miércoles, 27 de enero de 2010

Hábitos lectores


Si han seguido mi blog comprobarán que no hace mucho publiqué un artículo titulado Librería “Diálogo” en el que comentaba cómo había adquirido mi hábito a leer hasta casi convertirse en una obsesión. Este asunto, la lectura, siempre me ha preocupado pues ¿cómo algo que apasiona, instruye, mata el aburrimiento, ilustra, te hace pensar, vivir otras vidas, morir y renacer, y muchas otras más cosas, no es compartido por todo el mundo? ¿Qué factores inciden para que unas personas sintamos, casi religiosamente, la llamada de la lectura y otras sin embargo no sientan nada ante ella? ¿Qué se hace desde las Administraciones públicas nacionales e internacionales para fomentar los hábitos lectores? Es esta última cuestión la que pretendo analizar someramente aprovechando que ahora me encuentro aquí en Bruselas trabajando durante la Presidencia española del Consejo Europeo 2010 en el sector de la Educación y la Formación.

Cada dos años el Consejo Europeo y la Comisión Europea adoptan un Informe Conjunto sobre la aplicación del programa de trabajo de Educación y Formación 2010, que incluye el campo de la educación superior y el Proceso de Copenhagen de educación y formación profesional. El próximo Informe Conjunto se adoptará en febrero de 2010, bajo Presidencia española, basado en el borrador presentado por la Comisión Europea. El informe del documento de trabajo interno que presenta la Comisión contiene un detallado análisis de progreso comparativo entre países. Dicho informe se basa en contribuciones aportadas por las distintas autoridades competentes de los Estados miembro sobre sus diferentes situaciones nacionales.
Cinco son los indicadores de referencia, más conocidos como “benchmarks” en la jerga europea, que analiza la Comisión en relación al progreso o tendencias de 2000 al 2008. Estos indicadores son los siguientes:

1.- Titulados en Matemáticas, Ciencia y Tecnología.
2.- Participación de adultos en el aprendizaje permanente.
3.- Alumnos con déficit en lectura
4.- Abandono escolar temprano
5. Logros en educación secundaria superior.

Hoy es mi intención abundar tan solo en el indicador de referencia número tres que hace referencia a los jóvenes con déficit en lectura. Y digo sólo jóvenes pues considero que si no se ha adquirido el hábito lector durante la infancia y la juventud difícilmente, aunque no imposible, será adquirirlo ya en edad madura.

La tendencia en todo el ámbito de la Unión Europea, datos comparables entre 18 países, respecto al porcentaje de bajo rendimiento en competencia lectora, o “literacy” en lengua inglesa y su extraña traducción al español como literacia, de los alumnos de 15 años es de un claro deterioro pasando de un 21,3% en el año 2000 a un 24,1% en 2008.

En el caso de España, con datos de 2006, dicho deterioro ha sido más evidente si cabe, pasando de un 16,3% a un 25,7% de bajo rendimiento en competencia lectora. No existen datos disponibles aún de la serie de evolución para los años 2007 y 2008 pero probablemente no sean nada halagüeños.

Otros países de la UE como Reino Unido, Países Bajos, Polonia, Finlandia, Francia, Italia, Bélgica y Dinamarca, entre otros, han sufrido, asimismo, igual deterioro. Fíjense, hasta la muy afamada Finlandia que siempre aparece como modelo por los resultados del informe PISA pierde en competencia lectora. ¿Qué está pasando, al menos en Europa?
Las causas de dicho deterioro son diversas a pesar del esfuerzo que se está llevando a cabo en los distintos sistemas educativos europeos para la mejora de la competencia lectora pero uno de los factores más importante, debido a la evolución de las tecnologías de la información y la comunicación, podría ser el cambio de una sociedad fundamentada en la transmisión de conocimientos por escrito a una sociedad fundamentada en la imagen y en la economía del lenguaje escrito.

Cuando se le pregunta a la Comisión Europea, que es quien presenta los resultados de los estudios e informes, sobre las causas de este clarísimo empobrecimiento lector, siempre se agarra al argumento de que la Unidad responsable es sólo un servicio estadístico que presenta datos descriptivos y nunca vierten opinión al respecto. Es comprensible conociendo a los Estados miembro y su afán porque no se comparen ciertos resultados que harían que saliéramos movidos en determinadas qué fotos. Pero no es menos cierto que si no somos capaces de detectar las causas de la pérdida de competencia lectora difícilmente se podrán poner remedios a este gravísimo problema.

Sería necesario que la Comisión llevara a cabo un estudio, a la vista de los resultados obtenidos en su informe, para establecer con rigor las causas de dicho deterioro y las medidas eficaces que se podrían articular para conseguir los porcentajes establecidos como objetivos, 17% y 15% para 2010 y 2020 respectivamente.
No se nos puede olvidar que según los últimos estudios, 1 de cada 4 europeos no es capaz de entender lo que lee. Esto, a mi entender, deja a muchísimos ciudadanos al borde de la exclusión social, a la incapacidad de movilidad social entendida como superación del estrato social desde el que uno parte, a la imposibilidad de encontrar un puesto de trabajo y un salario dignos. Y sobre todo impide que un gran número de ciudadanos no adquieran un pensamiento crítico y se hagan social, económica y políticamente más vulnerables a la manipulación, así como marginados de uno de los mayores placeres de la vida, según mi criterio claro, como es el acceso a determinadas manifestaciones culturales.
Luchar contra este fracaso social que es la falta de hábitos lectores y todo lo que ello implica, se hace mucho más costoso en un país como el nuestro, España, en el que ya de por sí la lectura ha sido, en términos generales, privilegio de unos pocos, y en el que algunos políticos consideran como bien sociocultural al fútbol y no a la lectura.
A aquéllos que les guste leer párense a pensar, por ejemplo, cómo son nuestras librerías y cómo son nuestras bibliotecas. Las librerías se han convertido en “badulaques” como diría un latino, en “colmaos” como diría un castizo. Son espacios en los que indistintamente uno encuentra siempre lo mismo; mismos libros, mismos autores, mismos editores, mismos best seller, mismos artilugios. Por cierto, que un conocido me decía que Best Seller debía estar forrado por los libros que vendía. Casi suena como esa probable leyenda urbana que ponía en boca del Consejero de Cultura de la Xunta de Galicia con el PP que en no sé qué festival iba a asistir la cantante Carmiña Burana, por el famosísimo carmina burana (pronúnciese con tilde en español, cármina) que no es ni más ni menos que cantos goliardos de los siglos XII y XIII reunidos en el manuscrito encontrado en la Benediktbeuern de Baviera. El significado es “Canciones de Beuern”. ¿Cómo vamos a pretender que se lea más con Consejeros semejantes?

Miren nuestras bibliotecas, donde las haya claro. El poco uso, la poca consideración que se las tiene y sobre todo lo vacías que están salvo cuando llega la hora de los estudiantes y tienen que encontrar un lugar más o menos tranquilo para llevar a cabo las tareas propias de su actividad.

¿Cómo son las casas en España? En términos generales los libros ocupan muy poco espacio, son, como mucho, parte de cierto mobiliario que se encuentra en los salones y que se adornan con ciertos libros para darle no sé qué tono. Por favor, miren los títulos de los libros de esas casas: enciclopedia médica familiar, fauna salvaje, bricolaje activo, etc. Sin embargo el televisor y el ordenador, si no son ya uno mismo, son cada vez más grandes y nos miran como cíclopes con ánimo de apropiarse de nuestras mentes.

No me voy a parar a analizar cuáles son las supuestas causas de esta falta de competencia lectora pues el criterio para seleccionar los motivos serían personales, criterios subjetivos, nada científicos y que probablemente no tendrían ningún valor. Tampoco voy a entrar en el terreno del sexo de la lectura ¿es ésta más femenina que másculina? Por lo que se aprecia en el metro o en autobus matutino es evidentemente femenina; si se ve a algún hombre leyendo éste estará con el Marca o con el As. Sin embargo no estaría mal que aportaran sus ideas enviando comentarios a este texto y así ver si podemos establecer algunos parámetros generales para luego llevar a cabo unas posibles soluciones. ¿Se atreven? Inténtenlo. Gracias.

jueves, 21 de enero de 2010

Librería "Diálogo"




Como ya he mencionado anteriormente, fue con la señorita Paquita con la que aprendí a leer, dejando claro está a mi madre y hermanas mayores que siempre han estado presente en lo que ahora llamamos “animación a la lectura”. Sabido es que a cierta edad adolescente, el amor por la lectura pierde su fuerza, imagino que será también debido al cambio hormonal que nos encamina a intereses más, digamos, “pragmáticos”. En mi caso concreto, y como señal de que el sistema escolar no participa del todo, por no decir en absoluto, en nuestra educación, la animación permanente a la lectura se debe a dos factores: la presencia de libros y su lectura en la casa de mis padres, y la librería de mi cuñado, Federico Sopeña, llamada “Diálogo”.

Entre 1977y 1981 mi hermano Eugenio y yo echábamos una mano por las tardes, de 5 a 8, a nuestro cuñado en su librería de la calle Fernando VI, número 5 de Madrid.

En esos primerísimos años de democracia, toda la vida española estaba politizada y ¿qué mejor sitio que una librería para hacer política? La librería “Diálogo” tenía unos cuarenta metros cuadrados divididos en tres espacios: la librería, un pequeño almacén abuhardillado y con un escaloncillo y un aseo amplio. Según se entraba por una bonita puerta de madera y cristal, a la derecha estaba un enorme mostrador también de madera y con un expositor de cristal en el lateral. En el centro de la sala, una mesa cuadrada toda de cristal y aluminio sobre la que se ponían las novedades editoriales. Alrededor, cubriendo todas las paredes, de arriba abajo, los anaqueles daban cobijo a unos tres mil volúmenes. La librería disponía de un escaparate muy bien situado al que se llegaba abriendo dos portezuelas que servían al mismo tiempo de expositores; lo malo era que los libros que allí poníamos se sujetaban por finas gomas elásticas y cada vez que abríamos las puertas para coger o colocar algún libro, se venía todo abajo.

La política estaba tan presente en la librería que hasta los cristales de la puerta y del escaparate eran “blindados”, al menos pensábamos que resistirían el impacto de una pedrada o de una tuerca disparada con tirachinas. Era ésta la diversión favorita de la ultraderecha española, cuando no les daba por prender fuego a las librerías más importantes y aporrear a sus libreros.

En ese espacio tan reducido todos los días pasaban cosas curiosas. Recuerdo como una tarde entró “un presunto” cliente y dijo que buscaba un libro del que no sabía el título, ni el nombre del autor, sólo sabía que el lomo era naranja. O aquel otro que después de pasarse más de media hora paseando por tan pequeño espacio, se volvió y muy serio dijo:

-“¡Enhorabuena!, sois la única librería de Madrid que tiene la tesis doctoral de Marx”.
¡Y nosotros sin saberlo!
A pesar de todo, se fue sin comprar nada, algo habitual por aquel entonces, y tal vez ahora también.

Nuestros juegos




El juego es un entorno educativo incomparable. Ya de bien pequeñitos nos saca de nuestro ensimismamiento y nos enfrenta a los otros haciendo que aprendamos a compartir, a respetar ciertas reglas, a defender posturas - a veces de un modo un tanto violento- , a ser críticos, a ceder, a sentirnos solos y a tomar partido. El juego nos permite asentar las bases de nuestras relaciones futuras. En los 60 y 70 no teníamos tantos juguetes, aparentemente, como ahora pero sí disfrutábamos de una inmensa variedad de juegos que contribuían al aumento de nuestra imaginación y creatividad. Las primeras clases de “pretecnología” las tuve en la calle. Dos son los artilugios que más recuerdo y que dieron cierta habilidad a mis manos: el “flipper” y el patinete.

El “flipper” intentaba imitar, ni más ni menos, que a las máquinas de bolas o “pinballs”. Esa enorme mesa con tapa de cristal que lanzaba bolas de acero para conseguir puntos dando a “setas” que se iluminaban. Jugando con ellas a peseta o duro dependiendo de las partidas, aprendía uno a tener reflejos, a contar centenas o millares, el índice de probabilidades –al final de cada partida salían números como en una lotería y si coincidían “cantaba” partida extra- a tener tacto, si empujaba uno mucho salía falta y dejabas de jugar, y a compartir ya que al no tener mucho dinero jugabas con un amigo (en esa época las amigas ni existían) a “pachas”.

“Flipper” era el nombre que ponía en letras blancas en muchos de los mandos de dichas máquinas. Pues vista la penuria económica del momento, de vez en cuando nos construíamos “flippers” con tablas de madera, clavos, gomas elásticas y……..¡alfileres de tender la ropa! que hacían las veces de mandos. La ventaja principal de nuestras máquinas frente a la de los bares era que al menos al finalizar la partida no te olían los dedos al tabaco del adulto o adolescente fumón que había jugado antes que tú.

Pero era el patinete la verdadera obra de ingeniería. Para construirlo necesitabas, además de serrucho y martillo, una buena tabla de madera que aguantara tu peso, otras maderas en forma de tacos para hacer el eje de rueda de manillar y sobre todo y más difícil ¡tres ruedas de rodamiento! con sus bolitas de acero incrustadas. La verdad es que no recuerdo de dónde las sacábamos; sólo recuerdo el ir preguntando muy amablemente por los talleres del barrio: “¿tiene ruedas de rodamientos?”

Una vez conseguido todo, nos tirábamos en el suelo de la acera, junto a los alcorques de los árboles, y empezábamos la construcción en serie; los pequeños aprendíamos de los mayores y además interveníamos en las conversaciones. Cuando terminaba la fabricación nos lanzábamos por las calles más empinadas, haciendo un ruido infernal –el rodamiento sobre aceras con baldosas acanaladas- hasta que alguna vecina con enorme dolor de cabeza decidía echar un cubo de agua justo cuando pasábamos debajo de su ventana. Así aprendíamos también a respetar el silencio de los otros.

Economía de mercado





No todo se aprende tal y como se supone se debe de aprender. Mi primer encuentro, al menos que yo recuerde, con el mundo de la economía fue allá por el año 1969, es decir con seis o siete años. Tal vez ahora sea normal pero en aquellos años el que se organizaran fiestas y venta de papeletas para conseguir dinero para excursiones no era nada habitual. ¡Mi cole era muy avanzado en eso también!

No sé cómo llegué a ese punto ni qué excursión se pretendía financiar pero el recuerdo me lleva al enorme patio de colegio, con esa edad y tamaño todos los espacios son enormes, flanqueado por dos porterías de fútbol ¡reglamentarias!, decíamos, y varios campos de mini basket. Vestido con el correspondiente uniforme, a saber, pantalón corto, muy corto, hasta en el más frío de los inviernos, camisa blanca, corbata granate de “chicle”, es decir con un nudo ya hecho y con una presilla unida a una goma elástica que permitía ponérnosla sin dificultad, cubiertos con un jersey de pico gris, también, y con medias y zapatos “gorila”. En la mano un taco de papeletas y esperando a la que la puerta del cole se abriera y vomitara un montón de madres, abuelas y hermanas mayores que nos traían la merienda en la mano. En estás estábamos cuando me acerco a una señora –seguro que no tenía más de treinta años- y le digo:

- “¿Me vende una papeleta?”

Su carcajada aún resuena en mis oídos. Me contestó:

- “No, hombre, no. Será ¿me compra una papeleta?”

En ese momento ocurrieron dos cosas: se me iluminó la economía de mercado y entendí que el puesto de cromos y chucherías me vendía y yo le compraba, y la segunda fue que hice el primer y creo que único negocio de mi vida; ¡vendí una papeleta!


viernes, 15 de enero de 2010

Aput


No sé cuál es el motivo pero siempre que algún profesor de lingüística, de socio lingüística o cualquier modesto profesor de idiomas quiere hacernos ver que el lenguaje refleja la realidad próxima, la que conocemos más directamente, siempre nos ponen el ejemplo de los mal llamados esquimales, “comedores de carne cruda” en su propio idioma, ellos son “inuit”, simplemente “gente”. Pues bien, siempre se nos pone como ejemplo la palabra “nieve”, y se nos dice que en su idioma existen más de cien términos para designarla; nada más lejos de la realidad, ellos la llaman “aput”, eso, nieve. Otra cosa bien distinta es cómo puede ser la “aput”. No es lo mismo para un español que para un canadiense y mucho menos para un español que vive en Canadá como es mi caso.

Ahora es verano casi, es junio cuando reflexiono sobre esto y parece que el invierno está muy lejos aún pero lo que está claro es que la estación importante aquí, lo que realmente marca la vida es el invierno, no el verano. Incluso en los billetes de cinco dólares canadienses, junto a la figura del primer ministro durante los años 1896-1911, Sir Wilfrid Laurier, en el reverso del papel, se aprecian unos niños jugando al jockey sobre hielo y la siguiente inscripción en inglés y en francés:

“Les hivers de mon enfance
étaient des saisons longues, longues
Nous vivions en trois lieux:
l´école, l´église et la patinoire, mais
la vraie vie était sur la patinoire »

« The winters of my childhood were
long, long seasons. We lived in
three places- the school, the church
and the skating rink- but our real life
was on the skating rink”

La traducción sería algo así como: “Los inviernos de mi infancia eran muy largos. Vivíamos en tres lugares: la escuela, la iglesia y la pista de patinaje sobre hielo pero la verdadera vida se daba sobre la pista de hielo”.

Ya ven, desde que uno nace en Canadá la nieve es parte inseparable de la vida. Los bebes no van en cochecitos sino en trineos y aunque haga un frío de mil demonios se les saca a pasear. No estaría mal que alguna madre y padre españoles que “encebollan” a sus bebes en invierno se vinieran aquí y vivieran lo que es realmente frío y se dejaran de pamplinas con esos: “uy, no podemos salir pues el bebe se pondría malito, hace 10 grados-sobre cero claro-.

Pues bien, como les decía la nieve es algo inseparable de la vida de este país. Hacer el “ángel” aquí no es tirarse a la piscina abriendo los brazos sino tirarse en la nieve de espaldas y con los brazos y piernas en aspa moviéndolas para dejar una marca de “ángel” en el suelo. Otro de los juegos, éste un tanto más brutito, consiste en sacar la lengua y pegarla a un poste o a un buzón de correos de esos típicos americanos y ver quien aguanta más, luego tirar de la lengua. Pruébenlo en casa con una de esas antiguas bandejas para hacer hielo de aluminio o de no sé qué metal, verán que “gustito” da, pero añádanle algún grado menos.

La nieve tiene grandes ventajas; da una sensación de limpieza y de paz a la ciudad que no se apreciaría en ninguna otra situación. La caída de la nieve mitiga cualquier ruido y todo se convierte en un remanso de quietud. La luz intensa de este país en invierno le impide a uno caer en el hastío pues la variedad de tonalidades incluso sobre el blanco níveo es impresionante. Por el contrario también supone grandes incomodidades. El “slush” es decir la especie de granizado que se forma con las rodadas de los coches, las pisadas, los abrasivos y la sal que se echa para evitar las caídas y despejar carreteras hace que todo se convierta al final del invierno en una especie de lodazal. Al llegar a las casas, propia y ajenas, lo primero que hace uno es quitarse los zapatos. Para mí era un incordio pues tenía que evitar los calcetines con “tomates” no vaya a ser que tuviera uno que llegar a cualquier casa y pedir disculpas por enseñar medio dedo a través del calcetín o mostrar esa uña que parece más un mejillón que nos destroza cualquier cosa que nos pongamos. Algunas personas llevan siempre unos zapatos de vestir o zapatillas de andar por casa en el bolso o mochila, esa es otra característica de este país todo el mundo va con mochilitas, para las visitas a cualquier sitio o al mismo trabajo.

Nota: después de releer este artículo ha nevado intensamente aquí en Bruselas y otro tanto en Madrid. Oh, aput, aput.




jueves, 7 de enero de 2010

Sexualidad o ¿clase de biología?



Lo que ahora puede parecer algo habitual, hablar de sexo, cuando yo era pequeño era como llamarle a uno “comunista”, “troskista”, “rojo”, en fin, una barbaridad. Afortunadamente en casa se veía con normalidad pero ¡lo que era en el colegio……….!

Allí de vez en cuando se comentaba entre nosotros que nos iban a dar clase de sexualidad y, claro está, esperábamos la clase con gran expectación. Después llegaba el profesor de Ciencias y empezaba a comparar los espermatozoides de diversos mamíferos. Tal vez fuera una clase sobre bestialismo pero la verdad es que nos quedábamos con las ganas de ver y de saber algo realmente más interesante.

Sin embargo esa falta de información se suplía con la “desinformación” que nos aportaban los supuestos “expertos” de cursos superiores. Yo no recuerdo cuándo empecé a ser consciente de determinados términos o expresiones pero sí recuerdo algo que me puso en contacto directo con la sexualidad de otro.

En aquella época merodeaban por el parque cercano al colegio dos chavales de etnia distinta a la nuestra a quienes llamaban “El Fali” y “El Banano”. Eran el terror de los chicos del cole, al menos de los más pequeños. Un día nos retrasamos un rato en el parque jugando a las canicas. Era uno de nuestros juegos favoritos. Siempre llevábamos canicas en el bolsillo y un palo para hacer un agujero o “gua” en el suelo de arena. Entre las canicas siempre había un “cañamón”, que era diminuto, el “boloncio”, la más grande de todas las canicas normalmente de cristal verde botella, y la reina de las canicas, la “bola americana o de mármol”. Esta última era de gran valor pues se suponía que sólo la traían de Estados Unidos, de ahí su nombre de “americana” o de mármol, “marble” en inglés. Por el barrio siempre había soldados americanos, algunos negros enormes, que habitaban allí y que trabajaban en la lejana base de Torrejón de Ardoz y suponíamos que eran ellos los encargados de pasarlas de contrabando fuera de la base.

Como digo, estábamos jugando a las canicas, tirados en el suelo, cuando veo que mis “amigos” salen corriendo, me pongo de pie y me doy de bruces con “El Fali” y “El Banano”. Estos, sonrientes, me quitan las canicas y me miran complacientes. Yo pensaba que me iban a hacer la fatídica pregunta que siempre se contaba en el colegio: “¿Pinchazo o pellizco? El pinchazo se refería a clavarte una navaja y el pellizco a un retorcimiento de la carne del brazo con unos alicates. Ya estaba yo decidiendo cual de las dos torturas me dolería menos cuando oigo a uno de ellos que me dice: “Si me haces una “paja” te devuelvo las canicas”. Yo no sabía lo que era aquello pero por si las moscas salí corriendo tan deprisa que alcancé a mis compañeros de clase. Luego, con el tiempo, aprendí a qué se referían y me alegro de haber salido por piernas. Durante mucho tiempo estuve soñando con esa escena y siempre que iba al parque miraba con atención por si me los volvía a encontrar. Lo peor es que nunca pude recuperar las canicas.

Otra lección de sexualidad fuera del aula pero en el colegio fue sobre homosexualidad. Entre los compañeros siempre se empleaban términos muy descriptivos para este tipo de tendencia y para saber qué significaba exactamente se mencionaba siempre a “Don Victor” que supuestamente era “marica”. No se utilizaban por entonces términos menos dañinos como “gay”, no, “marica” era lo más suave que se le podía llamar a uno. Así pues Don Victor era un profesor muy joven que además de darnos clase en segundo, hacía guardias de comedor. Después de comer salíamos al patio y allí jugábamos a los juegos más burros como “churro-media-manga-manga-entera”, más conocidos como “churromedimangamangotera”, o a “dóla”. Eran, como se llaman ahora: “deportes de contacto”. Era en estas ocasiones cuando Don Victor, supuestamente, se “ponía las botas” pues en el remolino de piernas, cabezas y brazos, él aprovechaba para tantear a algún niño. Probablemente no hubiera ninguna intención en ello pero por si las moscas, los que ya sabíamos que era ser “marica”, nos alejábamos prudentemente, no hay que olvidar que en aquella sociedad y en un colegio segregado de chicos, aquello era una de las peores cosas que, desgraciadamente, podía uno ser.

También recuerdo perfectamente la primera revista “porno” que tuve en mis manos. Fue en 1975 en Inglaterra, en la estación de tren de un pueblo de la costa sur que se llama Lewis. Con 12 años y en España era impensable ver una revista como “Penthouse”, pues ésta era la revista. Debió comprarla alguno de los chicos mayores o que, al menos, aparentaba dieciocho años pues no las vendían a menores de esa edad. Además de la página central desplegable, lo más llamativo era el “artículo de opinión” que aunque uno no entendía nada de lo que ponía, no olvidemos que estaba en inglés y aún no lo leía, que estaba encabezado por la foto de un pintalabios rojo con forma de pene. Por sutil intuición supe por primera vez lo que podía ser el sexo oral. Más tarde llegué a entender que “Penthouse” era una revista más erótica que pornográfica y descubrí que escritores y personajes relevantes escribían artículos, algunos de ellos realmente buenos. Doce años después, en el servicio militar, sí que vi auténticas revistas porno pero de eso si que no merece la pena hablar.

Como profesor, años después, siempre fui partidario de que se impartiera educación sexual en las aulas aunque, desgraciadamente, no siempre se diera con rigor, incluso se llegaba a dejar en manos de compañías de compresas y tampones que, aprovechándose de nuestros escasos recursos en los institutos, venían a dar supuestos talleres en los que solían terminar regalando a las chicas dichos artículos de sus marcas para ganar nuevas clientas.