jueves, 15 de septiembre de 2011

“Comunidad de Madrid, la resta de los mismos de siempre” o sobre las antipatriotas Esperanza Aguirre y Lucía Figar



Me resulta curioso observar como hay determinadas personas en España que a fuerza de tozudez pretenden erigirse en la quintaesencia, en lo más puro y acendrado del país. Esperanza Aguirre y Lucía Figar son dos de esas personas, pero me temo que no lo consiguen al escuchar uno sus declaraciones últimas referidas al conflicto innecesariamente creado con las instrucciones enviadas a los centros educativos para el comienzo de curso.

Al contrario, ambas son unas auténticas antipatriotas. Y son antipatriotas porque ser patriota es tener amor a la patria y procurar todo su bien. Ellas hacen absolutamente todo lo opuesto; procuran todo su mal y lo procurarán aún más si llegan, en algún momento, a gobernar la nación entera.

Y procuran todo su mal al desmantelar uno de los pilares básicos de la riqueza de un país: la educación. La educación, principalmente la educación pública, pero no únicamente pues al permitir determinadas prácticas en la escuela concertada o en la escuela privada están minando la base de todo el sistema en su conjunto.

Creo además que ambas confunden dos términos distintos; instrucción y educación. Ambas pretenden crear no un sistema educativo sino un sistema de instrucción entendida ésta en su acepción militar como el conjunto de enseñanzas, prácticas, etc., para el adiestramiento del alumno.

¿Y qué es adiestrar sino amaestrar, domar, guiar? ¿Es eso acaso lo que queremos que sean nuestros alumnos? ¿Ciudadanos adiestrados, amaestrados, domados y guiados, claro está por los de siempre, o ciudadanos libres con capacidad de análisis y criterio propio?

A mi entender, esto es lo que se va a lograr en el sistema educativo, perdón, de instrucción, que se está imponiendo en la Comunidad de Madrid. En este nuevo sistema se dejan de lado aspectos tan importantes como la formación integral de la persona, la orientación personal, profesional y social, la equidad y la igualdad, la solidaridad y la competencia sana, bien entendida, de mejorarse frente al otro pero no contra el otro.

Este conflicto generado por la Presidenta y la Consejera de manera artificial e interesada tiene que ver poco con las dos malditas horas de aumento para los profesores en su jornada de trabajo. No es sólo, aunque también, un conflicto laboral entre la empresa y los trabajadores de la educación, es un conflicto que afecta mayoritariamente y principalmente a toda la población que parece adormilada ante el acoso y derribo que sufre un endeble sistema creado con mucho esfuerzo desde 1977.

Lo que se haga ahora repercutirá negativamente en las generaciones futuras y por ende en la marcha general del país. Si ahora la tasa de abandono y fracaso escolar en España es disparatada esperen y verán lo que será en cinco o diez años cuando no haya ni un apoyo para aquellas personas con ritmo de aprendizaje distinto o se reduzca al mínimo la atención a personas con alguna discapacidad. ¿Qué va a ser de todas ellas? ¿Se expulsarán a miles de “malos alumnos” del sistema abandonándolos a su suerte? ¿Cómo se pretende integrarlos en la sociedad?

Tal vez crean que dejándolo en manos del mercado educativo, de la escuela privada, sea ésta subvencionada o menos pues ahora la escuela privada privadísima es también subvencionada por las desgravaciones fiscales, entre otras medidas, todo quedará resuelto. ¿No les sirve de ejemplo lo que ha pasado con las liberalizaciones ultra en otros sectores de la economía? ¿No son conscientes que nos abocan al desastre social creando más diferencias de las que hay en la actualidad y obstaculizando la cohesión social?

No me gusta ser agorero pero esta aparentemente simple medida de incrementar dos horas lectivas en la jornada laboral significará un retroceso mucho más grave que el retroceso económico que estamos ya padeciendo fruto de esta crisis generada por los mismos que ahora generan esta otra de carácter social.

Si Esperanza Aguirre y Lucía Figar tienen como modelo, como me temo, a la señora Maggie Thatcher o al Tea Party americano, deberían darse una vuelta por el Reino Unido, fuera de los centros de excelencia que no son representativos del país y fuera de los tópicos ingleses, y visitar las ciudades y barrios ordinarios de cualquier ciudad, o tomar alguno de los trenes que circulan por el país, o sus transportes públicos, o su sistema sanitario. Comprobarían que es un auténtico desastre que afecta sobre todo a la inmensa mayoría de la población que no tiene recursos económicos para pagarse de su bolsillo otros servicios alternativos, por supuesto privados.

Como siempre, los ingleses nos llevan la delantera, pero no teman, que esta vez les alcanzamos y con un poco de….mala suerte, les superamos en menos que canta un gallo.

Esperanza y Lucía, Lucía y Esperanza deberían aprender de la cita de Thomas Mann: “Wo ich bin, ist die Deustch Kultur” (“donde yo estoy, está la cultura alemana”), lo traduzco porque probablemente con tanta anglofilia no sepan ya que existen otras lenguas en el mundo, y decirse ellas mismas “donde nosotras estamos está la cultura y la educación madrileña, española”. Pero no porque las representen, líbrenos Dios de ello, sino por la carga que supone de responsabilidad. Lo que uno hace mal no se individualiza, por el contrario, se estereotipiza y se generaliza dando una imagen, en este caso de nuestra educación y cultura, errónea. ¿O no?

domingo, 23 de enero de 2011

El discurso del rey


No, no teman, no pienso hablarles del último discurso que dio su majestad en Nochebuena, tan solo quiero compartir la impresión que me ha producido la última película de Tom Hooper; The King´s Speech.


Esta película tiene muchos aspectos interesantísimos que van desde la magnífica interpretación del excéntrico logopeda Lionel Logue a manos de Geoffrey Rush, y de Colin Firth como el rey Jorge VI, hasta la importancia de la comunicación en un mundo en el cual la radio empezaba ya a tener un papel fundamental, la publicidad, las clases sociales, el papel de las monarquías, la irresponsabilidad de los poderosos, etc, etc.


Sin embargo, me quedo con dos situaciones que me han hecho pensar desde que vi la película el otro día: por un lado la libertad de pensamiento y de acción de Lionel Logue, si es que realmente era así y no una ficción cinematográfica, y por otro una reflexión sobre la “titulitis” que ya hacía sus pinitos en los años treinta del siglo pasado.


El logopeda representa, a mi entender, la auténtica libertad. Piensa y dice lo que quiere, otra cosa es ya si hace o no lo que realmente desea. Incluso se atreve a expresar ante el rey su libertad con la expresión inglesa “my castle, my rules” para indicarle que su autoridad monárquica no tiene ningún significado en su casa. Esta es la democracia británica conseguida mucho tiempo atrás, y afianzada en la Gloriosa Revolución en la que Cronwell decapita a su majestad el rey Carlos I, mucho antes de que los franceses hicieran lo propio con el decimosexto de los Luises.


Es capaz, desde su condición de plebeyo, de hacer frente a toda una institución soberbia, distante, incapaz de reconocer sus propias debilidades y sobre todo aún no consciente de la necesidad de cambiar de estrategia para sobrevivir a los hechos futuros.


Su relación con el futuro Jorge VI no resulta en ningún caso entrañable sino profesional. Me imagino que debe ser algo parecido como cuando el rey, el que sea, se pone enfermo y debe someterse a los dictados de los médicos. Aunque tal vez ocurra como en el caso de Fidel Castro, y su diverticulitis perforada, en el que dictó a los médicos lo que debían hacer y así le fue como le fue, tanto que tuvieron que mandar al gurú de medicina interna del hospital Gregorio Marañón desde España para que deshiciera el entuerto.


Pero en fin, volviendo al tema anterior, al de la titulitis, la película trata un tema muy de actualidad. En una de las escenas, cuando el rey debe hacer sus “prácticas de oratoria pública” en la majestuosa Westminster con la ayuda de su logopeda privado, éste es descubierto por el obispo de Canterbury y delatado ante el rey del gravísimo pecado de no tener título alguno para ejercer dicha profesión y por tanto queda desacreditado ante el rey y ante la sociedad. Observen ustedes; ya era más importante ser poseedor de un título que de la competencia adquirida a través de la experiencia.


A pesar de todo el tiempo transcurrido es ahora, en el caso español, cuando empezamos a reconocer las competencias adquiridas por vías no formales e informales que poseen una ingente cantidad de personas en nuestro país.

Hace ya dos agostos que se aprobó el Real Decreto de Reconocimiento, Evaluación y Acreditación de las Competencias y sin embargo el mercado sigue estando saturado de títulos y másteres que lanzan al mercado a legiones de personas sin tener idea de qué va la profesión que ejercerán.

Sólo tendrán valor dichos títulos cuando el poseedor haya ejercido como tal durante una larga temporada. No crean que soy contrario a dichos títulos, ni mucho menos, de hecho hasta yo mismo tengo algunos. Creo que son muy necesarios. Pero al mismo tiempo debemos dejar de lado la estulticia y de deslumbrarnos cuando uno lee el CV de candidatos a cualquiera que sea el puesto.

¿Quién tiene más experiencia? ¿Un australiano que ha tratado a cientos de soldados que sufrieron el síndrome postraumático de la Gran Guerra-si es que alguna vez se llamó así- o un afamado psicólogo que hizo fortuna por pertenecer a las clases pudientes británicas de la época?

¿Un funcionario titulado en Derecho y con veinte años de práctica en legislación laboral o un profesor de facultad de Ciencias del Trabajo que sólo imparte clase pero al que se le reconoce su prestigio por haber llegado a la universidad?

¿Un cocinero formado en restaurantes de todo tipo o un técnico superior de cocina sin experiencia alguna?

Dejémonos de titulitis e intentemos equilibrar la balanza. Valoremos los méritos adquiridos, las experiencias vividas, las competencias que se adquieren a lo largo de toda una vida personal y profesional y tal vez descubramos en muchísimas personas la profesionalidad que para sí desearían muchísimos de los titulados de este país.

Tal vez alguno consiguiera ser así nombrado miembro de academias, patronos de fundaciones, universidades, y demás organismos e instituciones, permitiendo la entrada de aire fresco y de contacto con la realidad profesional.

Ah, pero no crean, yo, como mucho otros, soy un profesional, que para eso tengo mis títulos. ¿De qué? Eso ya es otro cantar.

Mientras les recomiendo que vean la película y si pueden en versión original, mucho mejor; el inglés que hablan los actores es verdaderamente magnífico.

¡Que la disfruten!

miércoles, 20 de octubre de 2010

Regreso al cole....y a la mili



Llevo ya unos meses sin escribir y ahora me pongo a ello después de haber regresado a mi ciudad y de haber realizado dos cosas que no hacía desde hace doce y veintitrés años respectivamente: regresar al cole y volver a hacer la mili.


Sí, sí, no se sorprendan, después de tanto tiempo he realizado una rentreé espectacular. Como les decía, después de doce años de ausencia en las aulas, como docente, doce años sin actividad lectiva como tal, he regresado a mi instituto del que soy profesor hace muchísimo tiempo, tanto que ya apenas recuerdo.


La experiencia ha sido, cuanto menos, extraña. Llegué y me encontré con una inmensa mayoría de colegas que seguían en el mismo sitio donde les dejé. Más o menos deteriorados, como yo mismo, pero en su sitio, con sus amabilidades y con el enorme mérito de no haberse quebrado después de su actividad docente tan constante en el espacio y en el tiempo.


El espacio igual pero diferente. El mismo edificio pero con pequeñas cosas modificadas que hacen que todo resulte también extraño. Y los alumnos. Ellos sí que siguen siendo iguales. No envejecen mientras que nosotros lo hacemos constantemente. Ellos siguen siendo pequeños, alegres, gritones, nerviosos, entusiastas.


Sin embargo, algo sí ha cambiado. El centro ha dejado de ser un instituto de secundaria al uso para convertirse en un Instituto Bilingüe. ¿Qué qué es esto? Pues ni más ni menos que otro experimento más del gobierno de nuestra querida Presidenta Esperanza Aguirre. Experimento del que disfruto, sin ironía, pero que provoca en mí sentimientos encontrados.


Por un lado disfruto de unos alumnos “de dulce” como decían los viejos profesores. Alumnos y familias motivados por el aprendizaje, motivados por aprender inglés, que no otros idiomas, y motivados por la perspectiva de un futuro mejor, más internacional y que les abrirá las puertas de otros países.


Alumnos de catorce años que te siguen perfectamente cuando les hablas de la evolución de la lengua inglesa desde el old English hasta el modern English, pasando por el middle English y el early middle English entre medias. Alumnos con los que disfrutas leyendo el Sonnet 130 de William Shakespeare, The Wif of Bath de Chaucer o The Battle of Maldom.


Un instituto en el cual se ha logrado un ambiente académico, no me pregunten cómo, y aunque se corra y se hable fuerte en los pasillos en los cambios de hora, sí que se puede dar la clase que toque sin temor a disrupciones continuas.


Pero a pesar de todo esto, a mí me sigue generando ciertas dudas. En primer lugar este sistema sólo afecta a un 7% de la población estudiantil de la Comunidad de Madrid, y en segundo lugar creo que está generando una escuela aún más segregada en relación con los otros centros y en relación con los otros grupos del mismo centro que no son bilingües y que no reciben la misma atención.


En un momento de crisis como el actual uno comprueba que es un privilegiado. Los centros de alrededor han sufrido “bajas” en el número de profesores, hasta más de doce en un mismo centro. Lo que significa menos desdobles, menos laboratorios, menos actividades de refuerzo, menos atención a la discapacidad, menos orientadores, más número de alumnos por aula y más carga horaria para los profesores.


Por el contrario, un centro bilingüe como en el que yo imparto clases, sólo ha perdido un profesor. Fíjense, en mi departamento somos ni más ni menos que siete profesores funcionarios y cuatro asistentes norteamericanos. En ocasiones se da la circunstancia de que uno se encuentra con un grupo de 24 alumnos y tres profesores, yo como titular y dos asistentes. En fin, que la escasez de recursos es mala pero que el exceso tampoco es bueno cuando eso significa, sobre todo, un mal reparto de los mismos y una peor gestión.


Por otro lado está el tan manido tema de las habilitaciones. Todo el mundo se habilita para impartir áreas de conocimiento en inglés y encima se pretende que los que hemos pasado no sé cuántos filtros a los largo de todos estos años también nos habilitemos para dar los niveles que llevamos impartiendo toda la vida. Por si fuera poco esta habilitación ha supuesto también el desplazamiento de compañeros que no hablaban inglés y que, obviamente, ya no tienen cabida en un centro como el nuestro.


En fin, que estas son algunas cosas que me provocan pesar. Pero lo más doloroso es ver la creación de una, supuesta, élite de alumnos que disfrutarán de las ventajas de este sistema frente aquellos que, aún siendo magníficos estudiantes en otras áreas, no hablan inglés suficiente como para estar en estos centros. Estos últimos alumnos deben enfrentarse a aulas con menos recursos, a profesores desmotivados, más aún si cabe, pues encima se les paga menos al no impartir su clase en inglés, creando un nuevo agravio, centros con más conflictividad al convertirse en centros donde se agrupan los alumnos “difíciles”, quién no lo fue en su adolescencia, y sobre todo inmigrantes, con lo complejo que resulta el procedimiento para su inclusión en la nueva sociedad de acogida.


Por si fuera poco están los centros. De esto no tiene la culpa la señora Aguirre, viene de más lejos. ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de diseñar los centros tal y como están hoy en día? Si les interesa paséense por cualquiera de los centros construidos en Madrid en la década de los ochenta y repetidos hasta la saciedad hasta el día de hoy. Centros donde en invierno hace un frío de muerte y en verano un calor terrible. Centros en los que a las doce de la mañana hay que encender la luz pues o bien no se ve por los reflejos del sol o bien no se ve por las sombras que se producen. Centros en los que la acústica es nula. Y para más inri centros en los que el mobiliario es de pin y pon cuando los alumnos actuales parecen jugadores de la NBA.


Si de mí dependiera colgaría por santa sea la parte a arquitectos y diseñadores de los institutos y colegios públicos.


En fin, que no quiero ser agorero, ni pesimista. Sigo pensando que la educación está en manos de un profesorado muy bueno, preparado y sobre todo flexible y con un umbral para el desánimo muy elevado aún, pero no se engañen, todo puede cambiar. ¡Qué buenos vasallos si hubiere buenos señores!


Más centros bilingües, sí, pero para todos. Y una mayor inversión en educación y formación y no en anuncios en los autobuses en los que se dice que se respete la labor del profesor. Comiencen respetando con un mayor reconocimiento y mejores condiciones salariales, laborales y de formación permanente.


En cuanto a lo de la mili, ya les contaré otro día, que también es muy largo. Tan solo decirles que después de 23 años volví a mi acuartelamiento a repetir más o menos lo mismo pero esta vez como reservista voluntario. Pero eso ya es otra historia.

Hasta la próxima.

miércoles, 7 de julio de 2010

Courriers du bois


El único parecido con cualquier “courriers du bois” canadiense, era que corrían en un bosque….urbano pero bosque al fin y al cabo. A pesar de su soledad, de creerse aislados en su carrera por el verde frescor del parque, nada les hacía comparables a aquéllos tramperos franceses que poblaron la Nouvelle-France en busca de las afamadas pieles que calentaron Europa.

Él corría. No sabía ni por qué ni para qué, tan solo corría, como si huyera de algo. Prácticamente a diario se calzaba las zapatillas deportivas, se ponía sus pantalones y su camiseta, ajustaba el podómetro y salía en busca de su parque para realizar más de seis kilómetros de carrera.
Ella corría. Tampoco sabía muy bien por qué. Tal vez para mantenerse en forma. Tal vez para alejarse de su vida rutinaria o por el mero hecho de hacer lo que se debía hacer según los cánones de la modernidad.

Eran conscientes de que lo más importante no era la distancia que corrieran sino del tiempo que le dedicaban a recorrerla. Dependiendo de su humor y de su forma física le dedicaban más o menos tiempo. Aliviaban su mente como anteriormente, sin saberlo, habían hecho con la natación. Ambos deportes, carrera y natación, nada gregarios como ellos mismos, permitían la reflexión y la liberación de cualquier malestar que les provocara su pensamiento.

La carrera era la imagen misma de sus vidas; la soledad. Una soledad engañada con una vida social amplia, llena de compromisos, de personas a las que veían y a las que hacían sentir bien pero luego, cuando se encontraban consigo mismo, la realidad, con su pesada tozudez, les hacía verse tal y como eran: courriers du bois.

El bosque no era lo suficientemente grande como para no encontrarse con otros corredores pero para ambos aquello no significaba nada, siempre pensaban que no habría nadie por los alrededores y que, tal vez, algún día podrían toparse con algún animal o algún “nativo” pero era algo que consideraban más que improbable.

Sin embargo, aquel día sus mentes, inconscientemente, debían de estar preparadas para otra cosa pues de repente se encontraron de frente. Él con una corredora a la que no había visto nunca, o a quien, al menos, nunca había prestado atención como al resto de los corredores del parque. Ella con un corredor que le había pasado desapercibido hasta entonces. Sus miradas se entrecruzaron y sin mediar palabra se pusieron a correr en paralelo.

Sus respiraciones se acompasaron increíblemente bien desde el principio y, a pesar de las diferencias físicas, ella menuda pero fuerte y él ancho y robusto, mantenían un ritmo parejo que les hacía parecer como si de una única máquina que funcionaba a la perfección se tratase.
Durante semanas, se encontraban en el mismo punto y a la misma hora, iniciando su recorrido sin ni siquiera haberse molestado en preguntarse cómo se llamaban. Sin saberlo, ambos preferían pensar que todos los días se encontraban con un perfecto desconocido con el que compartían una afición solitaria.

Pero lo inevitable se mostró cuando menos lo esperaban. Una inmensa necesidad de coincidir se apoderó de ellos y ansiaban que llegara el momento para vestirse de corredores y alcanzar tan deseado encuentro. Se comportaban como amantes que hubieran pasado mucho tiempo sin verse. Sus rostros se iluminaban cuando se encontraban de nuevo.
Ahora el tiempo del recorrido se iba alargando con el paso de los días y con la mejora de su forma física hasta el punto que debían parar ex profeso para evitar el sobre entrenamiento y cualquier lesión que les impidiera verse al día siguiente.

Un día empezaron a hablar y alcanzaron lo que los expertos en la carrera llaman el “modo conversación” que indica que no se va ni demasiado deprisa ni demasiado lento, permitiendo una carrera deportiva sin forzar la respiración ni la marcha. Poco a poco comprobaron que sus vidas giraban en torno a ese momento de conversación que no podía seguir nadie más a no ser que tuviera su misma condición física y nivel de entrenamiento. Era pues imposible que sus palabras las captara nadie.

¿De qué hablaban? Tan solo ellos sabían de qué hablaban. Era el mejor secreto guardado. La complicidad era absoluta.

Ni siquiera se les había pasado por la cabeza verse en un lugar distinto. El bosque era el lugar. Fuera de él todo encuentro sería ficticio, rutinario, monótono.

Y así siguieron, corriendo y corriendo, sin detenerse ni en el espacio ni en el tiempo pero sin saber exactamente por qué corrían, ignorantes del sentido de la carrera a ningún sitio. Tan sólo percibían que en esos momentos eran uno solo.



jueves, 17 de junio de 2010

Fake Love



La afición, pues no se podía llamar vicio, le había surgido cuando tenía algo más de treinta años. Y no era vicio porque no lo consideraba falta de rectitud o acaso un defecto moral. Tampoco era una desviación, ni un hábito por obrar mal, como mucho se podría considerar una licencia. Era básicamente eso; una inclinación, un empeño.


Al principio buscaba los anuncios en los distintos periódicos nacionales; no importaba si eran ideológicamente de izquierdas o de derechas, republicanos o monárquicos, católicos o laicos. En todos había anuncios que incitaban a ir de putas.


Un día dio el paso y, en vez de quedarse en la excitación provocada por las frases de los anuncios, decidió acercarse a uno de los pisos discretos en los que a cambio de unos cuantos euros cualquiera podía satisfacer sus más secretos caprichos.


La primera vez le temblaban las piernas pues, aunque su vida sexual era bastante activa y había disfrutado de distintas relaciones, era la primera vez que pagaba por ello, bueno, era un decir, porque en sus anteriores experiencias el pago había sido también de muy diversa índole: desamor, frustración, barbaro dolore, pero igual de caro o de barato, según se mirara.


Le temblaban las piernas al ver a todas aquellas mujeres que iban pasando una a una para ser elegidas por el cliente. Todas se quedaban sorprendidas al ver a un hombre joven y apuesto que se acercaba a solicitar sus servicios. Siempre hacían la misma pregunta pues no entendían que pudiera necesitar de ellas:


- “¿Estás casado? ¿Te aburres con ella y necesitas algo nuevo?”


Para él no tenía nada que ver con eso. Era la posibilidad de elegir cada vez a alguien distinto. Poder observar, comparar, imaginar y decidir quién sería esa vez. Sabía que todo era cuestión de unos euros más o menos para disfrutar de algún capricho sin compromiso, sin un no por respuesta.


Después de probar en diversos pisos, el ir a un club con puerta a la calle le aterraba pues siempre pensaba que mil ojos le observarían, constató que más valía elegir uno aunque fuera más caro y repetir sólo en ése. La idea no era mala, pensaba, pues el ir y venir de las chicas permitía que apenas si coincidiera con alguna más allá de un par de veces y, además, siempre habría variación de hembras.


Lo que de entrada fue sólo un, digamos, experimento, se convirtió en un empeño en el más estricto sentido del término pues se obligaba a pagar y a endeudarse poco a poco con un amor que no era tal.


No importaba la hora del día o de la noche, eso era lo bueno de estos servicios, siempre estaban abiertos 24 horas, de repente se le activaba un mecanismo irrefrenable que le incitaba a acudir al piso de costumbre e iniciar el mismo ritual repetitivo: entraba en un salón amplio decorado como si se tratara de la planta de muebles de unos grandes almacenes, esperaba a que pasaran todas las chicas disponibles, algunas estaban “ocupadas” en ese momento, para dudar un instante y elegir haciendo un esfuerzo por recordar cuál le había gustado más. A veces la intensidad de su deseo era tan grande que había pasado con dos a la vez.


Después era introducido en una habitación más pequeña con baño y televisión y el dueño de la “casa” entraba y le preguntaba qué servicio deseaba. La primera vez dijo que quería un “servicio normal” y para su sorpresa la respuesta que recibió fue:


- “Caballero, en esta casa todos los servicios son normales”


De repente descubrió que aquello era un paraíso; podría tener lo que quisiera siempre que dispusiera del dinero suficiente. Lo que no se podía imaginar era que con el tiempo iría dejando sus relaciones verdaderas, sus amigas, para buscar el amor entre las chicas que le sonreían con excesiva facilidad.


Acabó pensando que eran amores que él mismo lograba gracias a sus encantos, a su juventud, a su labia; no se le ocurría pensar que sólo eran fruto de una cartera bien repleta, al menos al principio.


Sin embargo, un día percibió que su vida estaba vacía, y que cuanto más vacía estaba, más pesaba. No se conformaba con el contacto físico, necesitaba hablar y que le escucharan. Las chicas le pusieron el sambenito del “europeo”. Al principio no entendía por qué hasta que una de ellas, apiadada, le dijo que los clientes españoles pagaban por una hora y follaban durante una hora mientras que los “europeos” pagaban por una hora, follaban quince minutos y hablaban sin parar contando sus problemas y soledades el resto del tiempo.


Se le abrieron los ojos. Desapareció durante unos meses. Nadie supo de él en ese tiempo. Cuando regresó sus conocidos le encontraron cambiado; feliz, sonriente, más sosegado. Todos pensaban que para escapar de su destino había recurrido al socorrido encierro en un monasterio, o en un templo de meditación ayurvédico.


La realidad era muy distinta. Ahora regentaba un local de carretera llamado “El Europeo” donde podía disfrutar de su inclinación a la par que hablar libremente con clientes, guardias civiles, y por supuesto, con las chicas.

miércoles, 16 de junio de 2010

Aparentemente


Cincuenta y cinco años. Ni más ni menos. Cincuenta y cinco años juntos, de matrimonio, inseparables. Sin quebrantamientos de la fe debida. O al menos aparentemente.

Eso parecía. Se vieron por primera vez cuando apenas tenían edad; en la escuela rural donde se juntaban los niños de todas las aldeas indistintamente de las edades y del sexo. Se entremezclaban y aprendían todos de todos.

Allí, en un mes de septiembre se cruzaron sus miradas y ya nunca se descruzaron. O al menos aparentemente.

Iniciaron un recorrido difícil pero llevadero al saberse acompañados mutuamente. Sobrepasaron las penurias de un país devastado, con hambruna, gris, mediocre y temeroso de Dios y del poder político. En plena madurez conocieron la esperanza y la ilusión de una nueva vida donde podían expresar lo guardado durante tanto tiempo. O al menos aparentemente.

Tuvieron hijos que a su vez les dieron nietos y todo era rutinariamente perfecto. O al menos aparentemente.

Todo se desató de la manera más inocente. Una de las nietas estaba en plena crisis de joven adulta. Como respuesta a su estado había decidido convertir a los hombres en material fungible; consumirlos con el uso. Sentados a la mesa para el desayuno ambos escuchaban a su nieta contar cómo se sentía y cómo cambiaba de pareja constantemente haciéndose un daño atroz aunque pensara que se lo hacía a sus hombres. Ambos escuchaban con perplejidad. O al menos aparentemente.
Él no tuvo más remedio que intervenir e intentar ilustrar a su nieta con la coherencia de la vida de sus abuelos; su propia vida. Los beneficios de compartir una vida en común. Las ventajas que habían logrado juntos después de cincuenta y cinco años de feliz matrimonio. Los apoyos, la lealtad, la fe del uno en el otro, les aportaba una seguridad que su nieta no llegaría a conocer si no cambiaba de actitud. O al menos aparentemente.

Fue un instante. Una décima de segundo. Pero la mirada de ella, de su mujer, indicaba que algo no era como debería de ser. El brillo de un recuerdo. El inconsciente que traiciona después de cincuenta y cinco años agazapado, hipócrita, en lo más profundo de la mente. En ese preciso instante se percató de que los párpados de su mujer eran como la apariencia en el teatro: una escena pintada sobre un lienzo, oculta por una cortina que se descorre en cierto momento de la representación. Representación que llegaba a su fin después de cincuenta y cinco años.

No se dijeron nada y se lo dijeron todo. Tumbados en la cama. Mirando al cielo del techo no pudieron dormir en toda la noche. Ella por el recuerdo que creía olvidado y que había llenado momentos de su vida inconfesables. Él debido a la sorpresa del descubrimiento que le llenaba de incomprensión e incredulidad.

Sin embargo, a la mañana siguiente, sus vidas continuaron sin mayores sobresaltos. La fe en sí mismos, en su sentido de la coherencia, en la cómoda perfección de la rutina, se extendió hasta el final de sus días.
O al menos aparentemente.

miércoles, 9 de junio de 2010

Humo de Habano



Su promedio consistía en unos tres cigarros al día, marca Montecristo, vitola número 5. Cuando iniciaba el rito de encender el cigarro sopesaba previamente el cilindro de 102 mm. por 15,87 mm. No sabía que tan solo pesaba 5,91 gramos pero su mano actuaba como si de una balanza se tratara.

Fijaba su mirada en el emblema del cigarro: dos espadas cruzadas junto a la flor de lis, recuerdo del origen del nombre dado a la marca en 1935 cuando el lector de la Tabaquería leía a los Torcedores de la Fábrica en la Habana el libro de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Tal fue la aceptación de esa lectura que decidieron ponerle el nombre del protagonista al mejor cigarro puro del mundo.

Encendía suavemente el cigarro y aspiraba el gusto vegetal intensamente. Y sin embargo, no le gustaba. Llevaba fumando más de veinte años y no le gustaba pues siempre le recordaba el origen de su hábito: el miedo. Miedo a ser descubierto.

Todo empezó a los tres años de haberse casado. La conoció por casualidad y se enamoraron inmediatamente. Sus encuentros fueron en aumento y la pasión se fue haciendo cada vez mayor hasta casi convertirse en una obsesión. Tenían que dedicarle mucho tiempo y esfuerzo para lograr una logística que no fuera descubierta de ninguna manera, pero siempre quedaba su olor.

Aunque se duchara en casa de ella o en la habitación de un hotel y se rociara con un espray de su propia colonia siempre permanecía en él su olor. Un olor a saliva salada, a perfume mezclado con sexo, a cuerpo de mujer, un olor indeleble a pasión física.

Al principio explicar el nuevo hábito de fumar cigarros puros no fue fácil pues él nunca había sido fumador. Explicaba que era una cuestión de estatus social, de aburguesamiento, de elegancia del pasado, de exotismo al pensar que los puros llegaban de Vuelta Abajo en la región de Pinar del Rio desde la querida Perla del Caribe. Todas y cada una de sus excusas se las fue creyendo, y haciéndoselas creer a los demás, pero en su fuero interno sabía que todo se debía a que con el humo dulzón del Montecristo enmascararía el olor de su engaño.

Después, con el paso de los años, cuando todo ya se había terminado y había regresado a la comodidad de la cama propia, no había podido deshacerse del hábito. Mientras inhalaba el humo con el que jugueteaba en la boca y éste se impregnaba poco a poco en sus ropas, en su piel, en su pelo, en sus manos, él, mirando las volutas, tan solo olía la piel de ella y no le quedaba más remedio que seguir enmascarando el aroma.

Sentado en la terraza de un café, al ver a otro fumador de cigarros puros se hacía siempre la misma pregunta: "¿Sentirá el mismo miedo que yo?"