El otro día, de esto hace ya años, leyendo The Gazette of Montreal me encontré con un texto de un articulista bastante conocido por estos lares llamado Josh Freed que titulaba algo así: “Si quieren que nos tomemos en serio el calentamiento global, van a necesitar un nombre que asuste más”. Se preguntarán de qué va la cosa; pues va del poder del lenguaje y cómo éste afecta o no a nuestras vidas.
Imagínense por un momento el típico invierno canadiense, más concretamente quebequense: temperaturas de menos 15 bajo cero a diario, con días de menos 27 o menos 35 dependiendo del “wind chill factor” o como llamaría un gallego “vento que rapa carallo”, nieve y hielo en abundancia y todo esto durante cuatro meses y medio más o menos o incluso más. ¿Cómo creen que les sonará la frase “calentamiento global”? Efectivamente, a gloria bendita. De eso va el artículo de Josh Freed.
Freed cree que el término “calentamiento global” es realmente inoportuno, al menos para los canadienses; cualquier tipo de calentamiento nos hace sentirnos bien en este país. “Calentamiento” no es una palabra negativa; según el periodista “un frente frío” sí que es realmente escalofriante mientras que un “frente caliente” nos trae imágenes de playa y paseos bajo el sol. “La Guerra Fría” sí que da miedo, no así una supuesta “guerra caliente”. Y no digamos si hablamos ya de una “persona cálida”, “bocadillos calientes”, “perritos calientes” y “citas calientes”. A nadie le gusta “la gente fría”, las “duchas frías o escocesas” o “coger un resfriado”. Definitivamente el término está mal empleado si queremos conseguir que nuestra conciencia sobre el medio ambiente surta efecto.
Ya va siendo hora de que bauticemos de nuevo el tan manido “calentamiento global” para que surta efecto al igual que la “Peste negra” o la “Gripe aviar”. Ya va siendo hora de que dejemos de conducir enormes coches y camiones que contaminan mortalmente, de poner el aire acondicionado en verano hasta que nos congelemos y la calefacción en invierno hasta asarnos como pollos, de quemar bosques y de crear efectos invernaderos en todos los lugares del planeta.
¿Pero cómo vamos a lograrlo? Los estadounidenses son únicos para meter miedo, sino vean: “La guerra contra el crimen”, “La guerra contra las drogas”, “La guerra contra el terrorismo”. Tal vez debamos seguir los consejos de Josh Freed y denominar al calentamiento global como: “daño global”, o dándole un toque como si de una enfermedad se tratara al estilo de “gripe global climática asesina” o “plaga global planetaria” o ya rizando el rizo “cáncer global”.
Tampoco estaría mal usar la palabra “terror”, que siempre causa eso, terror, y llamar al calentamiento algo así como “terror climático global”, seguro que hasta el propio Bush firmaba el tratado de Kyoto inmediatamente. Y ya no le digo si lo denominamos “Síndrome satánico planetario”, seguro que los Estados Unidos dejaban de emitir gases y de comprar las cuotas de emisión a los países del tercer mundo inmediatamente.
Pero la mejor propuesta sería la de poner todos los términos juntos en algo parecido a: “Satánico terror climático planetario de síndrome de plaga”. Tal vez con esto haría que todos dejáramos de usar nuestros coches, de encender cualquier aparato cuando no es necesario y plantearnos seriamente lo que estamos haciendo con nuestro planeta.
Mientras, váyanse a la playa o a pasear bajo el sol del “calentamiento global”.
Me gusta el enfoque del artículo: no hay como el terror verbal para asustar, acongojar, angustiar, aterrorizar... A veces las palabras son más terribles que las imágenes. Además, ahora que sabemos que las fotos se pueden montar, desmontar, trucar,... nada mejor que la verdad desnuda de una palabra para mostrarnos la gravedad de un problema. Habría que encontrar un término que nos obligara a tomarnos en serio el cambio climático. Además, de acuerdo con tu artículo, es cierto que aquí en Bruselas y en toda Bélgica están locos de contento, pues el anunciado calentamiento les hace soñar con playas de Ostende bañadas en sol marbellí.
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