En esta tarde de septiembre, paseando por la calle San Lucas de Madrid, uno de los muchos Madrid bonitos, me he topado de bruces con esa especie de coche-moto, que cuando éramos pequeños llamaban “isocarro”, ocupado por dos monjas: una, la más joven, conductora, la otra, mayor, la copiloto. Ambas tocadas con sus ropas de monjas, cuando de repente se me han aparecido a la imaginación unas mujeres musulmanas cubiertas por su velo. ¿Acaso no podría tener cierta equivalencia?
Nosotros los que vivimos en sociedades históricamente cristianas pero que tuvimos o nos vimos, al menos un poquito, influidos por la Revolución Francesa, creemos que somos más modernos, progresistas en todos los aspectos de la sociedad y más adelantados que otras culturas que no tienen nuestro mismo sustrato. Podemos afirmar que, efectivamente, estamos muy adelantados en aspectos sociales, tecnológicos, científicos, médicos, incluso políticos, me atrevería a decir. Sin embargo, se nos olvida que nuestra sociedad es muy compleja y que lo que nos trasmiten los medios de comunicación o nuestra propia experiencia vital no siempre se reflejan en la realidad, esto de las monjas, con todo mi respeto, es un ejemplo de ello.
Dirán que no sé lo que me digo pero, de repente, durante el paseo, me ha dado por pensar que nuestras mujeres monjas, que hacen, la verdad sea dicha, una enorme labor social la mayoría de ellas-si no lo creen vengan a la calle San Lucas y a las múltiples congregaciones que hay en mi barrio- representan a esas mujeres de enorme religiosidad que han dado su vida por una creencia y que al pertenecer a una religión con iglesia jerarquizada optan por una determinada obediencia y tipo de vida espiritual y que las mujeres con velo musulmanas que pertenecen a una religión sin iglesia, aunque igualmente jerarquizada, y que, al igual que la iglesia católica, las relega a un segundo plano, son el ejemplo claro de una religiosidad mal entendida por nuestro mundo occidental.
Si no nos molestamos, si no nos planteamos en términos generales cómo viven y cómo son tratadas nuestras monjas, si bien es cierto que cada vez son menos en número, no debemos, según mi criterio, plantearnos la vida de las mujeres musulmanas siempre y cuando sea una opción personal y no una imposición; o mejor dicho, planteémonos ambos casos y dejemos de ser hipócritas pensando que hemos evolucionado más que nuestros vecinos de religión.
Yo de religiones tampoco entiendo, o creo yo no entender, lo que me fastidia, por no decir otra cosa es que en esas estructuras jerarquizadas, con iglesia o sin ella, siempre sea la mujer la que se tenga que ponerse el velo, o el burka o el chisme que sea, por lo demás, estoy de acuerdo en que todas las opciones deben ser respetadas y que nuestra cultura no puede erigirse en modelo de comportamiento para ninguna otra.
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