Lo que ahora puede parecer algo habitual, hablar de sexo, cuando yo era pequeño era como llamarle a uno “comunista”, “troskista”, “rojo”, en fin, una barbaridad. Afortunadamente en casa se veía con normalidad pero ¡lo que era en el colegio……….!
Allí de vez en cuando se comentaba entre nosotros que nos iban a dar clase de sexualidad y, claro está, esperábamos la clase con gran expectación. Después llegaba el profesor de Ciencias y empezaba a comparar los espermatozoides de diversos mamíferos. Tal vez fuera una clase sobre bestialismo pero la verdad es que nos quedábamos con las ganas de ver y de saber algo realmente más interesante.
Sin embargo esa falta de información se suplía con la “desinformación” que nos aportaban los supuestos “expertos” de cursos superiores. Yo no recuerdo cuándo empecé a ser consciente de determinados términos o expresiones pero sí recuerdo algo que me puso en contacto directo con la sexualidad de otro.
En aquella época merodeaban por el parque cercano al colegio dos chavales de etnia distinta a la nuestra a quienes llamaban “El Fali” y “El Banano”. Eran el terror de los chicos del cole, al menos de los más pequeños. Un día nos retrasamos un rato en el parque jugando a las canicas. Era uno de nuestros juegos favoritos. Siempre llevábamos canicas en el bolsillo y un palo para hacer un agujero o “gua” en el suelo de arena. Entre las canicas siempre había un “cañamón”, que era diminuto, el “boloncio”, la más grande de todas las canicas normalmente de cristal verde botella, y la reina de las canicas, la “bola americana o de mármol”. Esta última era de gran valor pues se suponía que sólo la traían de Estados Unidos, de ahí su nombre de “americana” o de mármol, “marble” en inglés. Por el barrio siempre había soldados americanos, algunos negros enormes, que habitaban allí y que trabajaban en la lejana base de Torrejón de Ardoz y suponíamos que eran ellos los encargados de pasarlas de contrabando fuera de la base.
Como digo, estábamos jugando a las canicas, tirados en el suelo, cuando veo que mis “amigos” salen corriendo, me pongo de pie y me doy de bruces con “El Fali” y “El Banano”. Estos, sonrientes, me quitan las canicas y me miran complacientes. Yo pensaba que me iban a hacer la fatídica pregunta que siempre se contaba en el colegio: “¿Pinchazo o pellizco? El pinchazo se refería a clavarte una navaja y el pellizco a un retorcimiento de la carne del brazo con unos alicates. Ya estaba yo decidiendo cual de las dos torturas me dolería menos cuando oigo a uno de ellos que me dice: “Si me haces una “paja” te devuelvo las canicas”. Yo no sabía lo que era aquello pero por si las moscas salí corriendo tan deprisa que alcancé a mis compañeros de clase. Luego, con el tiempo, aprendí a qué se referían y me alegro de haber salido por piernas. Durante mucho tiempo estuve soñando con esa escena y siempre que iba al parque miraba con atención por si me los volvía a encontrar. Lo peor es que nunca pude recuperar las canicas.
Otra lección de sexualidad fuera del aula pero en el colegio fue sobre homosexualidad. Entre los compañeros siempre se empleaban términos muy descriptivos para este tipo de tendencia y para saber qué significaba exactamente se mencionaba siempre a “Don Victor” que supuestamente era “marica”. No se utilizaban por entonces términos menos dañinos como “gay”, no, “marica” era lo más suave que se le podía llamar a uno. Así pues Don Victor era un profesor muy joven que además de darnos clase en segundo, hacía guardias de comedor. Después de comer salíamos al patio y allí jugábamos a los juegos más burros como “churro-media-manga-manga-entera”, más conocidos como “churromedimangamangotera”, o a “dóla”. Eran, como se llaman ahora: “deportes de contacto”. Era en estas ocasiones cuando Don Victor, supuestamente, se “ponía las botas” pues en el remolino de piernas, cabezas y brazos, él aprovechaba para tantear a algún niño. Probablemente no hubiera ninguna intención en ello pero por si las moscas, los que ya sabíamos que era ser “marica”, nos alejábamos prudentemente, no hay que olvidar que en aquella sociedad y en un colegio segregado de chicos, aquello era una de las peores cosas que, desgraciadamente, podía uno ser.
También recuerdo perfectamente la primera revista “porno” que tuve en mis manos. Fue en 1975 en Inglaterra, en la estación de tren de un pueblo de la costa sur que se llama Lewis. Con 12 años y en España era impensable ver una revista como “Penthouse”, pues ésta era la revista. Debió comprarla alguno de los chicos mayores o que, al menos, aparentaba dieciocho años pues no las vendían a menores de esa edad. Además de la página central desplegable, lo más llamativo era el “artículo de opinión” que aunque uno no entendía nada de lo que ponía, no olvidemos que estaba en inglés y aún no lo leía, que estaba encabezado por la foto de un pintalabios rojo con forma de pene. Por sutil intuición supe por primera vez lo que podía ser el sexo oral. Más tarde llegué a entender que “Penthouse” era una revista más erótica que pornográfica y descubrí que escritores y personajes relevantes escribían artículos, algunos de ellos realmente buenos. Doce años después, en el servicio militar, sí que vi auténticas revistas porno pero de eso si que no merece la pena hablar.
Como profesor, años después, siempre fui partidario de que se impartiera educación sexual en las aulas aunque, desgraciadamente, no siempre se diera con rigor, incluso se llegaba a dejar en manos de compañías de compresas y tampones que, aprovechándose de nuestros escasos recursos en los institutos, venían a dar supuestos talleres en los que solían terminar regalando a las chicas dichos artículos de sus marcas para ganar nuevas clientas.
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