en ése. La idea no era mala, pensaba, pues el ir y venir de las chicas permitía que apenas si coincidiera con alguna más allá de un par de veces y, además, siempre habría variación de hembras.


Lo que de entrada fue sólo un, digamos, experimento, se convirtió en un empeño en el más estricto sentido del término pues se obligaba a pagar y a endeudarse poco a poco con un amor que no era tal.


No importaba la hora del día o de la noche, eso era lo bueno de estos servicios, siempre estaban abiertos 24 horas, de repente se le activaba un mecanismo irrefrenable que le incitaba a acudir al piso de costumbre e iniciar el mismo ritual repetitivo: entraba en un salón amplio decorado como si se tratara de la planta de muebles de unos grandes almacenes, esperaba a que pasaran todas las chicas disponibles, algunas estaban “ocupadas” en ese momento, para dudar un instante y elegir haciendo un esfuerzo por recordar cuál le había gustado más. A veces la intensidad de su deseo era tan grande que había pasado con dos a la vez.


Después era introducido en una habitación más pequeña con baño y televisión y el dueño de la “casa” entraba y le preguntaba qué servicio deseaba. La primera vez dijo que quería un “servicio normal” y para su sorpresa la respuesta que recibió fue:


- “Caballero, en esta casa todos los servicios son normales”


De repente descubrió que aquello era un paraíso; podría tener lo que quisiera siempre que dispusiera del dinero suficiente. Lo que no se podía imaginar era que con el tiempo iría dejando sus relaciones verdaderas, sus amigas, para buscar el amor entre las chicas que le sonreían con excesiva facilidad.


Acabó pensando que eran amores que él mismo lograba gracias a sus encantos, a su juventud, a su labia; no se le ocurría pensar que sólo eran fruto de una cartera bien repleta, al menos al principio.


Sin embargo, un día percibió que su vida estaba vacía, y que cuanto más vacía estaba, más pesaba. No se conformaba con el contacto físico, necesitaba hablar y que le escucharan. Las chicas le pusieron el sambenito del “europeo”. Al principio no entendía por qué hasta que una de ellas, apiadada, le dijo que los clientes españoles pagaban por una hora y follaban durante una hora mientras que los “europeos” pagaban por una hora, follaban quince minutos y hablaban sin parar contando sus problemas y soledades el resto del tiempo.


Se le abrieron los ojos. Desapareció durante unos meses. Nadie supo de él en ese tiempo. Cuando regresó sus conocidos le encontraron cambiado; feliz, sonriente, más sosegado. Todos pensaban que para escapar de su destino había recurrido al socorrido encierro en un monasterio, o en un templo de meditación ayurvédico.


La realidad era muy distinta. Ahora regentaba un local de carretera llamado “El Europeo” donde podía disfrutar de su inclinación a la par que hablar libremente con clientes, guardias civiles, y por supuesto, con las chicas.

miércoles, 16 de junio de 2010

Aparentemente


Cincuenta y cinco años. Ni más ni menos. Cincuenta y cinco años juntos, de matrimonio, inseparables. Sin quebrantamientos de la fe debida. O al menos aparentemente.

Eso parecía. Se vieron por primera vez cuando apenas tenían edad; en la escuela rural donde se juntaban los niños de todas las aldeas indistintamente de las edades y del sexo. Se entremezclaban y aprendían todos de todos.

Allí, en un mes de septiembre se cruzaron sus miradas y ya nunca se descruzaron. O al menos aparentemente.

Iniciaron un recorrido difícil pero llevadero al saberse acompañados mutuamente. Sobrepasaron las penurias de un país devastado, con hambruna, gris, mediocre y temeroso de Dios y del poder político. En plena madurez conocieron la esperanza y la ilusión de una nueva vida donde podían expresar lo guardado durante tanto tiempo. O al menos aparentemente.

Tuvieron hijos que a su vez les dieron nietos y todo era rutinariamente perfecto. O al menos aparentemente.

Todo se desató de la manera más inocente. Una de las nietas estaba en plena crisis de joven adulta. Como respuesta a su estado había decidido convertir a los hombres en material fungible; consumirlos con el uso. Sentados a la mesa para el desayuno ambos escuchaban a su nieta contar cómo se sentía y cómo cambiaba de pareja constantemente haciéndose un daño atroz aunque pensara que se lo hacía a sus hombres. Ambos escuchaban con perplejidad. O al menos aparentemente.
Él no tuvo más remedio que intervenir e intentar ilustrar a su nieta con la coherencia de la vida de sus abuelos; su propia vida. Los beneficios de compartir una vida en común. Las ventajas que habían logrado juntos después de cincuenta y cinco años de feliz matrimonio. Los apoyos, la lealtad, la fe del uno en el otro, les aportaba una seguridad que su nieta no llegaría a conocer si no cambiaba de actitud. O al menos aparentemente.

Fue un instante. Una décima de segundo. Pero la mirada de ella, de su mujer, indicaba que algo no era como debería de ser. El brillo de un recuerdo. El inconsciente que traiciona después de cincuenta y cinco años agazapado, hipócrita, en lo más profundo de la mente. En ese preciso instante se percató de que los párpados de su mujer eran como la apariencia en el teatro: una escena pintada sobre un lienzo, oculta por una cortina que se descorre en cierto momento de la representación. Representación que llegaba a su fin después de cincuenta y cinco años.

No se dijeron nada y se lo dijeron todo. Tumbados en la cama. Mirando al cielo del techo no pudieron dormir en toda la noche. Ella por el recuerdo que creía olvidado y que había llenado momentos de su vida inconfesables. Él debido a la sorpresa del descubrimiento que le llenaba de incomprensión e incredulidad.

Sin embargo, a la mañana siguiente, sus vidas continuaron sin mayores sobresaltos. La fe en sí mismos, en su sentido de la coherencia, en la cómoda perfección de la rutina, se extendió hasta el final de sus días.
O al menos aparentemente.

miércoles, 9 de junio de 2010

Humo de Habano



Su promedio consistía en unos tres cigarros al día, marca Montecristo, vitola número 5. Cuando iniciaba el rito de encender el cigarro sopesaba previamente el cilindro de 102 mm. por 15,87 mm. No sabía que tan solo pesaba 5,91 gramos pero su mano actuaba como si de una balanza se tratara.

Fijaba su mirada en el emblema del cigarro: dos espadas cruzadas junto a la flor de lis, recuerdo del origen del nombre dado a la marca en 1935 cuando el lector de la Tabaquería leía a los Torcedores de la Fábrica en la Habana el libro de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Tal fue la aceptación de esa lectura que decidieron ponerle el nombre del protagonista al mejor cigarro puro del mundo.

Encendía suavemente el cigarro y aspiraba el gusto vegetal intensamente. Y sin embargo, no le gustaba. Llevaba fumando más de veinte años y no le gustaba pues siempre le recordaba el origen de su hábito: el miedo. Miedo a ser descubierto.

Todo empezó a los tres años de haberse casado. La conoció por casualidad y se enamoraron inmediatamente. Sus encuentros fueron en aumento y la pasión se fue haciendo cada vez mayor hasta casi convertirse en una obsesión. Tenían que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo para lograr una logística que no fuera descubierta de ninguna manera, pero siempre quedaba su olor.

Aunque se duchara en casa de ella o en la habitación de un hotel y se rociara con un espray de su propia colonia siempre permanecía en él su olor. Un olor a saliva salada, a perfume mezclado con sexo, a cuerpo de mujer, un olor indeleble a pasión física.

Al principio explicar el nuevo hábito de fumar cigarros puros no fue fácil pues él nunca había sido fumador. Explicaba que era una cuestión de estatus social, de aburguesamiento, de elegancia del pasado, de exotismo al pensar que los puros llegaban de Vuelta Abajo en la región de Pinar del Rio desde la querida Perla del Caribe. Todas y cada una de sus excusas se las fue creyendo, y haciéndoselas creer a los demás, pero en su fuero interno sabía que todo se debía a que con el humo dulzón del Montecristo enmascararía el olor de su engaño.

Después, con el paso de los años, cuando todo ya se había terminado y había regresado a la comodidad de la cama propia, no había podido deshacerse del hábito. Mientras inhalaba el humo con el que jugueteaba en la boca y éste se impregnaba poco a poco en sus ropas, en su piel, en su pelo, en sus manos, él, mirando las volutas, tan solo olía la piel de ella y no le quedaba más remedio que seguir enmascarando el aroma.

Sentado en la terraza de un café, al ver a otro fumador de cigarros puros se hacía siempre la misma pregunta: "¿Sentirá el mismo miedo que yo?"

martes, 1 de junio de 2010

El peso de la púrpura



No, no se asusten, no pienso escribir sobre la iglesia o del colegio cardenalicio, colegio que, como saben, constituye la autoridad suprema de la Iglesia y es el organismo que rige la actividad de la Sede apostólica y el gobierno de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, sí sabrán que el llamativo color púrpura es el color de la máxima dignidad exclusivo de emperadores y, dentro de la iglesia católica, de los cardenales “dispuestos a derramar la propia sangre por la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios y por la libertad de la Iglesia”. Pues eso, que hoy vengo a hablarles del peso de la púrpura o lo que es lo mismo de algunos de los jefes que he tenido desde que soy funcionario.

Entenderán que no utilice los nombres de los mismos, o que me abstenga de hablar de los actuales por razones obvias, pues tal vez se sientan un tanto ofendidos con las cosas que me atrevo a decir pero también sé que lo que les cuento es una perspectiva absolutamente subjetiva y por ello les pido que tampoco me tomen muy en serio.

Les voy a hablar de las dos últimas legislaturas gubernamentales, desde el año 2004, y el modelo de jefes que me han tocado en gracia.

A pesar del mucho coaching personal que han recibido algunos de ellos, y de las grandes palabras con las que se les llena la boca desde posiciones ideológicamente progresistas, la mayoría de los jefes que he tenido han sido autoritarios y como tales inseguros; mediocres, por lo tanto inestables en sus decisiones; machistas incluso siendo mujeres, irreflexivos, y, en general, hablando en plata, malísimos jefes.

Entiendo que es muy difícil conjugar las tendencias psicológicas actuales, en cuando a gestión de capital humano se refiere, y una educación y formación basadas en una estructura piramidal, muy jerarquizada y con esclerosis. Cambiar no es fácil y si encima se tiene miedo, cambiar se convierte en una tarea titánica, casi imposible, que no merece la pena emprender.

Muchas serían las anécdotas y situaciones que demostrarían todos los adjetivos que empleo para calificar a mis jefes pero no teman que no les voy a avasallar con ellas.

Los jefes que he tenido van desde meros directores de organismos de investigación a Directores Generales y Secretarias de Estado o Generales pero a todos les une una característica: su ambición en el peor de los sentidos de la palabra. Podríamos decir que son los Heróstratos de la Administración española que para ser célebres se acaban convirtiendo en incendiarios y responsables de la destrucción de este Templo de Artemisa.

A veces me pregunto cómo es posible dejar tan de lado el sentido común, aunque si bien es cierto que este sentido es, en nuestro país, un concepto revolucionario, y hacer y decir algunas de las cosas que dicen o hacen. ¿A ustedes les parece sensato vanagloriarse de que gente de tu propio Gabinete tenga miedo en entrar al despacho y hablar con su Secretaria General? ¿Les parece sensato para crear un equipo de colaboradores y poder llevar a cabo las complejísimas tareas de una Secretaría General con rango de Secretaría de Estado?

¿Se imaginan a un Director General que utiliza como estrategia de escapista, ni el mismo Houdini la superaría, a las nuevas tecnologías? ¿Que cómo? Muy fácil. Se entra a una reunión importante, a saber, una Conferencia Sectorial de un sector concreto con todas las Comunidades Autónomas, o a una conferencia con delegaciones internacionales, con una blackberry (la famosa zarzamora) o con un iphone y al poco de empezar la reunión suena el teléfono y se sale corriendo como si el país se fuera a hundir. Esto no una o dos veces sino de manera constante y empleado sistémicamente.

Para este estilo de jefes la tecnología ha sido un verdadero salvavidas; tienen tantas entradas en el móvil que no pueden hacer otra cosa salvo atenderlas. Por el contrario ha sido la perdición del currito o machaquito de turno que tiene que enfrentarse él solo a los ofendidos asistentes a la reunión.

Y ya no digamos si nos paramos a hablar de la tan manida conciliación entre la vida laboral y familiar. Estos jefes asienten con la cabeza mostrando su “verdadero” interés para, a renglón seguido, convocar una reunión a las 19.00. ¡Eso sí que es saber de eficacia en gestión de tiempo y reuniones!
Nos desborda aún la maldita cultura de la presencia, si es que se puede llamar cultura. No importa si estoy abriendo mi facebook o haciendo un texto para mi blog como hago ahora, lo importante es que esté no que haga. Que parezca que produzco no que produzca. He aquí la gran diferencia con Europa. Una vez terminada la jornada laboral, ésta está terminada y listo pero eso sí, antes me he dedicado a trabajar y no a remolonear o hacer pasillo.

Creerán cuando les cuento esto que se da sólo en la administración pública, no se equivoquen, es un mal de toda la sociedad española, ¿si no por qué los índice tan bajos de productividad? Ahora además me dirán algunos que eso es porque no he sido jefe y no sé de la enorme responsabilidad que supone. Se equivocan de nuevo; he sido jefe y con una enorme responsabilidad, que si se mide en el volumen de gestión financiera no es moco de pavo: ¡8 mil millones de euros! Casi nada ¿verdad?

Sin embargo, y aunque crean que miento, siempre he procurado tener un horario más o menos estable aunque no lo consiguiera la mitad de las veces, de 8.00 a 19.00, que ya me parece inhumano, no trasladar mis preocupaciones a los de más abajo, no ser asambleario sin serlo para no tomar ninguna decisión, me he “pringado” a sabiendas de que podía cometer errores, pensar en la creación de equipos, hacer las reuniones imprescindibles con tiempos y objetivos claros y no para oírme, delegar pero no con el sentido de escaquear reflexivo, en fin, procurando aportar un cierto sentido común a lo que parece un sin sentido.

De todos modos hay algo que no comprendo pues cuando uno intenta sistematizar y racionalizar las cosas parecen salir peor que cuando un jefe utiliza la agresividad, no en el sentido inglés del término aggressive que sería algo así como dinámico, sino en el sentido agresivo del término español llegando al maltrato psicológico de los colaboradores.
Pero de todo esto lo que me parece una auténtica insensatez es el continuo ir y venir de los jefes. Siempre están en reuniones, conferencias, comidas, celebraciones, etc. ¿Para cuándo el tiempo de reflexión? ¿Para cuándo el poder leer detenidamente los documentos y tomar las notas necesarias para tomar las decisiones oportunas? ¿Para cuándo estar solo con uno mismo y evadirse de los halagos innecesarios?

Si yo tuviera la potestad de poder elegir jefes, desde ministros a directores generales, les exigiría un tiempo de estancia en el despacho, de reflexión, es decir, de política entendida como pensamiento y acción pero me temo que eso haría que más de uno estuviera nerviosísimo pues estar tiempo sentado en un despacho trabajando es mucho pedir.

Volviendo al inicio del texto sobre el peso de la púrpura no creo que tengamos ningún jefe actual que esté “dispuesto a derramar la propia sangre por la fe administrativa, por la paz y la tranquilidad del pueblo y por la libertad del país”.

En fin, como ven, ser jefe ya no es ser un cargo sino tener una gran carga, sobre todo para los subordinados, y lo que deberíamos hacer es que se encierren los jefes en el Cónclave, con clave = con llave, y que las tiremos al mar para que no puedan salir.
Hasta la próxima, si es que no me han despedido antes.


Marasmo o être un ours mal léché

Federico Guillermo II (1744-1797) emperador de Prusia, inclinado al misticismo, unido al Rosacrucismo e influido probablemente por el francmason Johann Christoff Wollner, cuando llegó al trono (1786) no se le ocurrió otra cosa que hacer un experimento con bebés. Dicho experimento consistió en lo siguiente: ordenó que varios bebés fuesen aislados y recibiesen tan sólo alimento y cobijo de sus cuidadoras, prohibiendo que les dirigiesen la palabra o cualquier muestra afectiva, con el fin de averiguar en qué idioma hablarían primero. Todos murieron.

Todo esto para comentarles la importancia del contacto, del afecto desde bien pequeñitos. ¿Recibimos suficientes abrazos, caricias, besos, muestras de afecto en general? Creo que en la sociedad actual cada vez menos. Hasta la más primaria de las bestias sabe que es necesario el contacto físico para lograr un desarrollo normal. Los cachorros de mamíferos necesitan ser lamidos o tocados para alcanzar una madurez adecuada.
Fíjense, hasta los franceses utilizan la expresión “être un ours mal léché”, o ser un oso mal lamido, para designar a un hombre o un niño malformado, con mala educación, poco sociable o huraño.
Probablemente se preguntarán que por qué me hago estas reflexiones tan raras. Pues por mera comparación. Hace poco estuve en Bristol, Reino Unido, y allí de repente me di cuenta de qué distintos somos dependiendo de dónde venimos. Imagínense un español afincando en Bruselas y visitando Inglaterra; ¡qué marasmo!, ¡qué paralización!

De repente comprobé lo importante que son los pequeños gestos cotidianos y cuánto nos acercan o cuánto nos separan de los demás. Los españoles somos muy propensos a besarnos, indistintamente si somos hombres o mujeres, a abrazarnos, normalmente los hombres, a darnos la mano o a agarrarnos sin ninguna connotación más allá que la mera afectiva.

Los belgas, dependiendo de si son valones o flamencos (casi tan difícil de distinguir como a los galgos de los podencos), son, aunque no se lo crean, más “sobones” que nosotros. Se dan uno o dos besos pero se los dan constantemente y entre colegas. Sorprende ver a dos tiarrones enormes en el metro haciendo el relevo de turno y darse dos besos para saludarse o despedirse. O a dos adolescentes del mismo sexo saludarse con un beso en el autobús cuando se reencuentran.

También se observa una proximidad física impropia del equivocado estereotipo que tenemos del belga, gris y aburrido. En definitiva, ellos son gente calurosa y probablemente no sufran del marasmo afectivo correspondiente.

Sin embargo, los ingleses, ¡ay, los ingleses!, son otra cosa. Ni siquiera el momento de catarsis colectiva que sufrieron tras el “accidente” de Lady Di les ha cambiado demasiado. Si recuerdan en aquella época, justo cuando ganó el 10 de Downing Street Tony Blair y su hace tiempo malograda Tercera Vía, la sociedad británica, Royal Family incluida, se echó a la calle para demostrar su dolor y cercanía por la muerte de Diana y se pudieron apreciar, por primera vez, amagos de acercamiento al prójimo.

Por el contrario, unos pocos años después, todo ha vuelto a su ser. Siguen sin tocarse. Sorprende ver a familias enteras en un “car boot market” o mercadillo de segunda mano al aire libre, paseando sin apenas tocarse. Se encuentran con amigos y familiares y mantienen la preventiva distancia de dos codos más o menos. Si se besan ya es algo digno de fotografiar. Los niños parecen como si fueran solos, a su bola como decimos vulgarmente en España. Marasmo lo que se dice marasmo, no sé si tendrán, pero a mí me entran verdaderos escalofríos de ver tanta frialdad.

Todo esto para decirles que no se vuelvan muy europeos en el sentido británico de la palabra, es el único caso en el que me parece que el euroescepticismo es admisible; bésense, abrácense, toquen, sean políticamente incorrectos y demuestren su afecto por los demás. No les digo nada si tienen niños a su alrededor: cómanselos a besos. Ya saben que lo más relevante de la vida se aprende (el afecto, el amor, el cariño, entre otras cosas) entre los 0 y los 3 años para luego adquirir conocimientos hasta los 12, después de eso el aprendizaje es mínimo por mucho que hablemos de aprendizaje permanente a lo largo de la vida. No tengan tanto miedo de parecer sobones, o mafiosos italianos, a ojos de un británico. No les hagan mucho caso y ¡hala! A tocarse.

¡Qué lo disfruten!