miércoles, 10 de marzo de 2010

El estudio




No recuerdo muy bien cuándo empecé a tener afición al estudio. Si me comparo con mis hijos, cuando nosotros teníamos 9, 10, 11 ó algún año más no teníamos demasiados deberes. El deber principal después de la escuela era comerse un trozo de pan con una onza de chocolate “Elgorriaga” y dedicarnos a jugar a las chapas, a la lima o a las canicas. Sin embargo, en algún momento algo hizo clic en mí y de repente las ansias por leer, por aprender, por intentar entender lo que pasaba a mi alrededor fueron haciéndose cada vez mayores.

Cuando éramos pequeños nos quedábamos a comer en el colegio, toda una experiencia que ya les contaré algún día, y después, justo en plena siesta, teníamos lo que llamaban “Estudio”. Consistía en meternos en un aula magna, con gradas, tanto a mayores de pre-universitario como a los de primaria para que hiciéramos tareas o leyéramos cualquier cosa. Era increíble cómo podían mantener a tanto chaval en silencio, sin rechistar. En esos momentos yo no tenía ningún interés por el estudio o al menos no sabía en qué consistía y me pasaba la mayor parte del tiempo dibujando batallitas.
Primero empecé con los romanos, luego me fui a indios y vaqueros y por último a batallas de la segunda guerra mundial. Esos dibujos los hacía a escondidas pues el profesor de guardia, habitualmente el Bola, como se enterara se te caía el pelo. Un día me descuidé debido a mi enmimismamiento con una lucha de gladiadores que estaba pintando en el coso romano, cuando, como águila que se abalanza sobre el conejito distraído, el Bola apareció con su gran sombra cubriendo el pupitre y de un manotazo me arrancó el papel. Seguidamente me agarró por la patilla y me sacó al encerado. Allí, sin soltarme la patilla y meneando el folio con el dibujo, se dirigió a mi hermano Eugenio y le dijo:

-“Señor Alfaya, mire lo que hace su hermano en vez de dedicarse al estudio”

Lo peor de todo es que mi hermano, la verdad es que tampoco podía hacer más, puso el gesto serio y asintió. Me sentí totalmente abandonado a mi suerte. El Bola me dio un capón de los suyos, de pelotari, y me devolvió a mi sitio. Luego se quedó con el dibujo, lo dobló, lo guardó en su cuaderno y no lo volví a ver. Era una magnífica batalla.

Poco a poco, como decía, el gusanillo por estudiar fue haciendo mella en mí. Tal vez se debiera a la oportunidad de entrar en la biblioteca del colegio y poder leer cualquier libro, desde un TBO hasta revistas de turismo como “In Britain” que alentarían mis ganas de visitar la pérfida Albión o bien ver que los mayores lo hacían, leer y estudiar, y no parecían aburrirse demasiado. La cuestión es que llegó un momento en el que ya nadie me tuvo que decir que estudiara, al igual que el leer se había convertido en el objetivo, el sentido de estar aquí. Estudiaba por diversión, por entender, por comprender. No lo hacía ni por competitividad ni pensando que en el futuro tendría más oportunidades. Cuando eres pequeño o adolescente, afortunadamente, todavía piensas que te queda mucho por delante y que son cosas, ésas las de ganarse las habichuelas, de mayores y no de nosotros, niños.

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