jueves, 21 de enero de 2010

Librería "Diálogo"




Como ya he mencionado anteriormente, fue con la señorita Paquita con la que aprendí a leer, dejando claro está a mi madre y hermanas mayores que siempre han estado presente en lo que ahora llamamos “animación a la lectura”. Sabido es que a cierta edad adolescente, el amor por la lectura pierde su fuerza, imagino que será también debido al cambio hormonal que nos encamina a intereses más, digamos, “pragmáticos”. En mi caso concreto, y como señal de que el sistema escolar no participa del todo, por no decir en absoluto, en nuestra educación, la animación permanente a la lectura se debe a dos factores: la presencia de libros y su lectura en la casa de mis padres, y la librería de mi cuñado, Federico Sopeña, llamada “Diálogo”.

Entre 1977y 1981 mi hermano Eugenio y yo echábamos una mano por las tardes, de 5 a 8, a nuestro cuñado en su librería de la calle Fernando VI, número 5 de Madrid.

En esos primerísimos años de democracia, toda la vida española estaba politizada y ¿qué mejor sitio que una librería para hacer política? La librería “Diálogo” tenía unos cuarenta metros cuadrados divididos en tres espacios: la librería, un pequeño almacén abuhardillado y con un escaloncillo y un aseo amplio. Según se entraba por una bonita puerta de madera y cristal, a la derecha estaba un enorme mostrador también de madera y con un expositor de cristal en el lateral. En el centro de la sala, una mesa cuadrada toda de cristal y aluminio sobre la que se ponían las novedades editoriales. Alrededor, cubriendo todas las paredes, de arriba abajo, los anaqueles daban cobijo a unos tres mil volúmenes. La librería disponía de un escaparate muy bien situado al que se llegaba abriendo dos portezuelas que servían al mismo tiempo de expositores; lo malo era que los libros que allí poníamos se sujetaban por finas gomas elásticas y cada vez que abríamos las puertas para coger o colocar algún libro, se venía todo abajo.

La política estaba tan presente en la librería que hasta los cristales de la puerta y del escaparate eran “blindados”, al menos pensábamos que resistirían el impacto de una pedrada o de una tuerca disparada con tirachinas. Era ésta la diversión favorita de la ultraderecha española, cuando no les daba por prender fuego a las librerías más importantes y aporrear a sus libreros.

En ese espacio tan reducido todos los días pasaban cosas curiosas. Recuerdo como una tarde entró “un presunto” cliente y dijo que buscaba un libro del que no sabía el título, ni el nombre del autor, sólo sabía que el lomo era naranja. O aquel otro que después de pasarse más de media hora paseando por tan pequeño espacio, se volvió y muy serio dijo:

-“¡Enhorabuena!, sois la única librería de Madrid que tiene la tesis doctoral de Marx”.
¡Y nosotros sin saberlo!
A pesar de todo, se fue sin comprar nada, algo habitual por aquel entonces, y tal vez ahora también.

Nuestros juegos




El juego es un entorno educativo incomparable. Ya de bien pequeñitos nos saca de nuestro ensimismamiento y nos enfrenta a los otros haciendo que aprendamos a compartir, a respetar ciertas reglas, a defender posturas - a veces de un modo un tanto violento- , a ser críticos, a ceder, a sentirnos solos y a tomar partido. El juego nos permite asentar las bases de nuestras relaciones futuras. En los 60 y 70 no teníamos tantos juguetes, aparentemente, como ahora pero sí disfrutábamos de una inmensa variedad de juegos que contribuían al aumento de nuestra imaginación y creatividad. Las primeras clases de “pretecnología” las tuve en la calle. Dos son los artilugios que más recuerdo y que dieron cierta habilidad a mis manos: el “flipper” y el patinete.

El “flipper” intentaba imitar, ni más ni menos, que a las máquinas de bolas o “pinballs”. Esa enorme mesa con tapa de cristal que lanzaba bolas de acero para conseguir puntos dando a “setas” que se iluminaban. Jugando con ellas a peseta o duro dependiendo de las partidas, aprendía uno a tener reflejos, a contar centenas o millares, el índice de probabilidades –al final de cada partida salían números como en una lotería y si coincidían “cantaba” partida extra- a tener tacto, si empujaba uno mucho salía falta y dejabas de jugar, y a compartir ya que al no tener mucho dinero jugabas con un amigo (en esa época las amigas ni existían) a “pachas”.

“Flipper” era el nombre que ponía en letras blancas en muchos de los mandos de dichas máquinas. Pues vista la penuria económica del momento, de vez en cuando nos construíamos “flippers” con tablas de madera, clavos, gomas elásticas y……..¡alfileres de tender la ropa! que hacían las veces de mandos. La ventaja principal de nuestras máquinas frente a la de los bares era que al menos al finalizar la partida no te olían los dedos al tabaco del adulto o adolescente fumón que había jugado antes que tú.

Pero era el patinete la verdadera obra de ingeniería. Para construirlo necesitabas, además de serrucho y martillo, una buena tabla de madera que aguantara tu peso, otras maderas en forma de tacos para hacer el eje de rueda de manillar y sobre todo y más difícil ¡tres ruedas de rodamiento! con sus bolitas de acero incrustadas. La verdad es que no recuerdo de dónde las sacábamos; sólo recuerdo el ir preguntando muy amablemente por los talleres del barrio: “¿tiene ruedas de rodamientos?”

Una vez conseguido todo, nos tirábamos en el suelo de la acera, junto a los alcorques de los árboles, y empezábamos la construcción en serie; los pequeños aprendíamos de los mayores y además interveníamos en las conversaciones. Cuando terminaba la fabricación nos lanzábamos por las calles más empinadas, haciendo un ruido infernal –el rodamiento sobre aceras con baldosas acanaladas- hasta que alguna vecina con enorme dolor de cabeza decidía echar un cubo de agua justo cuando pasábamos debajo de su ventana. Así aprendíamos también a respetar el silencio de los otros.

Economía de mercado





No todo se aprende tal y como se supone se debe de aprender. Mi primer encuentro, al menos que yo recuerde, con el mundo de la economía fue allá por el año 1969, es decir con seis o siete años. Tal vez ahora sea normal pero en aquellos años el que se organizaran fiestas y venta de papeletas para conseguir dinero para excursiones no era nada habitual. ¡Mi cole era muy avanzado en eso también!

No sé cómo llegué a ese punto ni qué excursión se pretendía financiar pero el recuerdo me lleva al enorme patio de colegio, con esa edad y tamaño todos los espacios son enormes, flanqueado por dos porterías de fútbol ¡reglamentarias!, decíamos, y varios campos de mini basket. Vestido con el correspondiente uniforme, a saber, pantalón corto, muy corto, hasta en el más frío de los inviernos, camisa blanca, corbata granate de “chicle”, es decir con un nudo ya hecho y con una presilla unida a una goma elástica que permitía ponérnosla sin dificultad, cubiertos con un jersey de pico gris, también, y con medias y zapatos “gorila”. En la mano un taco de papeletas y esperando a la que la puerta del cole se abriera y vomitara un montón de madres, abuelas y hermanas mayores que nos traían la merienda en la mano. En estás estábamos cuando me acerco a una señora –seguro que no tenía más de treinta años- y le digo:

- “¿Me vende una papeleta?”

Su carcajada aún resuena en mis oídos. Me contestó:

- “No, hombre, no. Será ¿me compra una papeleta?”

En ese momento ocurrieron dos cosas: se me iluminó la economía de mercado y entendí que el puesto de cromos y chucherías me vendía y yo le compraba, y la segunda fue que hice el primer y creo que único negocio de mi vida; ¡vendí una papeleta!


viernes, 15 de enero de 2010

Aput


No sé cuál es el motivo pero siempre que algún profesor de lingüística, de socio lingüística o cualquier modesto profesor de idiomas quiere hacernos ver que el lenguaje refleja la realidad próxima, la que conocemos más directamente, siempre nos ponen el ejemplo de los mal llamados esquimales, “comedores de carne cruda” en su propio idioma, ellos son “inuit”, simplemente “gente”. Pues bien, siempre se nos pone como ejemplo la palabra “nieve”, y se nos dice que en su idioma existen más de cien términos para designarla; nada más lejos de la realidad, ellos la llaman “aput”, eso, nieve. Otra cosa bien distinta es cómo puede ser la “aput”. No es lo mismo para un español que para un canadiense y mucho menos para un español que vive en Canadá como es mi caso.

Ahora es verano casi, es junio cuando reflexiono sobre esto y parece que el invierno está muy lejos aún pero lo que está claro es que la estación importante aquí, lo que realmente marca la vida es el invierno, no el verano. Incluso en los billetes de cinco dólares canadienses, junto a la figura del primer ministro durante los años 1896-1911, Sir Wilfrid Laurier, en el reverso del papel, se aprecian unos niños jugando al jockey sobre hielo y la siguiente inscripción en inglés y en francés:

“Les hivers de mon enfance
étaient des saisons longues, longues
Nous vivions en trois lieux:
l´école, l´église et la patinoire, mais
la vraie vie était sur la patinoire »

« The winters of my childhood were
long, long seasons. We lived in
three places- the school, the church
and the skating rink- but our real life
was on the skating rink”

La traducción sería algo así como: “Los inviernos de mi infancia eran muy largos. Vivíamos en tres lugares: la escuela, la iglesia y la pista de patinaje sobre hielo pero la verdadera vida se daba sobre la pista de hielo”.

Ya ven, desde que uno nace en Canadá la nieve es parte inseparable de la vida. Los bebes no van en cochecitos sino en trineos y aunque haga un frío de mil demonios se les saca a pasear. No estaría mal que alguna madre y padre españoles que “encebollan” a sus bebes en invierno se vinieran aquí y vivieran lo que es realmente frío y se dejaran de pamplinas con esos: “uy, no podemos salir pues el bebe se pondría malito, hace 10 grados-sobre cero claro-.

Pues bien, como les decía la nieve es algo inseparable de la vida de este país. Hacer el “ángel” aquí no es tirarse a la piscina abriendo los brazos sino tirarse en la nieve de espaldas y con los brazos y piernas en aspa moviéndolas para dejar una marca de “ángel” en el suelo. Otro de los juegos, éste un tanto más brutito, consiste en sacar la lengua y pegarla a un poste o a un buzón de correos de esos típicos americanos y ver quien aguanta más, luego tirar de la lengua. Pruébenlo en casa con una de esas antiguas bandejas para hacer hielo de aluminio o de no sé qué metal, verán que “gustito” da, pero añádanle algún grado menos.

La nieve tiene grandes ventajas; da una sensación de limpieza y de paz a la ciudad que no se apreciaría en ninguna otra situación. La caída de la nieve mitiga cualquier ruido y todo se convierte en un remanso de quietud. La luz intensa de este país en invierno le impide a uno caer en el hastío pues la variedad de tonalidades incluso sobre el blanco níveo es impresionante. Por el contrario también supone grandes incomodidades. El “slush” es decir la especie de granizado que se forma con las rodadas de los coches, las pisadas, los abrasivos y la sal que se echa para evitar las caídas y despejar carreteras hace que todo se convierta al final del invierno en una especie de lodazal. Al llegar a las casas, propia y ajenas, lo primero que hace uno es quitarse los zapatos. Para mí era un incordio pues tenía que evitar los calcetines con “tomates” no vaya a ser que tuviera uno que llegar a cualquier casa y pedir disculpas por enseñar medio dedo a través del calcetín o mostrar esa uña que parece más un mejillón que nos destroza cualquier cosa que nos pongamos. Algunas personas llevan siempre unos zapatos de vestir o zapatillas de andar por casa en el bolso o mochila, esa es otra característica de este país todo el mundo va con mochilitas, para las visitas a cualquier sitio o al mismo trabajo.

Nota: después de releer este artículo ha nevado intensamente aquí en Bruselas y otro tanto en Madrid. Oh, aput, aput.




jueves, 7 de enero de 2010

Sexualidad o ¿clase de biología?



Lo que ahora puede parecer algo habitual, hablar de sexo, cuando yo era pequeño era como llamarle a uno “comunista”, “troskista”, “rojo”, en fin, una barbaridad. Afortunadamente en casa se veía con normalidad pero ¡lo que era en el colegio……….!

Allí de vez en cuando se comentaba entre nosotros que nos iban a dar clase de sexualidad y, claro está, esperábamos la clase con gran expectación. Después llegaba el profesor de Ciencias y empezaba a comparar los espermatozoides de diversos mamíferos. Tal vez fuera una clase sobre bestialismo pero la verdad es que nos quedábamos con las ganas de ver y de saber algo realmente más interesante.

Sin embargo esa falta de información se suplía con la “desinformación” que nos aportaban los supuestos “expertos” de cursos superiores. Yo no recuerdo cuándo empecé a ser consciente de determinados términos o expresiones pero sí recuerdo algo que me puso en contacto directo con la sexualidad de otro.

En aquella época merodeaban por el parque cercano al colegio dos chavales de etnia distinta a la nuestra a quienes llamaban “El Fali” y “El Banano”. Eran el terror de los chicos del cole, al menos de los más pequeños. Un día nos retrasamos un rato en el parque jugando a las canicas. Era uno de nuestros juegos favoritos. Siempre llevábamos canicas en el bolsillo y un palo para hacer un agujero o “gua” en el suelo de arena. Entre las canicas siempre había un “cañamón”, que era diminuto, el “boloncio”, la más grande de todas las canicas normalmente de cristal verde botella, y la reina de las canicas, la “bola americana o de mármol”. Esta última era de gran valor pues se suponía que sólo la traían de Estados Unidos, de ahí su nombre de “americana” o de mármol, “marble” en inglés. Por el barrio siempre había soldados americanos, algunos negros enormes, que habitaban allí y que trabajaban en la lejana base de Torrejón de Ardoz y suponíamos que eran ellos los encargados de pasarlas de contrabando fuera de la base.

Como digo, estábamos jugando a las canicas, tirados en el suelo, cuando veo que mis “amigos” salen corriendo, me pongo de pie y me doy de bruces con “El Fali” y “El Banano”. Estos, sonrientes, me quitan las canicas y me miran complacientes. Yo pensaba que me iban a hacer la fatídica pregunta que siempre se contaba en el colegio: “¿Pinchazo o pellizco? El pinchazo se refería a clavarte una navaja y el pellizco a un retorcimiento de la carne del brazo con unos alicates. Ya estaba yo decidiendo cual de las dos torturas me dolería menos cuando oigo a uno de ellos que me dice: “Si me haces una “paja” te devuelvo las canicas”. Yo no sabía lo que era aquello pero por si las moscas salí corriendo tan deprisa que alcancé a mis compañeros de clase. Luego, con el tiempo, aprendí a qué se referían y me alegro de haber salido por piernas. Durante mucho tiempo estuve soñando con esa escena y siempre que iba al parque miraba con atención por si me los volvía a encontrar. Lo peor es que nunca pude recuperar las canicas.

Otra lección de sexualidad fuera del aula pero en el colegio fue sobre homosexualidad. Entre los compañeros siempre se empleaban términos muy descriptivos para este tipo de tendencia y para saber qué significaba exactamente se mencionaba siempre a “Don Victor” que supuestamente era “marica”. No se utilizaban por entonces términos menos dañinos como “gay”, no, “marica” era lo más suave que se le podía llamar a uno. Así pues Don Victor era un profesor muy joven que además de darnos clase en segundo, hacía guardias de comedor. Después de comer salíamos al patio y allí jugábamos a los juegos más burros como “churro-media-manga-manga-entera”, más conocidos como “churromedimangamangotera”, o a “dóla”. Eran, como se llaman ahora: “deportes de contacto”. Era en estas ocasiones cuando Don Victor, supuestamente, se “ponía las botas” pues en el remolino de piernas, cabezas y brazos, él aprovechaba para tantear a algún niño. Probablemente no hubiera ninguna intención en ello pero por si las moscas, los que ya sabíamos que era ser “marica”, nos alejábamos prudentemente, no hay que olvidar que en aquella sociedad y en un colegio segregado de chicos, aquello era una de las peores cosas que, desgraciadamente, podía uno ser.

También recuerdo perfectamente la primera revista “porno” que tuve en mis manos. Fue en 1975 en Inglaterra, en la estación de tren de un pueblo de la costa sur que se llama Lewis. Con 12 años y en España era impensable ver una revista como “Penthouse”, pues ésta era la revista. Debió comprarla alguno de los chicos mayores o que, al menos, aparentaba dieciocho años pues no las vendían a menores de esa edad. Además de la página central desplegable, lo más llamativo era el “artículo de opinión” que aunque uno no entendía nada de lo que ponía, no olvidemos que estaba en inglés y aún no lo leía, que estaba encabezado por la foto de un pintalabios rojo con forma de pene. Por sutil intuición supe por primera vez lo que podía ser el sexo oral. Más tarde llegué a entender que “Penthouse” era una revista más erótica que pornográfica y descubrí que escritores y personajes relevantes escribían artículos, algunos de ellos realmente buenos. Doce años después, en el servicio militar, sí que vi auténticas revistas porno pero de eso si que no merece la pena hablar.

Como profesor, años después, siempre fui partidario de que se impartiera educación sexual en las aulas aunque, desgraciadamente, no siempre se diera con rigor, incluso se llegaba a dejar en manos de compañías de compresas y tampones que, aprovechándose de nuestros escasos recursos en los institutos, venían a dar supuestos talleres en los que solían terminar regalando a las chicas dichos artículos de sus marcas para ganar nuevas clientas.



martes, 22 de diciembre de 2009

Sobre la pintura





Nunca he sido un artista, esto debe quedar claro no vayan a creerse que mi casa está llena de cuadros magníficos pintados por mí, en absoluto. Aparte de los dibujos que hacía en el colegio y que me suponían capones y castigos con demasiada frecuencia, siempre se ha mantenido en mi cabeza la idea de pintar y dibujar. Me parece increible cómo los artistas sacan de unos cuantos pigmentos y pinceles algo maravilloso que hace estremecer el alma. Pero para mí lo que la pintura ha supuesto en las ocasiones que la he ejercido ha sido una enorme sensación de paz y de sosiego, es más, creo que es la mejor de las terapias para situaciones de agobio.

La primera vez empecé con dibujo a lápiz y carboncillo para seguir luego con acrílico. De estas primeras lecciones recuerdo sobre todo lo encorsetado que somos los adultos, a veces pienso que nos han metido un palo por el culo, con perdón, e intentamos evitar que se caiga. Ya con 39 años, por lo menos, me enfrenté a un trozo de papel blanco para dibujar con lápiz. Fue igual que en el colegio cuando a uno le empiezan a castrar las ilusiones y la creatividad; seguro que recuerdan la coletilla continua de las señoritas cuando nos decían:

-“No os salgáis de las líneas. Dibujad dentro de ellas, no fuera”

Pues así me sentí. No sabía por dónde empezar, me daba miedo salirme….pero esta vez de un papel blanco, sin líneas que marcaran el dibujo. Tenía que pararme y pensar que iba a hacer en cada minuto y lo más complicado era pensar que los demás compañeros, que la verdad iba cada uno “a su bola” y la profe de pintura, Rosa, me estaban observando. Cuando fui capaz de superar esa etapa ya pude manchar y enguarrinar el papel sin ningún complejo. Ahora es cuando de verdad empezaba a disfrutar, saliéndome de las líneas y sabiendo que no estaba haciendo nada malo, al contrario, lo que hacía era crear, porquería, pero creaba, salía de mí con total libertad.

Después, la pintura al acrílico y la acuarela me han permitido espantar algún fantasma en mi vida, pues cuando me he dedicado a ellas el tiempo ha pasado muy deprisa distrayendo mi mente de asuntos que parecían muy importantes pero no lo debían ser tanto cuando con unas meras pinceladas se nos olvidan o al menos se quedan relegados a un segundísimo plano.

Hace un tiempo iba un día a la semana a pintar acuarelas. Era una clase en francés, imagínense lo difícil que me resulta aprender la técnica, ya de por sí complicadísima, si encima las lecciones las da un tipo con bigote que se pasa hablando todo el rato en un francés quebequense y haciendo bromas; yo, por si fuera poco, le contestaba en inglés. Después de esto, espero que no vean nunca ninguno de mis cuadros pues cualquiera que fuera psicólogo o psiquiatra sacaría unas conclusiones sobre mi persona que no me dejarían nada bien, peor incluso que cuando terminen de leer estas páginas.

Creo que en España deberíamos poner como asignatura obligatoria la pintura y el dibujo hasta los niveles más superiores de la educación esto nos permitiría educarnos en la creatividad y en el sosiego, dos aspectos que nos hacen mucha falta en la actualidad. Le dedicamos demasiadas horas a la adquisición de conocimientos muy prácticos que permiten que funcione la maquinaria social que nos convierte en meras partes de un complejo engranaje pero no en personas. Al igual que el dibujo y la pintura, la música, esa gran abandonada de nuestro sistema educativo, sería fundamental. A menudo me pregunto cómo narices tenemos tan magníficos artistas en nuestro país. ¿Será precisamente porque no lo fomentamos y algunos tienen la necesidad de expresarse libremente ante el sistema que le oprime?


Educación y mujer en Europa: si se educa a una mujer, se educa a toda la familia. Eduquemos a las familias y educaremos a toda la sociedad.

Me paro a pensar y busco ratificar el tópico de que en educación siempre hay más mujeres que hombres, tanto docentes como alumnado. Dada la alta cifra de abandono escolar en España, más del 31% del mal denominado fracaso escolar, me decanto por saber cómo se sitúan nuestras alumnas frente al colectivo de alumnos: ¿son más éstas? ¿qué niveles alcanzan dentro de los sistemas educativos?¿qué carreras estudian más?

Para dar respuesta a mis preguntas busco dentro de Eurydice, la red sobre sistemas educativos europeos, más concretamente en su publicación Key data on Education 2009 o Las cifras clave de la educación 2009. Esto es lo que descubro.

En primer lugar es interesante saber qué porcentaje de estudiantes en relación a la población general de Europa, de una Europa de 27 países, tenemos. Siempre pensé que eran más sin embargo descubro que el porcentaje está entre el 15% y el 25% en la mayoría de los países. Sólo Islandia tiene unos niveles superiores al 25%. ¿Qué representa esto dentro de Europa? Si supones que Europa la formamos unos 500 millones de habitantes, esos porcentajes representan entre 3 millones y 5 millones de alumnos respectivamente en relación a la población general, es decir, una población joven no muy numerosa.

Primera conclusión: Europa envejece.

Las estadísticas muestran que en los últimos cinco años la población de alumnos, desde primaria a educación terciaria, en Europa ha disminuido en cinco puntos porcentuales. Un dato positivo es que de toda esta población estudiantil, más del 90% de los jóvenes entre los 3 y los 19 años están dentro de los sistemas educativos. Esta cifra se da en 16 de los 27 países analizados y en países como Bélgica, Francia y Estonia, ese porcentaje se eleva hasta el 95%. España no está mal situada, nos encontramos con un 93,9% dentro de ese grupo de edad.
La cifra desciende a medida que avanzamos en la edad del grupo. La causa es la finalización de lo que se denomina la “educación obligatoria”. Si aumentamos el espectro hasta los 29 años observamos que la media en toda Europa pasa de ese 90% a un escalofriante 65%. ¿Qué hace toda esa cohorte de personas? ¿Entran todas en el mercado laboral?¿Pasan a engrosar las listas del paro?¿Son más mujeres u hombres?

En la Unión Europea las cifras de mujeres que se encuentran dentro de la educación o en formación es, dentro del grupo de edades comprendidas entre los 15 y los 24 años, ligeramente superior al 60% comparado con un 57% de hombres. La diferencia es significativa en algunos países como Estonia, Grecia, Italia, Letonia, Lituania, Portugal, Eslovenia y Suecia. En España también ocurre lo mismo y nos encontramos con un 59% de mujeres frente a un disminuido 51.4% de hombres. En todos estos países la diferencia es superior en 7 puntos porcentuales y no se puede hacer una diferencia cultural entre los llamados países meridionales y países del norte, están representados ambos de manera equilibrada. Sólo dos países: Alemania y Holanda, tienen un cierto equilibrio con el 65% en ambos sexos en Alemania y el 66% en Holanda.
No ocurre lo mismo si nos fijamos en qué tipo de educación se encuentran unos y otras. En primer lugar cabe destacar un equilibrio entre la denominada educación general y la formación profesional en toda Europa. Si bien es cierto que existen diferencias entre algunos países y así por ejemplo encontramos que Eslovaquia, Chequia, Austria y Liechtenstein tienen más del 70% de los alumnos en la llamada formación profesional superior, nuestros ciclos formativos de grado superior. Sin embargo lo más significativo es que si segregamos por sexos la participación en la formación profesional de hombres y mujeres nos topamos que el patrón es esencialmente masculino. Son más los hombres que las mujeres en formación profesional en todos los países europeos con diferencias de porcentajes superiores al 10%. La situación es incluso peor en algunos países como Bulgaria, Estonia, Italia, Malta y Polonia donde este porcentaje asciende al 20% de diferencia, y eso que la tasa de participación general es casi la misma que en la educación general.

Segunda conclusión: la formación profesional sigue siendo aún mayoritariamente masculina.
Sólo Bélgica, Holanda, Reino Unido y España tienen un relativo equilibrio en la distribución por sexos en formación profesional con una diferencia de unos 5% porcentuales. En España el total de la formación profesional representa un 42,5% frente al 57,5% de la educación general. Por sexos tenemos un 54,9% de hombres en educación general frente a un 45,1% en la formación profesional y en mujeres un 59,8% en educación general frente a un 40,2% en formación profesional. Se aprecia que la participación de la mujer en la educación general es 5 puntos más elevada que la de los hombres pero esa diferencia se recupera, a favor de los hombres, en la formación profesional.

Pero ¿qué ocurre después de la educación obligatoria? La duración de esta etapa depende de los sistemas educativos nacionales, finalizando en algunos en lo que denominan educación secundaria mientras que en otros terminan en la educación secundaria superior.
En términos generales la participación decrece y resulta significativo como en países tales como Alemania, Reino Unido y Malta menos del 50% de los jóvenes continúan inscritos dos años después de haber terminado la educación secundaria obligatoria.
En la mayoría de los países las mujeres se mantienen más tiempo en la educación que los hombres y esta tendencia es más remarcada en Bélgica, España, Irlanda, Rumania e Islandia en los que se aprecia que dos años después de la etapa obligatoria las mujeres representan 10 puntos porcentuales más, o incluso porcentajes más elevados, que los hombres. Estos datos son aún más significativos si se comparan las cifras entre el primer y el segundo año después de la educación obligatoria: en algunos países la diferencia en el segundo año de más mujeres llega a superar el 3,5%.

Tercera conclusión: las mujeres son más constantes en la continuación de sus itinerarios formativos.

¿Y qué ocurre con las mujeres en la educación superior? ¿Cómo están éstas representadas en universidades y en ciclos superiores de formación profesional? En la educación terciaria, en definitiva.

Si tenemos en cuenta los datos disponibles, un tercio de los jóvenes entre 20 y 22 años se encuentran en la educación terciaria. Si bien es cierto que depende del país podemos afirmar que es en esta edad, 20 a 22 años cuando nos encontramos con los picos más altos de población escolarizados en educación terciaria. En cuanto a sexo se refiere, salvo algunos países como Alemania, Austria y Portugal, donde los jóvenes tienen que hacer el servicio militar o el servicio civil obligatorio, no encontramos grandes diferencias entre las edades a la hora de llegar a la educación terciaria. Sin embargo entre los 18 y los 39 años las tasas de participación femenina son normalmente más altas que la de los hombres y es especialmente remarcable en los estados bálticos, Eslovenia, Islandia así como en Alemania.

Las cifras cantan y nos muestran una realidad.

Cuarta conclusión: en la mayoría de los países hay más mujeres que hombres que participan en la educación terciaria.

De media por cada 123 mujeres en educación superior tenemos a 100 hombres, esto con cifras de 2006 y en la Europa de los 27. Si observamos los países nórdicos, social y económicamente más avanzados, como son Suecia, Noruega e Islandia, nos encontramos que por cada 100 hombres en educación superior tenemos a 150 mujeres.

Esta participación más elevada de mujeres está, o puede estar relacionado, con esa constancia en la continuidad de los itinerarios y en el no abandono escolar temprano de las chicas, así como en un acceso por parte de los jóvenes masculinos a la formación profesional de grado medio lo que impediría, en parte, el acceso de los mismos a la educación superior por “engancharse” antes al mercado laboral.

Quinta conclusión: la representación mayoritaria de la mujer en la educación terciaria tiene un impacto claro en el número de mujeres graduadas por cada 100 hombres.
En el caso de España por cada 100 hombres tenemos 117 mujeres, según cifras del año 2006.
Pero ¿en qué campos se enrolan las mujeres que llegan a la educación terciaria de manera general? Todavía el rol masculino femenino en las carreras universitarias o profesionales de nivel superior sigue estando muy marcado. Tres son básicamente los campos de conocimiento en los que participan mayoritariamente las mujeres, a saber, Educación, Salud y Bienestar Social y Humanidades y Artes.

En la Europa de los 27 representan casi el 75% del alumnado en Educación y Ciencias de la Salud, y lo que es más, dicho porcentaje sigue siendo el mismo, estable, desde el año 2002. En los países nórdicos el tanto por ciento supera el 80%. En cuanto a las Humanidades se refiere las mujeres son también mayoría, un 66% en todos los países de media.

Por el contrario en carreras como las ciencias sociales, empresariales, derecho, matemáticas, informática y ciencias en general, así como en las distintas ingenierías, los hombres sobrepasan en número al de mujeres que se inscriben y terminan dichas carreras. Por ejemplo, en ingenierías la media de mujeres en la Unión Europea es de un bajísimo 24% y en ningún país representa más del 40% de la población estudiantil en dichas especialidades.
Tan sólo en el sector servicios, agricultura y ciencias veterinarias parece que haya un cierto equilibrio entre hombres y mujeres con un pequeño detalle de aumento en la agricultura desde el año 2002 por parte de las mujeres.

Observando el caso español, en porcentajes de mujeres estudiantes en los diferentes campos de estudios terciarios nos encontramos lo siguiente: en educación hay un 78,2% de mujeres, un 60,8% en humanidades y artes, un 76% en salud y bienestar social, un 58% en ciencias sociales, empresariales y derecho y luego, como en el resto de Europa, nos encontramos con 34.1% en ciencias, matemáticas e informática y un 28% en ingenierías y construcción. En servicios el tanto por ciento es de más del 57% y en agricultura y ciencias veterinarias del 54%.

De todos modos, las mujeres siguen manteniendo un ritmo estable en todos los niveles educativos y con tendencia al alza lo que nos da pie para pensar en una última conclusión: todavía hay esperanza de que podamos cambiar nuestras sociedades y que vayamos hacia modelos de crecimiento distintos a los actuales. Eso sí, debemos dedicarle más esfuerzo e inversiones para que más mujeres, y en mejores condiciones, sigan en la senda de la educación.

Además, si vemos los ejemplos que se han dado en otros sectores como el económico y los microcréditos, se debería invertir más en la educación de las mujeres, sobre todo aquéllas en colectivos en riesgo de exclusión social como el colectivo gitano, las mujeres inmigrantes, las víctimas de violencia de género y de trata, la mujeres mayores de 40 años y que no tuvieron acceso en su día a la educación bien por roles de la sociedad o bien por decisión propia.
En definitiva, las mujeres son un verdadero motor del cambio social y si su educación mejorara la educación de las familias mejoraría también y por ende la sociedad entera.