miércoles, 9 de junio de 2010

Humo de Habano



Su promedio consistía en unos tres cigarros al día, marca Montecristo, vitola número 5. Cuando iniciaba el rito de encender el cigarro sopesaba previamente el cilindro de 102 mm. por 15,87 mm. No sabía que tan solo pesaba 5,91 gramos pero su mano actuaba como si de una balanza se tratara.

Fijaba su mirada en el emblema del cigarro: dos espadas cruzadas junto a la flor de lis, recuerdo del origen del nombre dado a la marca en 1935 cuando el lector de la Tabaquería leía a los Torcedores de la Fábrica en la Habana el libro de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Tal fue la aceptación de esa lectura que decidieron ponerle el nombre del protagonista al mejor cigarro puro del mundo.

Encendía suavemente el cigarro y aspiraba el gusto vegetal intensamente. Y sin embargo, no le gustaba. Llevaba fumando más de veinte años y no le gustaba pues siempre le recordaba el origen de su hábito: el miedo. Miedo a ser descubierto.

Todo empezó a los tres años de haberse casado. La conoció por casualidad y se enamoraron inmediatamente. Sus encuentros fueron en aumento y la pasión se fue haciendo cada vez mayor hasta casi convertirse en una obsesión. Tenían que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo para lograr una logística que no fuera descubierta de ninguna manera, pero siempre quedaba su olor.

Aunque se duchara en casa de ella o en la habitación de un hotel y se rociara con un espray de su propia colonia siempre permanecía en él su olor. Un olor a saliva salada, a perfume mezclado con sexo, a cuerpo de mujer, un olor indeleble a pasión física.

Al principio explicar el nuevo hábito de fumar cigarros puros no fue fácil pues él nunca había sido fumador. Explicaba que era una cuestión de estatus social, de aburguesamiento, de elegancia del pasado, de exotismo al pensar que los puros llegaban de Vuelta Abajo en la región de Pinar del Rio desde la querida Perla del Caribe. Todas y cada una de sus excusas se las fue creyendo, y haciéndoselas creer a los demás, pero en su fuero interno sabía que todo se debía a que con el humo dulzón del Montecristo enmascararía el olor de su engaño.

Después, con el paso de los años, cuando todo ya se había terminado y había regresado a la comodidad de la cama propia, no había podido deshacerse del hábito. Mientras inhalaba el humo con el que jugueteaba en la boca y éste se impregnaba poco a poco en sus ropas, en su piel, en su pelo, en sus manos, él, mirando las volutas, tan solo olía la piel de ella y no le quedaba más remedio que seguir enmascarando el aroma.

Sentado en la terraza de un café, al ver a otro fumador de cigarros puros se hacía siempre la misma pregunta: "¿Sentirá el mismo miedo que yo?"

No hay comentarios:

Publicar un comentario