jueves, 21 de enero de 2010

Librería "Diálogo"




Como ya he mencionado anteriormente, fue con la señorita Paquita con la que aprendí a leer, dejando claro está a mi madre y hermanas mayores que siempre han estado presente en lo que ahora llamamos “animación a la lectura”. Sabido es que a cierta edad adolescente, el amor por la lectura pierde su fuerza, imagino que será también debido al cambio hormonal que nos encamina a intereses más, digamos, “pragmáticos”. En mi caso concreto, y como señal de que el sistema escolar no participa del todo, por no decir en absoluto, en nuestra educación, la animación permanente a la lectura se debe a dos factores: la presencia de libros y su lectura en la casa de mis padres, y la librería de mi cuñado, Federico Sopeña, llamada “Diálogo”.

Entre 1977y 1981 mi hermano Eugenio y yo echábamos una mano por las tardes, de 5 a 8, a nuestro cuñado en su librería de la calle Fernando VI, número 5 de Madrid.

En esos primerísimos años de democracia, toda la vida española estaba politizada y ¿qué mejor sitio que una librería para hacer política? La librería “Diálogo” tenía unos cuarenta metros cuadrados divididos en tres espacios: la librería, un pequeño almacén abuhardillado y con un escaloncillo y un aseo amplio. Según se entraba por una bonita puerta de madera y cristal, a la derecha estaba un enorme mostrador también de madera y con un expositor de cristal en el lateral. En el centro de la sala, una mesa cuadrada toda de cristal y aluminio sobre la que se ponían las novedades editoriales. Alrededor, cubriendo todas las paredes, de arriba abajo, los anaqueles daban cobijo a unos tres mil volúmenes. La librería disponía de un escaparate muy bien situado al que se llegaba abriendo dos portezuelas que servían al mismo tiempo de expositores; lo malo era que los libros que allí poníamos se sujetaban por finas gomas elásticas y cada vez que abríamos las puertas para coger o colocar algún libro, se venía todo abajo.

La política estaba tan presente en la librería que hasta los cristales de la puerta y del escaparate eran “blindados”, al menos pensábamos que resistirían el impacto de una pedrada o de una tuerca disparada con tirachinas. Era ésta la diversión favorita de la ultraderecha española, cuando no les daba por prender fuego a las librerías más importantes y aporrear a sus libreros.

En ese espacio tan reducido todos los días pasaban cosas curiosas. Recuerdo como una tarde entró “un presunto” cliente y dijo que buscaba un libro del que no sabía el título, ni el nombre del autor, sólo sabía que el lomo era naranja. O aquel otro que después de pasarse más de media hora paseando por tan pequeño espacio, se volvió y muy serio dijo:

-“¡Enhorabuena!, sois la única librería de Madrid que tiene la tesis doctoral de Marx”.
¡Y nosotros sin saberlo!
A pesar de todo, se fue sin comprar nada, algo habitual por aquel entonces, y tal vez ahora también.

1 comentario:

  1. El nombre de la librería siempre me encantó. Ves, a este negocio sí que creo que podríamos dedicarnos y disfrutarlo, aunque no fuera negocio.

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