jueves, 10 de diciembre de 2009

"De señoritas y maestros"





Sólo un hecho me permite afirmar que la primera etapa de mi educación en el sistema escolar fue más eficaz que las restantes: el recuerdo de mis primeras señoritas. ¿Quién no recuerda a sus señoritas? Después de los traumáticos primeros días de escuela quien no recuerde a sus señoritas es un desagradecido. Tres son las que perviven en mi retina: la señorita Rocío, la señorita Marcela y la señorita Paquita. Por este orden y por motivos diversos. La señorita Rocío, quien no debía llegar a la treintena, fue la primera en acogernos en maternales y como el nombre del nivel indicaba, se convertía en la sustituta de nuestras madres durante las largas horas de la jornada escolar. Recuerdo sus grandes ojos y su piel muy morena. Todo en ella era afecto y cariño.

De la señorita Marcela recuerdo que era más bien blanca de piel, con el pelo largo, claro, y de formas redondas. De ella no demandábamos tanta atención pues ya éramos veteranos en nuestro segundo año de cole, es decir, seis años de edad. Las siestas encima de la mesa con los brazos cruzados y los primeros encuentros con las letras y las matemáticas propias de “parvulitos” son lo más claro aún hoy.

La señorita Paquita suponía un ascenso en nuestra escala dentro del colegio. Ya estábamos en Primero de E.G.B. Ella nos mostraba este nuevo nivel siendo más seria y exigiéndonos más; me imagino su aspecto delgado y su largo pelo recogido en una cola de caballo que le aportaba ese aire de autoridad a los ojos de un niño de siete años. El recuerdo más grato es el de tener consciencia de haber aprendido a leer con ella. El libro de lectura se llamaba “El pájaro verde” y contaba la vida cotidiana de la familia Plim; familia española prototípica: padre ausente trabajador, madre comprometida en las tareas de la casa y la educación de los niños y un montón de hijos e hijas. La nota de color la ponía el “pájaro verde” que no era más que un loro que servía de hilo conductor de la cotidianeidad familiar.

A las tres señoritas indistintamente, en las tres Navidades correspondientes a los tres años académicos, mi madre les compraba las estupendas “anguilas de mazapán” que nosotros nunca pudimos probar. No se lo he perdonado aún.

El cambio de “señorita” a “maestro” era un cambio muy significativo. En general se acababa el afecto y el cariño como sólo lo demuestran las mujeres; sin tapujos, directo, con contacto físico. Ya empezábamos a pertenecer a una categoría incierta, digamos que de “medio hombres”. De esta etapa “masculina” recuerdo nítidamente a varios profes. Otros aunque no me daban clase, pertenecían al imaginario del cole que les otorgaba una fama, por lo general mala, ganada a pulso. De los que me dieron clase me quedo con Don Saturnino y Don Carlos Zuasti. Aquél muy moreno y con un lunar agradable en uno de los lados de la cara. Debía ser un hombre apuesto y con éxito en cuanto al sector de madres y profesoras se refiere. Este éxito se traducía en un optimismo y alegría que trasladaba a las clases. Lo que más nos gustaba era su nombre que coincidía con el de una serie de televisión protagonizada por un pato real, el “Pato Saturnino”.

Don Carlos Zuasti marcó mucho mi educación futura, hasta el punto de recordar su nombre y apellido. Introdujo en mí el gusto por la historia, la literatura y sobre todo el teatro. Yo por aquella época ya despuntaba como mal estudiante. Sin embargo, quiero creer que él me tenía afecto y me trataba como se debe tratar a un alumno: con respeto.

Don Carlos era un hombre que apenas se enfadaba pero que exudaba una autoridad fuera de lo normal. Tal vez se debiera a su especial modo de infligir el castigo físico. Sí, sí, en aquella época no existía el “cachete pedagógico” sino la hostia bien dada y punto. Don Carlos no era especialmente cruel pero nadie quería recibir uno de los famosos “capones del Bola”, que era así como conocíamos a nuestro profesor. Los capones habituales se daban o bien con el puño cerrado o bien en una versión más sofisticada en el que el dedo corazón sobresalía sobre los demás y hacía de ariete en la cabeza del alumno, no digamos si el profesor que aplicaba el castigo llevaba un anillo o un sello en ese dedo, el dolor era intenso. Pero ningún capón podía ser más original que el de Don Carlos. Consistía en dejar la mano como muerta, pues desgraciadamente no lo estaba, y bien abierta, como si de una garra se tratara. Caía con fuerza sobre la cabeza de uno y hacía el efecto, la mano, como si rebotará. El dolor era intensísimo y prolongado, con un capón tenía uno para mucho rato. Todos intentábamos imitar estos capones pero para hacerlo bien uno tenía que tener la mano tan encallecida de jugar al frontón como la de Don Carlos, por otro lado, magnífico pelotari. Otro detalle curioso del “Bola” que nos llamaba la atención era lo muy velludo que era o se suponía que debía ser pues, a pesar de utilizar siempre jersey de pico y camisa con corbata, una mata de pelo blanco surgía de su pecho para unirse con el cuello ancho como el de un toro, o al menos eso nos parecía a los ojos de un niño.

Pero a pesar de todo esto, Don Carlos era un tipo que transmitía amor por el trabajo que hacía enganchándonos a asignaturas tan complejas como la lengua española o la historia universal.

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