La afición, pues no se podía llamar vicio, le había surgido cuando tenía algo más de treinta años. Y no era vicio porque no lo consideraba falta de rectitud o acaso un defecto moral. Tampoco era una desviación, ni un hábito por obrar mal, como mucho se podría considerar una licencia. Era básicamente eso; una inclinación, un empeño.
Al principio buscaba los anuncios en los distintos periódicos nacionales; no importaba si eran ideológicamente de izquierdas o de derechas, republicanos o monárquicos, católicos o laicos. En todos había anuncios que incitaban a ir de putas.
Un día dio el paso y, en vez de quedarse en la excitación provocada por las frases de los anuncios, decidió acercarse a uno de los pisos discretos en los que a cambio de unos cuantos euros cualquiera podía satisfacer sus más secretos caprichos.
La primera vez le temblaban las piernas pues, aunque su vida sexual era bastante activa y había disfrutado de distintas relaciones, era la primera vez que pagaba por ello, bueno, era un decir, porque en sus anteriores experiencias el pago había sido también de muy diversa índole: desamor, frustración, barbaro dolore, pero igual de caro o de barato, según se mirara.
Le temblaban las piernas al ver a todas aquellas mujeres que iban pasando una a una para ser elegidas por el cliente. Todas se quedaban sorprendidas al ver a un hombre joven y apuesto que se acercaba a solicitar sus servicios. Siempre hacían la misma pregunta pues no entendían que pudiera necesitar de ellas:
- “¿Estás casado? ¿Te aburres con ella y necesitas algo nuevo?”
Para él no tenía nada que ver con eso. Era la posibilidad de elegir cada vez a alguien distinto. Poder observar, comparar, imaginar y decidir quién sería esa vez. Sabía que todo era cuestión de unos euros más o menos para disfrutar de algún capricho sin compromiso, sin un no por respuesta.
Después de probar en diversos pisos, el ir a un club con puerta a la calle le aterraba pues siempre pensaba que mil ojos le observarían, constató que más valía elegir uno aunque fuera más caro y repetir sólo en ése. La idea no era mala, pensaba, pues el ir y venir de las chicas permitía que apenas si coincidiera con alguna más allá de un par de veces y, además, siempre habría variación de hembras.
Lo que de entrada fue sólo un, digamos, experimento, se convirtió en un empeño en el más estricto sentido del término pues se obligaba a pagar y a endeudarse poco a poco con un amor que no era tal.
No importaba la hora del día o de la noche, eso era lo bueno de estos servicios, siempre estaban abiertos 24 horas, de repente se le activaba un mecanismo irrefrenable que le incitaba a acudir al piso de costumbre e iniciar el mismo ritual repetitivo: entraba en un salón amplio decorado como si se tratara de la planta de muebles de unos grandes almacenes, esperaba a que pasaran todas las chicas disponibles, algunas estaban “ocupadas” en ese momento, para dudar un instante y elegir haciendo un esfuerzo por recordar cuál le había gustado más. A veces la intensidad de su deseo era tan grande que había pasado con dos a la vez.
Después era introducido en una habitación más pequeña con baño y televisión y el dueño de la “casa” entraba y le preguntaba qué servicio deseaba. La primera vez dijo que quería un “servicio normal” y para su sorpresa la respuesta que recibió fue:
- “Caballero, en esta casa todos los servicios son normales”
De repente descubrió que aquello era un paraíso; podría tener lo que quisiera siempre que dispusiera del dinero suficiente. Lo que no se podía imaginar era que con el tiempo iría dejando sus relaciones verdaderas, sus amigas, para buscar el amor entre las chicas que le sonreían con excesiva facilidad.
Acabó pensando que eran amores que él mismo lograba gracias a sus encantos, a su juventud, a su labia; no se le ocurría pensar que sólo eran fruto de una cartera bien repleta, al menos al principio.
Sin embargo, un día percibió que su vida estaba vacía, y que cuanto más vacía estaba, más pesaba. No se conformaba con el contacto físico, necesitaba hablar y que le escucharan. Las chicas le pusieron el sambenito del “europeo”. Al principio no entendía por qué hasta que una de ellas, apiadada, le dijo que los clientes españoles pagaban por una hora y follaban durante una hora mientras que los “europeos” pagaban por una hora, follaban quince minutos y hablaban sin parar contando sus problemas y soledades el resto del tiempo.
Se le abrieron los ojos. Desapareció durante unos meses. Nadie supo de él en ese tiempo. Cuando regresó sus conocidos le encontraron cambiado; feliz, sonriente, más sosegado. Todos pensaban que para escapar de su destino había recurrido al socorrido encierro en un monasterio, o en un templo de meditación ayurvédico.
La realidad era muy distinta. Ahora regentaba un local de carretera llamado “El Europeo” donde podía disfrutar de su inclinación a la par que hablar libremente con clientes, guardias civiles, y por supuesto, con las chicas.
¡Hay que ver las vueltas que a veces se han de dar para encontrar aquello con lo que nos sentimos a gusto! Y las más de las veces lo que nos satisface no es ni lo más complejo, ni lo más lejano, ni lo más caro. Pero eso sí, hay que dar la vuelta al mundo, o a nuestro pequeño mundo, para volver, renovados, al punto del que partimos, o casi...
ResponderEliminar!!!!qué final feliz¡¡¡¡¡ el color del blog es relajante
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