viernes, 26 de febrero de 2010

Las siete revueltas




Al igual que la carretera que une La Granja de San Ildefonso con la Bola del Mundo en Navacerrada, la vida da vueltas y revueltas. En 1981, el año del golpe de estado del Teniente Coronel Antonio Tejero, me dio clase un profesor llamado José Pérez Iruela, al que todos llamábamos “Pepe”. Pepe nos daba “Historia de la Filosofía” y creo que con él empecé a pensar como adulto aunque algunos creen que era yo ya un tanto mayorcito, 17 ó 18 años, para que esto ocurriera. De Pepe aprendí los conceptos de “a priori”, “a posteriori”, “innato”, “imperativo categórico”, “super yo”, etc. y conocí por primera vez a personas como Aristóteles, Platón, Sócrates, San Agustín, Duns Scoto, Descartes, Locke, Hume, Feuerbach, Ortega (aunque éste me imagino que en aquellos momentos no se le veía con buenos ojos)….

Pepe me dio una lección que aún hoy recuerdo de cómo motivar a un alumno y mejorar su autoestima y amor por el conocimiento. No debemos olvidar, como he dicho antes, que ese año fue mi primer contacto con el mundo del pensamiento más abstracto, de manera consciente, y el empleo de un léxico que era muy novedoso para mí.

Estábamos estudiando el racionalismo y lógicamente el autor de referencia era René Descartes y sus textos sobre la “duda metódica”. En esto estábamos cuando Pepe me mandó leer uno de los textos que nos servían como arranque para introducirnos en la filosofía. El texto era endemoniadamente enrevesado. Yo lo leía en voz alta una y otra vez sin poderle dar la entonación adecuada ya que la lectura se me hacía de difícil comprensión. Esta situación hizo que mis compañeros de clase no pararan de reír, aunque me imagino que también temblaban sólo de pensar que Pepe les podía mandar continuar leyendo a ellos. De repente Pepe mandó callar y me felicitó por mi insistencia en repetir y repetir el texto hasta conseguir comprenderlo. La clase se calló. Creo que hasta ese momento, por lo general, estábamos acostumbrados a que se hiciera escarnio de nuestra ignorancia.

Luego, después de muchas vueltas, he encontrado a Pepe de nuevo; como Director en el Centro de Investigación y Documentación Educativa, aunque cesado ya ahora como suele pasar con los puestos en la Administración. Aún le brillaban los ojos como cuando era profesor.

En ese mismo instituto donde estudié el bachillerato me encontré con una casta de profesores que ya luego apenas si he visto de nuevo; como si se tratara de una especie en extinción. Eran profesores que creían en el poder de la educación para cambiar las cosas, para mejorar la sociedad y traer la democracia a nuestras vidas. No importaba que unos fueran PNN (Profesores No Numerarios) Agregados de Enseñanza Media o Catedráticos, ¡uf hasta la denominación ha cambiado actualmente por la de “interinos”, profesores de secundaria, y condición de catedrático!, de ahí que lo escriba con minúscula. Todos a su manera peleaban, o al menos eso transmitían que no es poco, por una sociedad mejor. Fue durante esos años donde aprendí una lección que no aparece en los libros de texto: a llegar a la libertad desde la responsabilidad. No hay que olvidar que venía de un colegio privado de curas donde todo se hacía por el “ordeno y mando”. Sin embargo el instituto era como la casa de “tócame roque”, (por cierto situada literariamente en la calle donde vivo en Madrid, Barquillo) al menos aparentemente. Desde los 14 ó 15 años, uno no tenía que dar explicaciones a nadie y se movía libremente por pasillos, seminarios y aulas pero ese aparente caos hacía que uno se tomara las cosas seriamente y participara de manera activa en toda la vida del centro.

Eran días en los que el espíritu democrático se respiraba en los centros educativos. Todo se desarrollaba como en una asamblea, incluso en los grupos de alumnos no había la figura del “delegado de curso” sino una comisión elegida por la clase que luego transmitía libremente las dificultades, peticiones, quejas y demás al grupo de profesores que nos impartían clase.

De esa jerarquía ejercida horizontalmente se fue cambiando a una jerarquía vertical que ha llevado al final a que tanto alumnos como profesores pierdan su interés por la participación ya que saben que siempre habrá alguien que asumirá las responsabilidades, tanto para lo bueno como para lo malo. Esto ha empobrecido la vida de los centros pues a veces parece que se gestionan como si de un ministerio se tratara en donde son más importantes los informes y programas sobre el papel, que no siempre reflejan la realidad o no se cumplen, que el bienestar y conocimiento de profesores y alumnos.

Desde luego no todo era maravilloso en el instituto, también existían los despropósitos más grandes; profesores que llegaban rutinariamente tarde a clase, huelgas generadas por cualquier nimiedad, escasez de materiales didácticos, etc. Lo que peor llevo de esa época es que por una tontería dejé de estudiar griego clásico, les comento:

A mí me gustaba muchísimo tanto el Latín como el Griego. El amor por aquél se debía a una profesora magnífica, catedrática de “pata negra”, como decimos en el argot de los institutos, llamada Teresa Suárez. Como profe de griego teníamos a “Helena con hache”, pues siempre remarcaba así su nombre que parecía ser más clásico que la Elena sin hache habitual. Pues bien, como decía, a mí el Griego, la lengua no se confundan, me gustaba muchísimo, luego en la carrera encontré un placer similar en la asignatura de lingüística germánica impartida por Don Emilio Lorenzo Criado y Doña Teresa Zurdo, y me aplicaba a él con esfuerzo y ganas. Siempre sacaba buenas notas. Mi compañera de mesa, de la que estuve enamorado toda la secundaria y nunca nos dijimos nada, Ángeles, no se le daba muy bien así que como era de rigor me copiaba en los exámenes que hacíamos. Un día, tras un sobresaliente en un examen de verbos a cual más enrevesado y de los cuales Ángeles había copiado concienzudamente como si de un monje amanuense se tratara, la profesora “Helena con hache” nos llamo a su mesa, junto al encerado, y allí me dijo que la próxima vez me iba a suspender por copiar de mi amada compañera.
Por lealtad a ella no dije nada, y ésta me sonrió no sé si diciéndome “qué bueno eres o qué pedazo de gilipollas estás hecho”, pero eso significó que para mí el Griego dejó de ser materia de mi interés al pensar que la profesora en todo ese año había estado dudando de mí al creer que yo copiaba constantemente en vez de estudiar lo que realmente estudiaba. No tuvo la visión suficiente como para distinguir a un estudiante, no por su mera nota en los exámenes si no por el constante esfuerzo cotidiano.

¡Ah! ¡Se me olvidaba! La vida ha dado otra vuelta más hoy mismo y me he reencontrado con mi amiga de pupitre de esos tiempos, Ángeles. Adivinen cómo. Efectivamente, acertaron, a través de facebook. ¡Qué gran invento!

À bientôt!!


2 comentarios:

  1. Javier, acabo de revivir las conversaciones que he tenido durante toda la semana con Juan Ángel, mi profe de instituto. Gracias a él y al grupo de profesores que formó y el interés que pusieron y que afortunadamente siguen poniendo en lo que hacen me ayudaron a ser la soy hoy, y como le he dicho, me gusta el resultado :-) Y aunque no sé quién leches es el Pumbi ese del que hablabas hoy con César, también tuve que leer a Descartes y su duda métodica por orden y mando de nuestro profe de filosofía, Pepe Sánchez. En su momento no entendí mucho así es que hoy me lo voy a leer en su honor y en el tuyo, cómo no.

    ResponderEliminar
  2. ¿Pepe fue tu profesor en el instituto? Eso sí que no lo sabía... ¡¡¡si es que el mundo es muy pequeño!!!

    Lourdes (otra re-encontrada en Facebook)

    ResponderEliminar