martes, 16 de marzo de 2010

¿Por qué no hay gordos en Bélgica?


En Bélgica no hay gordos. O al menos aquí, en Bruselas. Si uno se pasea por el Sablon, por la Grand Place, por Ste. Catherine, por la Place Barricades, por Trone, por el Parque del Cincuentenario, en fin, si uno se pasea por cualquier sitio de Bruselas comprobará que no hay gordos. No se ve esa obesidad mórbida que ya se empieza a ver en algunos países europeos, entre ellos el nuestro, España.

Y yo me pregunto ¿cómo es posible si aquí no existe la tan afamada dieta mediterránea? ¿Cómo es posible no ser gordo tomándose las deliciosas cervezas de alta gradación y fuerte sabor? ¿Cómo es posible no ser gordo comiéndose uno el plato típico belga: les frites avec des sauces? ¿Cómo es posible no ser gordo tomando la deliciosa carbonnade flamande preparada con carne magra y cocida a fuego lento con cerveza negra? ¿Y qué decir del stoemp o puré de patatas con puerro? Es verdad que los moules no engordan pero siempre van acompañados de frites, de pan con mantequilla, una cervecita Chimnay, Leffe, Leon o cualquiera de las trescientas o cuatrocientas variedades distintas que por aquí tienen. Y sin embargo, aquí no hay gordos. En serio, no hay gordos.

Me pregunto si será porque son muy deportivos. Por las mañanas se les ve montando en bicicleta para ir a trabajar, no importa el tiempo que haga: frío, lluvia, nieve. Tampoco importa que esta ciudad no sea especialmente llana como otras de los Países Bajos. Se ponen sus chubasqueros de cuerpo y piernas, sus chalecos reflectantes y las luces parpadeantes de las bicis y……..a rodar. También se les ve correr por todos los parques de la ciudad, sobre todo a las mujeres. Gimnasios no se ven tanto como en España pero haberlos hay los. Sin embargo, nada de esto es el causante de tan buena forma física. No.

No se lo van a creer pero para mí el que no haya gordos se debe sobre todo al metro. ¿Al metro? Se preguntarán. Sí, sí, al metro de Bruselas, al STIB o Societé de Transport Intercommunaux de Bruxelles.

El metro de Bruselas deja bastante que desear en comparación con el que tenemos, por ejemplo, en Madrid. Es verdaderamente sorprendente comprobar que las escaleras mecánicas no funcionan nunca, indistintamente de la estación y del barrio en el que uno se encuentre. En el mío, entre Merode y Schuman, las escaleras mecánicas están siendo siempre reparadas. Da lo mismo la hora del día o de la noche, las escaleras siempre, sistemáticamente, están estropeadas y, obviamente, siendo reparadas. En fin, un auténtico despropósito. Sin embargo, el que estén estropeadas no es lo peor. Lo peor es cuando uno intenta salir a la calle y descubre que ni Ariadna con su madeja de hilo nos serviría de ayuda para salir de tan laberíntico espacio. Uno se pregunta cómo es posible que la verticalidad de una escalera mecánica se convierta en pasadizos, tramos de escalera y pasillos más que largos. Ahora entenderán por qué no hay gordos aquí en Bruselas. Si le echan un poco de imaginación se verán bien abrigaditos, con el metro petado de gente y teniendo que subir al exterior, sudando la gota gorda. Esto es peor que un baño turco y por eso estamos los que vivimos aquí, yo incluido, con cuerpos esculturales y silfídeos.

Tal vez deberíamos recomendarle esta “terapia de adelgazamiento metropolitano” a la Señora Aguirre para que desde la gestión del metro madrileño se estropearan todas las escaleras mecánicas del metro y así fomentar la buena salud. Mataríamos tres pájaros, no dos, de un tiro: se olvidaría de su objeción de conciencia para con el IVA, de su ley de permisión del tabaco en establecimientos públicos, y lo que es más importante, daría trabajo y beneficio a alguna compañía reparadora de escaleras mecánicas que seguro buena falta les hace.

¡Que ustedes las suban bien!


miércoles, 10 de marzo de 2010

El estudio




No recuerdo muy bien cuándo empecé a tener afición al estudio. Si me comparo con mis hijos, cuando nosotros teníamos 9, 10, 11 ó algún año más no teníamos demasiados deberes. El deber principal después de la escuela era comerse un trozo de pan con una onza de chocolate “Elgorriaga” y dedicarnos a jugar a las chapas, a la lima o a las canicas. Sin embargo, en algún momento algo hizo clic en mí y de repente las ansias por leer, por aprender, por intentar entender lo que pasaba a mi alrededor fueron haciéndose cada vez mayores.

Cuando éramos pequeños nos quedábamos a comer en el colegio, toda una experiencia que ya les contaré algún día, y después, justo en plena siesta, teníamos lo que llamaban “Estudio”. Consistía en meternos en un aula magna, con gradas, tanto a mayores de pre-universitario como a los de primaria para que hiciéramos tareas o leyéramos cualquier cosa. Era increíble cómo podían mantener a tanto chaval en silencio, sin rechistar. En esos momentos yo no tenía ningún interés por el estudio o al menos no sabía en qué consistía y me pasaba la mayor parte del tiempo dibujando batallitas.
Primero empecé con los romanos, luego me fui a indios y vaqueros y por último a batallas de la segunda guerra mundial. Esos dibujos los hacía a escondidas pues el profesor de guardia, habitualmente el Bola, como se enterara se te caía el pelo. Un día me descuidé debido a mi enmimismamiento con una lucha de gladiadores que estaba pintando en el coso romano, cuando, como águila que se abalanza sobre el conejito distraído, el Bola apareció con su gran sombra cubriendo el pupitre y de un manotazo me arrancó el papel. Seguidamente me agarró por la patilla y me sacó al encerado. Allí, sin soltarme la patilla y meneando el folio con el dibujo, se dirigió a mi hermano Eugenio y le dijo:

-“Señor Alfaya, mire lo que hace su hermano en vez de dedicarse al estudio”

Lo peor de todo es que mi hermano, la verdad es que tampoco podía hacer más, puso el gesto serio y asintió. Me sentí totalmente abandonado a mi suerte. El Bola me dio un capón de los suyos, de pelotari, y me devolvió a mi sitio. Luego se quedó con el dibujo, lo dobló, lo guardó en su cuaderno y no lo volví a ver. Era una magnífica batalla.

Poco a poco, como decía, el gusanillo por estudiar fue haciendo mella en mí. Tal vez se debiera a la oportunidad de entrar en la biblioteca del colegio y poder leer cualquier libro, desde un TBO hasta revistas de turismo como “In Britain” que alentarían mis ganas de visitar la pérfida Albión o bien ver que los mayores lo hacían, leer y estudiar, y no parecían aburrirse demasiado. La cuestión es que llegó un momento en el que ya nadie me tuvo que decir que estudiara, al igual que el leer se había convertido en el objetivo, el sentido de estar aquí. Estudiaba por diversión, por entender, por comprender. No lo hacía ni por competitividad ni pensando que en el futuro tendría más oportunidades. Cuando eres pequeño o adolescente, afortunadamente, todavía piensas que te queda mucho por delante y que son cosas, ésas las de ganarse las habichuelas, de mayores y no de nosotros, niños.