Entiendo que está es la parte más dura del aprendizaje de la vida de cualquier persona: vivir la vida en solitario. Nuestra sociedad nos transmite constantemente el mito de que si estás solo, soltero, divorciado o lo que sea, estás incompleto. Pero la pareja no es la única manera de vivir, y menos en nuestra sociedad actual. Sin embargo, llegar a asumir esto no es fácil; sino, acierten a encender el aparato de televisión y comprueben los anuncios. La mayoría de ellos nos muestran una pareja perfecta con dos niños, la parejita normalmente o gemelos, el perro que todos desearíamos tener y la casa en perfecto estado de revista. O vean esos otros de los viejos, perdón, ahora debemos decir “cuarta edad” o “en la edad dorada”, también perfectos, con el pelo inmaculadamente blanco y su ropa deportiva y cómoda, nada de esos otros viejos que van al mercado y compran la fruta más barata que está fea o pocha en los puestos de verduras o bien sólo adquieren las cabezas y raspas de pescado para hacer el caldo o extraer la poca carne que tiene para unas croquetas. No, nada de eso se nos presenta y sin embargo la vida está llena de esa soledad.
Estar solo no es tan malo e incluso, a veces, necesario. Ya va siendo hora de que alguien nos enseñe lo contrario a lo que se decía en la época de Jane Austen: “la vida no comienza hasta que no tienes una relación”. Normalmente asumimos el mito colectivo de que nos falta algo si no tenemos una pareja. Compramos ese mito desde bien pequeños y nos sentimos inferiores si no lo conseguimos bien casándonos, viviendo con alguien, relacionándonos con alguien. Se nos enseña que estar casado es el estado real de vivir, la manera natural. Las religiones siempre nos han animado a ello, como base fundamental de la familia, de la sociedad, del estado estructurado, mientras que por el contrario, la soledad, vivir en la intimidad, no es más que una mera señal de egoísmo, el nuestro claro.
Sea cual sea la circunstancia que nos lleva a nuestra soledad, debemos aprender a mirar nuestra vida y a celebrarla como tal; pero eso sí, esto no es tarea fácil. El dolor nos surge de la creencia de que vivimos solos hasta que aparece la persona adecuada y nos saca de la soledad o bien cuando nos creemos que no somos buenos para establecer relaciones, al menos duraderas.
Todo esto se enfrenta además con una enorme contradicción en nuestra sociedad occidental actual; a pesar de las altísimas tasas de divorcio, todavía nos creemos que dos son mejor que uno.
El mundo de los solitarios se podría dividir en el mundo de aquellos que se encuentran solos a causa de la muerte de nuestra pareja o divorciados y separados y aquéllos que se encuentran solos por “diseño”, es decir, por vida establecida y estructurada de manera que acarrea la soledad. Estos últimos son aquéllos que viven solos porque les apasiona, les gusta. Normalmente son personas creativas, que a través de su “estar solos” enfocan sus energías a las actividades y artes que desarrollan.
Lo más importante que debemos aprender y que a mí me ha llevado tiempo, de hecho creo que sigo aprendiendo sin haber terminado el proceso, es que cuando uno vive solo, no vive solo. Uno vive consigo mismo. Vivir con nosotros mismos significa vivir con plenitud nuestras energías y potencialidades. La clave para entendernos a nosotros mismos está en ser conscientes de qué energías están presentes en nuestra vida, de qué capacidades y competencias consistimos.
Cada día que paso solo descubro además que es importante la creación de comunidades de solitarios. No, no se confundan con sectas, clubes, etc., de esos hay muchos. Vivir solo significa que uno necesita abrirse a las posibles conexiones de nuestro alrededor. Normalmente somos conscientes o más conscientes de nuestra soledad en fechas clave como las Navidades, el verano a la hora de organizarnos un viaje, Semana Santa, “puentes”, etc.
Leía el caso de una mujer en Nueva York que vivía en un bloque de pisos, como yo en mi penthouse de Montreal situado en el vigésimo piso, que en el “Día de Acción de Gracias”, festividad incluso más importante que la Navidad en la sociedad norteamericana y fiesta prototípica para pasar en familia, que iba a pasar sola, decidió poner un cartel invitando a sus convecinos a cenar; reunió a siete personas.
La verdad es que se necesita valor para crear nuestras propias vidas. Pero está claro que el ser humano ha nacido para crear. Vuelvan a leer el “Robinson Crusoe” y descubrirán que nunca estuvo solo mucho tiempo. Háganlo.
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