Cincuenta y cinco años. Ni más ni menos. Cincuenta y cinco años juntos, de matrimonio, inseparables. Sin quebrantamientos de la fe debida. O al menos aparentemente.
Eso parecía. Se vieron por primera vez cuando apenas tenían edad; en la escuela rural donde se juntaban los niños de todas las aldeas indistintamente de las edades y del sexo. Se entremezclaban y aprendían todos de todos.
Allí, en un mes de septiembre se cruzaron sus miradas y ya nunca se descruzaron. O al menos aparentemente.
Iniciaron un recorrido difícil pero llevadero al saberse acompañados mutuamente. Sobrepasaron las penurias de un país devastado, con hambruna, gris, mediocre y temeroso de Dios y del poder político. En plena madurez conocieron la esperanza y la ilusión de una nueva vida donde podían expresar lo guardado durante tanto tiempo. O al menos aparentemente.
Tuvieron hijos que a su vez les dieron nietos y todo era rutinariamente perfecto. O al menos aparentemente.
Todo se desató de la manera más inocente. Una de las nietas estaba en plena crisis de joven adulta. Como respuesta a su estado había decidido convertir a los hombres en material fungible; consumirlos con el uso. Sentados a la mesa para el desayuno ambos escuchaban a su nieta contar cómo se sentía y cómo cambiaba de pareja constantemente haciéndose un daño atroz aunque pensara que se lo hacía a sus hombres. Ambos escuchaban con perplejidad. O al menos aparentemente.
Él no tuvo más remedio que intervenir e intentar ilustrar a su nieta con la coherencia de la vida de sus abuelos; su propia vida. Los beneficios de compartir una vida en común. Las ventajas que habían logrado juntos después de cincuenta y cinco años de feliz matrimonio. Los apoyos, la lealtad, la fe del uno en el otro, les aportaba una seguridad que su nieta no llegaría a conocer si no cambiaba de actitud. O al menos aparentemente.
Fue un instante. Una décima de segundo. Pero la mirada de ella, de su mujer, indicaba que algo no era como debería de ser. El brillo de un recuerdo. El inconsciente que traiciona después de cincuenta y cinco años agazapado, hipócrita, en lo más profundo de la mente. En ese preciso instante se percató de que los párpados de su mujer eran como la apariencia en el teatro: una escena pintada sobre un lienzo, oculta por una cortina que se descorre en cierto momento de la representación. Representación que llegaba a su fin después de cincuenta y cinco años.
No se dijeron nada y se lo dijeron todo. Tumbados en la cama. Mirando al cielo del techo no pudieron dormir en toda la noche. Ella por el recuerdo que creía olvidado y que había llenado momentos de su vida inconfesables. Él debido a la sorpresa del descubrimiento que le llenaba de incomprensión e incredulidad.
Sin embargo, a la mañana siguiente, sus vidas continuaron sin mayores sobresaltos. La fe en sí mismos, en su sentido de la coherencia, en la cómoda perfección de la rutina, se extendió hasta el final de sus días.
O al menos aparentemente.
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