El único parecido con cualquier “courriers du bois” canadiense, era que corrían en un bosque….urbano pero bosque al fin y al cabo. A pesar de su soledad, de creerse aislados en su carrera por el verde frescor del parque, nada les hacía comparables a aquéllos tramperos franceses que poblaron la Nouvelle-France en busca de las afamadas pieles que calentaron Europa.
Él corría. No sabía ni por qué ni para qué, tan solo corría, como si huyera de algo. Prácticamente a diario se calzaba las zapatillas deportivas, se ponía sus pantalones y su camiseta, ajustaba el podómetro y salía en busca de su parque para realizar más de seis kilómetros de carrera.
Ella corría. Tampoco sabía muy bien por qué. Tal vez para mantenerse en forma. Tal vez para alejarse de su vida rutinaria o por el mero hecho de hacer lo que se debía hacer según los cánones de la modernidad.
Eran conscientes de que lo más importante no era la distancia que corrieran sino del tiempo que le dedicaban a recorrerla. Dependiendo de su humor y de su forma física le dedicaban más o menos tiempo. Aliviaban su mente como anteriormente, sin saberlo, habían hecho con la natación. Ambos deportes, carrera y natación, nada gregarios como ellos mismos, permitían la reflexión y la liberación de cualquier malestar que les provocara su pensamiento.
La carrera era la imagen misma de sus vidas; la soledad. Una soledad engañada con una vida social amplia, llena de compromisos, de personas a las que veían y a las que hacían sentir bien pero luego, cuando se encontraban consigo mismo, la realidad, con su pesada tozudez, les hacía verse tal y como eran: courriers du bois.
El bosque no era lo suficientemente grande como para no encontrarse con otros corredores pero para ambos aquello no significaba nada, siempre pensaban que no habría nadie por los alrededores y que, tal vez, algún día podrían toparse con algún animal o algún “nativo” pero era algo que consideraban más que improbable.
Sin embargo, aquel día sus mentes, inconscientemente, debían de estar preparadas para otra cosa pues de repente se encontraron de frente. Él con una corredora a la que no había visto nunca, o a quien, al menos, nunca había prestado atención como al resto de los corredores del parque. Ella con un corredor que le había pasado desapercibido hasta entonces. Sus miradas se entrecruzaron y sin mediar palabra se pusieron a correr en paralelo.
Sus respiraciones se acompasaron increíblemente bien desde el principio y, a pesar de las diferencias físicas, ella menuda pero fuerte y él ancho y robusto, mantenían un ritmo parejo que les hacía parecer como si de una única máquina que funcionaba a la perfección se tratase.
Durante semanas, se encontraban en el mismo punto y a la misma hora, iniciando su recorrido sin ni siquiera haberse molestado en preguntarse cómo se llamaban. Sin saberlo, ambos preferían pensar que todos los días se encontraban con un perfecto desconocido con el que compartían una afición solitaria.
Pero lo inevitable se mostró cuando menos lo esperaban. Una inmensa necesidad de coincidir se apoderó de ellos y ansiaban que llegara el momento para vestirse de corredores y alcanzar tan deseado encuentro. Se comportaban como amantes que hubieran pasado mucho tiempo sin verse. Sus rostros se iluminaban cuando se encontraban de nuevo.
Ahora el tiempo del recorrido se iba alargando con el paso de los días y con la mejora de su forma física hasta el punto que debían parar ex profeso para evitar el sobre entrenamiento y cualquier lesión que les impidiera verse al día siguiente.
Un día empezaron a hablar y alcanzaron lo que los expertos en la carrera llaman el “modo conversación” que indica que no se va ni demasiado deprisa ni demasiado lento, permitiendo una carrera deportiva sin forzar la respiración ni la marcha. Poco a poco comprobaron que sus vidas giraban en torno a ese momento de conversación que no podía seguir nadie más a no ser que tuviera su misma condición física y nivel de entrenamiento. Era pues imposible que sus palabras las captara nadie.
¿De qué hablaban? Tan solo ellos sabían de qué hablaban. Era el mejor secreto guardado. La complicidad era absoluta.
Ni siquiera se les había pasado por la cabeza verse en un lugar distinto. El bosque era el lugar. Fuera de él todo encuentro sería ficticio, rutinario, monótono.
Y así siguieron, corriendo y corriendo, sin detenerse ni en el espacio ni en el tiempo pero sin saber exactamente por qué corrían, ignorantes del sentido de la carrera a ningún sitio. Tan sólo percibían que en esos momentos eran uno solo.
Se me ocurre un haiku:
ResponderEliminarCORRER
Correr, ¿para qué?
Para correr contigo
y vivir sin ti
Jodé, Monge, que triste haiku. Correr, ninguno sabemos hacia donde vamos, ¿no?. Lo importante es no dejar de correr; solos, acompañados....correr y correr. Recuerda que tu casa siempre debe de estar hacia delante no hacia atrás.
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