jueves, 21 de enero de 2010

Nuestros juegos




El juego es un entorno educativo incomparable. Ya de bien pequeñitos nos saca de nuestro ensimismamiento y nos enfrenta a los otros haciendo que aprendamos a compartir, a respetar ciertas reglas, a defender posturas - a veces de un modo un tanto violento- , a ser críticos, a ceder, a sentirnos solos y a tomar partido. El juego nos permite asentar las bases de nuestras relaciones futuras. En los 60 y 70 no teníamos tantos juguetes, aparentemente, como ahora pero sí disfrutábamos de una inmensa variedad de juegos que contribuían al aumento de nuestra imaginación y creatividad. Las primeras clases de “pretecnología” las tuve en la calle. Dos son los artilugios que más recuerdo y que dieron cierta habilidad a mis manos: el “flipper” y el patinete.

El “flipper” intentaba imitar, ni más ni menos, que a las máquinas de bolas o “pinballs”. Esa enorme mesa con tapa de cristal que lanzaba bolas de acero para conseguir puntos dando a “setas” que se iluminaban. Jugando con ellas a peseta o duro dependiendo de las partidas, aprendía uno a tener reflejos, a contar centenas o millares, el índice de probabilidades –al final de cada partida salían números como en una lotería y si coincidían “cantaba” partida extra- a tener tacto, si empujaba uno mucho salía falta y dejabas de jugar, y a compartir ya que al no tener mucho dinero jugabas con un amigo (en esa época las amigas ni existían) a “pachas”.

“Flipper” era el nombre que ponía en letras blancas en muchos de los mandos de dichas máquinas. Pues vista la penuria económica del momento, de vez en cuando nos construíamos “flippers” con tablas de madera, clavos, gomas elásticas y……..¡alfileres de tender la ropa! que hacían las veces de mandos. La ventaja principal de nuestras máquinas frente a la de los bares era que al menos al finalizar la partida no te olían los dedos al tabaco del adulto o adolescente fumón que había jugado antes que tú.

Pero era el patinete la verdadera obra de ingeniería. Para construirlo necesitabas, además de serrucho y martillo, una buena tabla de madera que aguantara tu peso, otras maderas en forma de tacos para hacer el eje de rueda de manillar y sobre todo y más difícil ¡tres ruedas de rodamiento! con sus bolitas de acero incrustadas. La verdad es que no recuerdo de dónde las sacábamos; sólo recuerdo el ir preguntando muy amablemente por los talleres del barrio: “¿tiene ruedas de rodamientos?”

Una vez conseguido todo, nos tirábamos en el suelo de la acera, junto a los alcorques de los árboles, y empezábamos la construcción en serie; los pequeños aprendíamos de los mayores y además interveníamos en las conversaciones. Cuando terminaba la fabricación nos lanzábamos por las calles más empinadas, haciendo un ruido infernal –el rodamiento sobre aceras con baldosas acanaladas- hasta que alguna vecina con enorme dolor de cabeza decidía echar un cubo de agua justo cuando pasábamos debajo de su ventana. Así aprendíamos también a respetar el silencio de los otros.

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