martes, 1 de junio de 2010

El peso de la púrpura



No, no se asusten, no pienso escribir sobre la iglesia o del colegio cardenalicio, colegio que, como saben, constituye la autoridad suprema de la Iglesia y es el organismo que rige la actividad de la Sede apostólica y el gobierno de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, sí sabrán que el llamativo color púrpura es el color de la máxima dignidad exclusivo de emperadores y, dentro de la iglesia católica, de los cardenales “dispuestos a derramar la propia sangre por la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios y por la libertad de la Iglesia”. Pues eso, que hoy vengo a hablarles del peso de la púrpura o lo que es lo mismo de algunos de los jefes que he tenido desde que soy funcionario.

Entenderán que no utilice los nombres de los mismos, o que me abstenga de hablar de los actuales por razones obvias, pues tal vez se sientan un tanto ofendidos con las cosas que me atrevo a decir pero también sé que lo que les cuento es una perspectiva absolutamente subjetiva y por ello les pido que tampoco me tomen muy en serio.

Les voy a hablar de las dos últimas legislaturas gubernamentales, desde el año 2004, y el modelo de jefes que me han tocado en gracia.

A pesar del mucho coaching personal que han recibido algunos de ellos, y de las grandes palabras con las que se les llena la boca desde posiciones ideológicamente progresistas, la mayoría de los jefes que he tenido han sido autoritarios y como tales inseguros; mediocres, por lo tanto inestables en sus decisiones; machistas incluso siendo mujeres, irreflexivos, y, en general, hablando en plata, malísimos jefes.

Entiendo que es muy difícil conjugar las tendencias psicológicas actuales, en cuando a gestión de capital humano se refiere, y una educación y formación basadas en una estructura piramidal, muy jerarquizada y con esclerosis. Cambiar no es fácil y si encima se tiene miedo, cambiar se convierte en una tarea titánica, casi imposible, que no merece la pena emprender.

Muchas serían las anécdotas y situaciones que demostrarían todos los adjetivos que empleo para calificar a mis jefes pero no teman que no les voy a avasallar con ellas.

Los jefes que he tenido van desde meros directores de organismos de investigación a Directores Generales y Secretarias de Estado o Generales pero a todos les une una característica: su ambición en el peor de los sentidos de la palabra. Podríamos decir que son los Heróstratos de la Administración española que para ser célebres se acaban convirtiendo en incendiarios y responsables de la destrucción de este Templo de Artemisa.

A veces me pregunto cómo es posible dejar tan de lado el sentido común, aunque si bien es cierto que este sentido es, en nuestro país, un concepto revolucionario, y hacer y decir algunas de las cosas que dicen o hacen. ¿A ustedes les parece sensato vanagloriarse de que gente de tu propio Gabinete tenga miedo en entrar al despacho y hablar con su Secretaria General? ¿Les parece sensato para crear un equipo de colaboradores y poder llevar a cabo las complejísimas tareas de una Secretaría General con rango de Secretaría de Estado?

¿Se imaginan a un Director General que utiliza como estrategia de escapista, ni el mismo Houdini la superaría, a las nuevas tecnologías? ¿Que cómo? Muy fácil. Se entra a una reunión importante, a saber, una Conferencia Sectorial de un sector concreto con todas las Comunidades Autónomas, o a una conferencia con delegaciones internacionales, con una blackberry (la famosa zarzamora) o con un iphone y al poco de empezar la reunión suena el teléfono y se sale corriendo como si el país se fuera a hundir. Esto no una o dos veces sino de manera constante y empleado sistémicamente.

Para este estilo de jefes la tecnología ha sido un verdadero salvavidas; tienen tantas entradas en el móvil que no pueden hacer otra cosa salvo atenderlas. Por el contrario ha sido la perdición del currito o machaquito de turno que tiene que enfrentarse él solo a los ofendidos asistentes a la reunión.

Y ya no digamos si nos paramos a hablar de la tan manida conciliación entre la vida laboral y familiar. Estos jefes asienten con la cabeza mostrando su “verdadero” interés para, a renglón seguido, convocar una reunión a las 19.00. ¡Eso sí que es saber de eficacia en gestión de tiempo y reuniones!
Nos desborda aún la maldita cultura de la presencia, si es que se puede llamar cultura. No importa si estoy abriendo mi facebook o haciendo un texto para mi blog como hago ahora, lo importante es que esté no que haga. Que parezca que produzco no que produzca. He aquí la gran diferencia con Europa. Una vez terminada la jornada laboral, ésta está terminada y listo pero eso sí, antes me he dedicado a trabajar y no a remolonear o hacer pasillo.

Creerán cuando les cuento esto que se da sólo en la administración pública, no se equivoquen, es un mal de toda la sociedad española, ¿si no por qué los índice tan bajos de productividad? Ahora además me dirán algunos que eso es porque no he sido jefe y no sé de la enorme responsabilidad que supone. Se equivocan de nuevo; he sido jefe y con una enorme responsabilidad, que si se mide en el volumen de gestión financiera no es moco de pavo: ¡8 mil millones de euros! Casi nada ¿verdad?

Sin embargo, y aunque crean que miento, siempre he procurado tener un horario más o menos estable aunque no lo consiguiera la mitad de las veces, de 8.00 a 19.00, que ya me parece inhumano, no trasladar mis preocupaciones a los de más abajo, no ser asambleario sin serlo para no tomar ninguna decisión, me he “pringado” a sabiendas de que podía cometer errores, pensar en la creación de equipos, hacer las reuniones imprescindibles con tiempos y objetivos claros y no para oírme, delegar pero no con el sentido de escaquear reflexivo, en fin, procurando aportar un cierto sentido común a lo que parece un sin sentido.

De todos modos hay algo que no comprendo pues cuando uno intenta sistematizar y racionalizar las cosas parecen salir peor que cuando un jefe utiliza la agresividad, no en el sentido inglés del término aggressive que sería algo así como dinámico, sino en el sentido agresivo del término español llegando al maltrato psicológico de los colaboradores.
Pero de todo esto lo que me parece una auténtica insensatez es el continuo ir y venir de los jefes. Siempre están en reuniones, conferencias, comidas, celebraciones, etc. ¿Para cuándo el tiempo de reflexión? ¿Para cuándo el poder leer detenidamente los documentos y tomar las notas necesarias para tomar las decisiones oportunas? ¿Para cuándo estar solo con uno mismo y evadirse de los halagos innecesarios?

Si yo tuviera la potestad de poder elegir jefes, desde ministros a directores generales, les exigiría un tiempo de estancia en el despacho, de reflexión, es decir, de política entendida como pensamiento y acción pero me temo que eso haría que más de uno estuviera nerviosísimo pues estar tiempo sentado en un despacho trabajando es mucho pedir.

Volviendo al inicio del texto sobre el peso de la púrpura no creo que tengamos ningún jefe actual que esté “dispuesto a derramar la propia sangre por la fe administrativa, por la paz y la tranquilidad del pueblo y por la libertad del país”.

En fin, como ven, ser jefe ya no es ser un cargo sino tener una gran carga, sobre todo para los subordinados, y lo que deberíamos hacer es que se encierren los jefes en el Cónclave, con clave = con llave, y que las tiremos al mar para que no puedan salir.
Hasta la próxima, si es que no me han despedido antes.


Marasmo o être un ours mal léché

Federico Guillermo II (1744-1797) emperador de Prusia, inclinado al misticismo, unido al Rosacrucismo e influido probablemente por el francmason Johann Christoff Wollner, cuando llegó al trono (1786) no se le ocurrió otra cosa que hacer un experimento con bebés. Dicho experimento consistió en lo siguiente: ordenó que varios bebés fuesen aislados y recibiesen tan sólo alimento y cobijo de sus cuidadoras, prohibiendo que les dirigiesen la palabra o cualquier muestra afectiva, con el fin de averiguar en qué idioma hablarían primero. Todos murieron.

Todo esto para comentarles la importancia del contacto, del afecto desde bien pequeñitos. ¿Recibimos suficientes abrazos, caricias, besos, muestras de afecto en general? Creo que en la sociedad actual cada vez menos. Hasta la más primaria de las bestias sabe que es necesario el contacto físico para lograr un desarrollo normal. Los cachorros de mamíferos necesitan ser lamidos o tocados para alcanzar una madurez adecuada.
Fíjense, hasta los franceses utilizan la expresión “être un ours mal léché”, o ser un oso mal lamido, para designar a un hombre o un niño malformado, con mala educación, poco sociable o huraño.
Probablemente se preguntarán que por qué me hago estas reflexiones tan raras. Pues por mera comparación. Hace poco estuve en Bristol, Reino Unido, y allí de repente me di cuenta de qué distintos somos dependiendo de dónde venimos. Imagínense un español afincando en Bruselas y visitando Inglaterra; ¡qué marasmo!, ¡qué paralización!

De repente comprobé lo importante que son los pequeños gestos cotidianos y cuánto nos acercan o cuánto nos separan de los demás. Los españoles somos muy propensos a besarnos, indistintamente si somos hombres o mujeres, a abrazarnos, normalmente los hombres, a darnos la mano o a agarrarnos sin ninguna connotación más allá que la mera afectiva.

Los belgas, dependiendo de si son valones o flamencos (casi tan difícil de distinguir como a los galgos de los podencos), son, aunque no se lo crean, más “sobones” que nosotros. Se dan uno o dos besos pero se los dan constantemente y entre colegas. Sorprende ver a dos tiarrones enormes en el metro haciendo el relevo de turno y darse dos besos para saludarse o despedirse. O a dos adolescentes del mismo sexo saludarse con un beso en el autobús cuando se reencuentran.

También se observa una proximidad física impropia del equivocado estereotipo que tenemos del belga, gris y aburrido. En definitiva, ellos son gente calurosa y probablemente no sufran del marasmo afectivo correspondiente.

Sin embargo, los ingleses, ¡ay, los ingleses!, son otra cosa. Ni siquiera el momento de catarsis colectiva que sufrieron tras el “accidente” de Lady Di les ha cambiado demasiado. Si recuerdan en aquella época, justo cuando ganó el 10 de Downing Street Tony Blair y su hace tiempo malograda Tercera Vía, la sociedad británica, Royal Family incluida, se echó a la calle para demostrar su dolor y cercanía por la muerte de Diana y se pudieron apreciar, por primera vez, amagos de acercamiento al prójimo.

Por el contrario, unos pocos años después, todo ha vuelto a su ser. Siguen sin tocarse. Sorprende ver a familias enteras en un “car boot market” o mercadillo de segunda mano al aire libre, paseando sin apenas tocarse. Se encuentran con amigos y familiares y mantienen la preventiva distancia de dos codos más o menos. Si se besan ya es algo digno de fotografiar. Los niños parecen como si fueran solos, a su bola como decimos vulgarmente en España. Marasmo lo que se dice marasmo, no sé si tendrán, pero a mí me entran verdaderos escalofríos de ver tanta frialdad.

Todo esto para decirles que no se vuelvan muy europeos en el sentido británico de la palabra, es el único caso en el que me parece que el euroescepticismo es admisible; bésense, abrácense, toquen, sean políticamente incorrectos y demuestren su afecto por los demás. No les digo nada si tienen niños a su alrededor: cómanselos a besos. Ya saben que lo más relevante de la vida se aprende (el afecto, el amor, el cariño, entre otras cosas) entre los 0 y los 3 años para luego adquirir conocimientos hasta los 12, después de eso el aprendizaje es mínimo por mucho que hablemos de aprendizaje permanente a lo largo de la vida. No tengan tanto miedo de parecer sobones, o mafiosos italianos, a ojos de un británico. No les hagan mucho caso y ¡hala! A tocarse.

¡Qué lo disfruten!

martes, 18 de mayo de 2010

De religiones e iglesias no sé nada pero......


En esta tarde de septiembre, paseando por la calle San Lucas de Madrid, uno de los muchos Madrid bonitos, me he topado de bruces con esa especie de coche-moto, que cuando éramos pequeños llamaban “isocarro”, ocupado por dos monjas: una, la más joven, conductora, la otra, mayor, la copiloto. Ambas tocadas con sus ropas de monjas, cuando de repente se me han aparecido a la imaginación unas mujeres musulmanas cubiertas por su velo. ¿Acaso no podría tener cierta equivalencia?

Nosotros los que vivimos en sociedades históricamente cristianas pero que tuvimos o nos vimos, al menos un poquito, influidos por la Revolución Francesa, creemos que somos más modernos, progresistas en todos los aspectos de la sociedad y más adelantados que otras culturas que no tienen nuestro mismo sustrato. Podemos afirmar que, efectivamente, estamos muy adelantados en aspectos sociales, tecnológicos, científicos, médicos, incluso políticos, me atrevería a decir. Sin embargo, se nos olvida que nuestra sociedad es muy compleja y que lo que nos trasmiten los medios de comunicación o nuestra propia experiencia vital no siempre se reflejan en la realidad, esto de las monjas, con todo mi respeto, es un ejemplo de ello.

Dirán que no sé lo que me digo pero, de repente, durante el paseo, me ha dado por pensar que nuestras mujeres monjas, que hacen, la verdad sea dicha, una enorme labor social la mayoría de ellas-si no lo creen vengan a la calle San Lucas y a las múltiples congregaciones que hay en mi barrio- representan a esas mujeres de enorme religiosidad que han dado su vida por una creencia y que al pertenecer a una religión con iglesia jerarquizada optan por una determinada obediencia y tipo de vida espiritual y que las mujeres con velo musulmanas que pertenecen a una religión sin iglesia, aunque igualmente jerarquizada, y que, al igual que la iglesia católica, las relega a un segundo plano, son el ejemplo claro de una religiosidad mal entendida por nuestro mundo occidental.

Si no nos molestamos, si no nos planteamos en términos generales cómo viven y cómo son tratadas nuestras monjas, si bien es cierto que cada vez son menos en número, no debemos, según mi criterio, plantearnos la vida de las mujeres musulmanas siempre y cuando sea una opción personal y no una imposición; o mejor dicho, planteémonos ambos casos y dejemos de ser hipócritas pensando que hemos evolucionado más que nuestros vecinos de religión.


lunes, 17 de mayo de 2010

Sobre nada y todo



Cuando uno escribe como lo hago yo ahora, puede hacerlo sobre todo o sobre nada en particular. Lo que en principio era un ejercicio de racionalización sobre mi educación, se convierte en un continuo de ideas que pueden tener, o no, alguna relación. Volviendo al tema que me lleva, creo que en mí, y en la gente de mi generación, y quizas en la anterior también, la educación ha fracasado.

Si se preguntan por qué les contestaría: “por la especulación”. Todos nos hemos convertido en especuladores. Es como cuando uno engaña a su pareja, tal vez no lo haga uno en realidad, llegando a lo físico, pero con el pensamiento se hace constantemente; pues lo mismo pasa con la especulación.
Bien sea porque no tenemos dinero para llevarlo a cabo, bien porque nos da miedo perder lo que tenemos, bien porque no sabemos cómo, pero especulamos al fin y al cabo, ¿a quién no le gustaría ser como esos especuladores que se “forran” sin apenas dar ni golpe, o al menos no demasiado? Ahí está el fracaso de la educación en nuestro país.

Aunque esté generalizando, creo que ha fracasado pues entiendo que la educación nos debe hacer mejores y ayudarnos a crear una sociedad más justa, solidaria e igualitaria que ofrezca, aunque suene a utopía, las mismas oportunidades a los individuos que la conformamos, aunque después, dependiendo de nuestras competencias y capacidades, tengamos mayor o menor éxito social. Esto es, a mi entender, una sociedad igualitaria, que no niveladora.

En fin, que creo que ha fracasado pues en vez de crear esa riqueza que hace que el conjunto de la sociedad sea mejor, lo que hemos logrado es que nos hagamos más individualistas y que miremos por nuestro propio interés. Sustraerse a la especulación es muy difícil pues si lo hace uno, se acaba pensando que nos hemos convertido en unos gilipollas. Mientras los demás se forran nosotros seguimos con nuestro prejuicios éticos y morales, y así nos va.

Es muy triste ver como tiene que ser el gobierno, si éste es más social claro está en su política, quien establezca medidas correctoras contra la especulación en vez de salir del propio ciudadano que ha comprendido que su actitud egoísta tan solo llevará a un empeoramiento de esa solidaridad de la que antes hablábamos.

En mi la educación también ha fracasado en ese aspecto. A mí me gustaría poder ganar dinero para dejar de pensar en él y creo que como funcionario, y menos ahora con las “medidas de ajuste presupuestario”, eso no va a ser posible así que espero algún día poder especular aunque sea con la colección de cromos antiguos o los soldaditos de plomo que tengo para poder vivir como un auténtico especulador, es decir, sin dar ni golpe.


miércoles, 12 de mayo de 2010

Estulticia y mili



¿Acaso son términos parejos la estulticia y la ya desaparecida “mili”? No, en absoluto, pero en ocasiones los actos de estupidez eran tales en la mili que uno lo llegaba a creer. La verdad es que no sé por dónde empezar pues tantas eran las cosas inútiles, al menos aparentemente, que teníamos que hacer que me abruman. Tal vez deba empezar por la primera contradicción: escaquearse.

Sí, sí, escaquearse. Ahora, y antes también me temo, se da en muchos ministerios de nuestra Administración con mayúsculas. Los que jueguen al ajedrez sabrán que el escaque es cada una de las casillas cuadradas e iguales, blancas y negras alternadamente en que se divide el tablero. Por lo tanto escaquear es dividir en escaques o si nos referimos a una unidad militar, como es el caso, dispersarse de forma irregular , pues bien yo aprendí el término en su forma reflexiva: “escaquearse”, que significa eludir una tarea u obligación común.

Imagínense a ochocientos soldados, suboficiales, oficiales y mandos de un cuartel de ingenieros escaqueándose todo el santo día ¡qué estupidez! Pero algo de verdad había. Te enviaban a “perolines” es decir, servicio de cocinas, nada que ver con Ferrán Adriá, Arguiñano, Arzak u otros maestros culinarios, ¡qué va! Era ni más ni menos que hacer todas las tareas de limpieza, preparación de alimentos, recogida, transporte de cajas, etc. que se hacían insoportables pues empezaba uno a las 6 de la madrugada y terminaba a la 1 de la noche del día siguiente. No le quedaba más remedio a uno que escaquearse marchándose a las letrinas o la hidroterapia, término eufemístico para denominar a las duchas de las cuales apenas si salía un chorro pues estábamos en Melilla y el agua, por su mala calidad, era un bien escaso, al menos en los 80 del siglo pasado.

Como estaba en Transmisiones, CTPC -Centro de Mando de Transmisiones- ( ¿de dónde narices salen las siglas?, otro ejemplo) tuve la suerte de acabar en una estación de radio militar, para algo sirve el ser licenciado ¿no? Desde allí pasábamos mensajes, supuestamente secretísimos, a la península por si al “moro” infiel se le ocurría atacar la plaza. Todo era muy pero que muy profesional. Sobre todo los códigos alfanuméricos. El nuestro, en las dos emisiones que hacíamos al día, en distintas horas, a Cádiz y Sevilla respectivamente, era OPT, sí, sí, no era “Operación Triunfo” pero casi. Estas siglas las leíamos como “Oscar-Papa-Tango” –según el código internacional de transmisión- seguido de 5/5 que significaba “le recibo alto y claro”. Esta retahíla la repetíamos de seguido:

- “ Aquí Oscar-Papa-Tango, ¿me recibe?” (repetido hasta la saciedad)(pruébenlo, es como estar lobotomizado después de unos días haciendo lo mismo)

Y si a la vieja Racal le daba por funcionar, ya que a veces se nos olvidaba ponerle agua destilada a la batería de coche a la que estaba conectada, con muchas interferencias recibíamos un:

- “5/5, le recibo alto y claro”

Y así, día a día hasta cumplir los nueve meses y medio de estancia continuada sin salir de aquella plaza española en suelo africano. Curiosamente, a pesar de empezar ya a introducirse lo que luego daría en llamarse “nuevas tecnologías”, teníamos un palomar (tampoco estaría mal tener alguno ahora en los ministerios para cuando se "cae la red"). Allí un subteniente se dedicaba a mimar a un buen número de palomas mensajeras que se sabían el camino a casa, es decir a la península, desde Melilla. Espero que no se hayan deshecho de ellas pues era lo único sensato que había; como sabrán lo primero que se hace en una guerra actual es acabar con todos los medios de comunicación del enemigo para descoordinar su fuerzas y si uno tiene palomas, éstas seguro que alcanzan su objetivo sin que nadie las interrumpa en su vuelo. A veces me pregunto si el "enemigo" está a las puertas de nuestra casa pues lo que es la informática ministerial.........

Entre las aparentes tonterías estaba lo que hacía la compañía de zapadores, montar y desmontar un puente continuamente. Me imagino que en caso de conflicto es algo fundamental pero tendrían que ver ustedes como sudaban los pobres zapadores. En la vida civil montamos y desmontamos aceras pero a diferencia de los zapadores, esto sí que no tiene ninguna utilidad salvo para alguna empresa.

¿Y las maniobras en las que uno se tiraba de un camión en marcha en plan “BOEL” (Brigada de Operaciones Especiales de la Legión)? Lo malo es cuando uno había caído del camión y desde el suelo buscaba a sus compañeros con la mirada, se los encontraba a todos tirados por el suelo sin poder levantarse cargados con el cetme, trinchas y macuto. También ahora en mi vida civil sigue siendo algo parecido; si miro para atrás veo a compañeros caídos a los que la administración ha dejado abandonados; al menos en el otro sitio no te abandonaban nunca.

Pues miren ustedes, a pesar de todo esto y mucho más, comparto la opinión de Rosa Montero en su artículo de la revista del País del pasado domingo 9 de mayo de 2010 en el que decía que nuestras fuerzas armadas son una de las pocas instituciones de las que nos podemos fiar en nuestro triste país.

En fin, éstas y muchas más historias que en el fondo ahora son divertidas, tanto que estoy deseando realizar mi período de formación como oficial en “Reservistas Voluntarios” del Ministerio de Defensa, en serio, al menos sé que son mejores que cualquier ONG que se precie y de una profesionalidad y seriedad más que envidiable.

jueves, 6 de mayo de 2010

De fiestas o guateques




No sé cómo salió el tema. Estaba con mi hijo de casi 15 años (a día de hoy en 2010 ya tiene 19 años) en Reugen´s, una hamburguesería de la calle Sainte Catherine de Montreal, cuando empezamos a hablar de las fiestas que mi hermano Eugenio y yo organizábamos en casa de nuestra madre. Creo que todo salió por un semáforo que me trajo a la mente los dos semáforos, sí, sí, dos semáforos de entrada a garaje, con sus luces rojas y verdes y su carcasa verde de metal pesadísimo, que teníamos en casa y que hacían las veces como si fueran las luces de una discoteca en nuestras fiestas. No recuerdo bien como los conseguimos pero está claro que no me veo yo con un destornillador y unos alicates desmontando en plena calle esos dos semáforos. Echémosle le culpa a otro u otros. La cuestión es que los teníamos.

Los usábamos, como digo, para las fiestas que mi madre nos permitía hacer en nuestras dos habitaciones. Mi madre, mi santa madre debería añadir, se marchaba de casa en esas ocasiones, no sé si se iba a ver a su madre, si se iba con sus amigas o con mis hermanas, lo cierto es que la casa se quedaba para nosotros y era la delicia de nuestros amigos.

Teníamos dos habitaciones; una estaba llena de pósters casi todos con carga política y/o musical, una diana auténtica como las que había en los pubs de Inglaterra, los dos semáforos y un sofá en forma de ele que recorría la pared y que servía ya se pueden imaginar ustedes para qué; para sentarse y charlar, no sean mal pensados.

La verdad es que éramos unos privilegiados. Teníamos un pick-up, tocadiscos o plato donde poníamos LPs y singles. Como mi madre tuvo la brillante idea de mandarnos a Inglaterra en los veranos desde 1975, pudimos mamar allá la música del momento. Vivimos la época punk de los Sex Pistol con su “God save the Queen” and her fascist regime….., the Stranglers, los coletazos de “mods y rockers” de los finales de los cincuenta y los sesenta que se imitaban también en los setenta. La música de “Yes, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Ted Nugget, Rick Wakeman y sus caballeros de la tabla redonda o sus ballenas, de Queen, sobre todo de Queen, y también de los Who y su Quadrophenia, Who´s next, etc…

Luego en Madrid, en la calles de Hortaleza y Fuencarral encontrábamos discos importados de América del Norte como los Ramones, Meat Loaf, Jim Croce, ELO, Bee Gees ( a pesar de ser Australianos) y su retorno exitoso con Saturday Night Fever y los discos recopilatorios anteriores.

A todos éstos les añadíamos los discos de la canción protesta que nos sabíamos de memoria con Labordeta, Lluis Llach, Victor Jara, Quilapayún, Los Calchaquis, Raimon, Serrat, etc…. que poníamos después de los lentos cuando veíamos que no íbamos a conseguir nada salvo un buen calentón. Al menos con los discos protesta nos ardía de nuevo la sangre y gritábamos a voz en grito.

Ahora piensen por un momento, ¿Cómo narices puede uno erigirse en un modelo de comportamiento adolescente para nuestros hijos después de lo bien que lo pasábamos con todo esto? Piensen, piensen.

miércoles, 28 de abril de 2010

Los amantes de Arts-Loi


La primera vez que me los encontré fue un día de noviembre típicamente bruselense. Una lluvia continua y un viento racheado que hacía imposible el uso de cualquier paraguas obligaba a buscar refugio bajo las cornisas o, como en nuestro caso, en la estación de metro más cercana, Arts-Loi.

Era una imagen muy cinematográfica. Empapados como estaban se abrazaban y se besaban suavemente en las escaleras de acceso. Él se situaba unos escalones más abajo para que sus bocas quedaran a la misma altura. La escena fue muy breve pero lo suficientemente intensa como para que, mientras bajaba hacia el andén a coger el siguiente tren, no dejara de pensar en ellos y todo lo que representaban.

Con el paso de tiempo la escena pasó a ocupar el lugar inconsciente del olvido que todos tenemos. Sin embargo, un día cualquiera de un mes cualquiera en la típica rutina de volver a casa después del trabajo los volví a encontrar en la misma postura de la primera vez que los vi. Él ocupaba la parte baja de la escalera mientras ella le besaba y acariciaba como sólo dos amantes saben hacerlo; sin prestar atención a lo que ocurre a su alrededor.

Al principio no les dediqué demasiado tiempo pero posteriormente me dio por pensar en la situación tan curiosa que se estaba dando. ¿Acaso estaba lloviendo como para refugiarse en una escalera del metro? ¿Se estaban despidiendo como hacen las parejas habitualmente? Era evidente que no. Se estaban ocultando. Se ocultaban de la manera más extraña posible: a la vista de todo el mundo.

A partir de ese momento ya no pude dejar de pensar en ellos. Cada vez que cogía el metro buscaba en esa esquina de las escaleras para ver si los encontraba. Y así era. A la misma hora, a diario, la imagen se repetía de manera obsesiva. Ellos dos allí abrazados sin inmutarse mientras los transeúntes pasábamos a su lado observándoles.

Un día, sin embargo, la rutina se rompió. La escalera estaba vacía. Tal vez les habían descubierto y habían tenido que cambiar de espacio, de estación. O por el contrario, algo aún peor si cabe: su relación se había formalizado, se había hecho lícita y todo el encanto secreto de los enamorados había desaparecido de manera inmediata.

Lo que estaba claro es que la estación de Arts-Loi había regresado a su normalidad de estación de metro: el gris de las escaleras, las caras somnolientas por las mañanas y cansadas por la tarde, el olor eléctrico de los trenes, en definitiva, lo cotidiano.

Aún hoy, varios meses después, cuando bajo por las escaleras de Arts-Loi tengo la esperanza de volver a verlos, de pensar que aún es posible encontrar islas de personas que buscan la felicidad en el otro, en su contacto, en sus caricias.

Estación de metro Arts-Loi. Bruselas 2010.