domingo, 23 de enero de 2011

El discurso del rey


No, no teman, no pienso hablarles del último discurso que dio su majestad en Nochebuena, tan solo quiero compartir la impresión que me ha producido la última película de Tom Hooper; The King´s Speech.


Esta película tiene muchos aspectos interesantísimos que van desde la magnífica interpretación del excéntrico logopeda Lionel Logue a manos de Geoffrey Rush, y de Colin Firth como el rey Jorge VI, hasta la importancia de la comunicación en un mundo en el cual la radio empezaba ya a tener un papel fundamental, la publicidad, las clases sociales, el papel de las monarquías, la irresponsabilidad de los poderosos, etc, etc.


Sin embargo, me quedo con dos situaciones que me han hecho pensar desde que vi la película el otro día: por un lado la libertad de pensamiento y de acción de Lionel Logue, si es que realmente era así y no una ficción cinematográfica, y por otro una reflexión sobre la “titulitis” que ya hacía sus pinitos en los años treinta del siglo pasado.


El logopeda representa, a mi entender, la auténtica libertad. Piensa y dice lo que quiere, otra cosa es ya si hace o no lo que realmente desea. Incluso se atreve a expresar ante el rey su libertad con la expresión inglesa “my castle, my rules” para indicarle que su autoridad monárquica no tiene ningún significado en su casa. Esta es la democracia británica conseguida mucho tiempo atrás, y afianzada en la Gloriosa Revolución en la que Cronwell decapita a su majestad el rey Carlos I, mucho antes de que los franceses hicieran lo propio con el decimosexto de los Luises.


Es capaz, desde su condición de plebeyo, de hacer frente a toda una institución soberbia, distante, incapaz de reconocer sus propias debilidades y sobre todo aún no consciente de la necesidad de cambiar de estrategia para sobrevivir a los hechos futuros.


Su relación con el futuro Jorge VI no resulta en ningún caso entrañable sino profesional. Me imagino que debe ser algo parecido como cuando el rey, el que sea, se pone enfermo y debe someterse a los dictados de los médicos. Aunque tal vez ocurra como en el caso de Fidel Castro, y su diverticulitis perforada, en el que dictó a los médicos lo que debían hacer y así le fue como le fue, tanto que tuvieron que mandar al gurú de medicina interna del hospital Gregorio Marañón desde España para que deshiciera el entuerto.


Pero en fin, volviendo al tema anterior, al de la titulitis, la película trata un tema muy de actualidad. En una de las escenas, cuando el rey debe hacer sus “prácticas de oratoria pública” en la majestuosa Westminster con la ayuda de su logopeda privado, éste es descubierto por el obispo de Canterbury y delatado ante el rey del gravísimo pecado de no tener título alguno para ejercer dicha profesión y por tanto queda desacreditado ante el rey y ante la sociedad. Observen ustedes; ya era más importante ser poseedor de un título que de la competencia adquirida a través de la experiencia.


A pesar de todo el tiempo transcurrido es ahora, en el caso español, cuando empezamos a reconocer las competencias adquiridas por vías no formales e informales que poseen una ingente cantidad de personas en nuestro país.

Hace ya dos agostos que se aprobó el Real Decreto de Reconocimiento, Evaluación y Acreditación de las Competencias y sin embargo el mercado sigue estando saturado de títulos y másteres que lanzan al mercado a legiones de personas sin tener idea de qué va la profesión que ejercerán.

Sólo tendrán valor dichos títulos cuando el poseedor haya ejercido como tal durante una larga temporada. No crean que soy contrario a dichos títulos, ni mucho menos, de hecho hasta yo mismo tengo algunos. Creo que son muy necesarios. Pero al mismo tiempo debemos dejar de lado la estulticia y de deslumbrarnos cuando uno lee el CV de candidatos a cualquiera que sea el puesto.

¿Quién tiene más experiencia? ¿Un australiano que ha tratado a cientos de soldados que sufrieron el síndrome postraumático de la Gran Guerra-si es que alguna vez se llamó así- o un afamado psicólogo que hizo fortuna por pertenecer a las clases pudientes británicas de la época?

¿Un funcionario titulado en Derecho y con veinte años de práctica en legislación laboral o un profesor de facultad de Ciencias del Trabajo que sólo imparte clase pero al que se le reconoce su prestigio por haber llegado a la universidad?

¿Un cocinero formado en restaurantes de todo tipo o un técnico superior de cocina sin experiencia alguna?

Dejémonos de titulitis e intentemos equilibrar la balanza. Valoremos los méritos adquiridos, las experiencias vividas, las competencias que se adquieren a lo largo de toda una vida personal y profesional y tal vez descubramos en muchísimas personas la profesionalidad que para sí desearían muchísimos de los titulados de este país.

Tal vez alguno consiguiera ser así nombrado miembro de academias, patronos de fundaciones, universidades, y demás organismos e instituciones, permitiendo la entrada de aire fresco y de contacto con la realidad profesional.

Ah, pero no crean, yo, como mucho otros, soy un profesional, que para eso tengo mis títulos. ¿De qué? Eso ya es otro cantar.

Mientras les recomiendo que vean la película y si pueden en versión original, mucho mejor; el inglés que hablan los actores es verdaderamente magnífico.

¡Que la disfruten!

1 comentario:

  1. Hola, quería apuntar dos cosas acerca de esta entrada que, dicho sea de paso, suscribo totalmente. La primera es acerca del "excursus" sobre el espíritu de la democracia inglesa expresado en el lema "my castle, my rules". Bueno, yo creo que en este lema se pone también de manifiesto el individualismo de ese espíritu democrático y, personalmente creo que Democracia (con mayúscula y sin "apellido" que exprese sus orígenes) debería ser también espacio común, ágora. A ver si puedo explicarme bien porque sí creo que sin libertades individuales no hay democracia, sin individualidad no hay democracia, pero con indivisualismo no creo que esa democracia pase de ser una lucha, con reglas de juego promulgadas por representantes electos, de individuos. "En mi casa, mis reglas....pero mi casa tiene la puerta y las ventanas abiertas a tu diferencia y al sol y el aire fresco de la palabra del otro, de su mirada"
    En cuanto a lo que dices de la titulitis...estoy totalmente de acuerdo y añadiría que la titulitis mina la vocación y la profesionalidad, que se sustentan sobre el conocimiento de uno mismo y la curiosidad y capacidad de aprendizaje. Nuestros alumnos no quieren ser cocineros, ingenieros, médicos...etc. Quieren tener un título que les "capacite" para cobrar. No hay identificación personal con la futura profesión, con ese ejercicio, con esos conocimientos, ese hacer y saber hacer no se siente como una posibilidad de ser, no se sienten definidos por ello. Y quizás esta titulitis se relacione bastante con ese individualismo feroz asentado en nuestras actuales democracias...porque la acción, el hacer, el saber hacer y el ser algo por ello, tienen sentido en un espacio común en el que el otro es un espejo que dona sentido; pero en el espacio de la guerra, del mercado, sólo hay egos que luchan y quieren llegar a mi casa, mis reglas, mi descanso. Ser, Hacer, Saber Hacer, tienen sentido con los otros; pero se puede Tener en la más absoluta soledad.
    Un saludo
    Selvática Silvia

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